Parlamentos

Me siguen produciendo asombro, al menos a estas alturas de la película, los que consideran la democracia parlamentaria una forma superior de hacer política. Mucha gente, cargada de los prejuicios más elementales, piensa que al hacer esta afirmación uno debe estar a la fuerza a favor de alguna suerte de régimen dictatorial. Craso error, señores míos. No obstante, dejaremos para mejor ocasión, no solo la explicación de que existen otras formas de democracia directa ajenas a cualquier oligarquía, también las muchas vilezas y perpetuación de la injusticia que supone el muy conservador apuntalamiento del sistema parlamentario. Cojamos el ejemplo de este inefable país llamado España, claro, el más cercano que tenemos y el que sufrimos a diario. El espectáculo que observamos en las diferentes cámaras legislativas, donde se supone que nuestra indescriptible clase política se supone que van a parlamentar de forma racional en aras del bienestar de los ciudadanos, es algo que solo puede ser calificado de infantil a veces y esperpéntico en no pocas ocasiones. Por otra parte, estoy seguro de que estos debates y controversias, mistificaciones de la actividad política la mayor parte de las veces, no son muy diferentes a los del resto de países en los que se da una democracia irrisoriamente llamada «desarrollada».

A pesar de ello, merece la pena analizar la especificidad e idiosincrasia de lo que supone las sesiones parlamentarias en nuestra querida tierra patria. Estos útimos días, ha sido inevitable no enterarse de lo que han sido espectaculares broncas entre distintos miembros de partidos a diestra y siniestra. La portavoz del que era, hasta hace poco, el partido de derechas hegemónico, una grimosa persona de sangre azul, lengua bífida y alma oscura, se refirió al vicepresidente como «hijo de un terrorista» y perteneciente a una «aristocracia» del «crimen político». Ya el repulsivo Hermann Tersch, eurodiputado de la derecha más pura que representa Vox, tuvo que pagar una considerable cantidad al padre de Pablo Iglesias después de una demanda al acusarlo del asesinato de un policía. No voy a entrar en lo que hizo o no el progenitor del hoy vicepresidente del Gobierno, durante una cruenta dictadura, que en cualquier caso nunca fueron delitos de sangre. Poco después, el muy dado a la polémica Pablo Iglesias Turrión, en no sé que sesión de una de las comisiones que han montado por la crisis sanitaria, acusó a otro deleznable miembro de Vox de querer dar un golpe de Estado. Se notará el peso que tiene en la actividad política hispana nuestro pasado reciente: el golpe de Estado muy real que perpetró la derecha en 1936 y la posterior dictadura de casi cuatro décadas. También, el de organizaciones terroristas hasta hace bien poco, pero nacidas durante la vil etapa dictatorial, como es el caso de ETA, de la que la derecha quiere seguir sacando réditos políticos.

No se explican de otra manera las constantes alusiones, por parte de PP y Vox, a pactos de gobierno con los supuestos herederos políticos de los etarras, que gustarán más o menos, pero forman parte del juego parlamentario tanto como cualquiera y en sus estatutos condenaron la violencia, tal y como creo que se les exigió. Sé que no es necesario aclararlo, pero diré que poco o nada simpatizo con Podemos y tampoco con su secretario general, hoy vicepresidente de esta gran nación. Mucho menos, huelga decirlo, me muestro cercano a partidos nacionalistas como Bildu, ni a cualquier otra fuerza parlamentaria. Es lo que tiene la pureza y energía ácrata que me embarga, la cual me otorga una descomunal estatura moral, una capacidad de juicio notable y un sentido de la ironía que alivia bastante la gravedad y el estrés. Aclarado esto, diré que la derecha política que padecemos en nuestra nada recomendable tradición hispánica me produce tal repulsión, por su propia y evidente naturaleza elitista, pseudoliberal y nada democrática, directamente emparentada con el franquismo, que resulta inevitable no tomar partido, aunque sea de forma (muy) temporal. Resulta bastante peculiar, visto este condicionamiento pertinaz de nuestra historia reciente, la falaz, irritante y constante alusión a una «reconciliación nacional» iniciada en la muy cuestionable Transición democrática, especialmente por parte de esas fuerzas políticas diestras y ultradiestras, que viene a ser lo mismo que decir reconciliación entre clases para que las cosas continúen más o menos como siempre. Va a ser, quizá, que hasta que no haya una condena firme y unánime a ese atentado contra lo derechos humanos que fue el alzamiento y la dictadura franquista, las cosas no van a empezar a cambiar un poquito.

 

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