A vueltas sobre lo queer

A raíz de mi entrada anterior, alquien pide aclaraciones sobre eso de lo queer, que no termina de entenderlo, pregunta si se trata de sentirse como a uno le venga en gana en cuestiones en cuestiones de sexo y género. A ver, aunque sé que no es el caso en absoluto de la persona que preguntó, en primera instancia parece una manera de expresarlo propia de los que desean hacer una caricatura del asunto para, acto seguido, asentar sus propios dogmas sobre que algún ser sobrenatural, o la propia naturaleza, nos ha hecho de determinada manera y hay que apechugar con lo que te toque. Aclararé que, es obvio, no soy ningún experto y lo que he sabido de lo queer me ha parecido suficiente para interesarme por ello, precisamente, sin afirmaciones categóricas de ningún tipo; es por eso que lo he relacionado con el anarquismo, que para mí es, precisamente, sinónimo de ausencia de opiniones definitivas en aras de una sociedad libre y solidaria en la que cada individualidad pueda desarrollar su identidad como considere. Evidentemente, esto supone aclarar un montón de cosas sobre que, por supuesto, nuestra dependencia de los demás y del ambiente siempre va a ser un factor considerable aceptando que no hay determinismo biológico alguno y que hay que poner el determinismo social en su justa medida. Es un concepto de la libertad individual inevitablemente vinculada a lo social, aunque algunos liberales insistan pertinazmente en otra cosa muy distinta.

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Deporte, sociedad y homofobia

Hoy, leo una noticia sobre un jugador profesional de water-polo, que al parecer hace tiempo que aseguró que le gustan los tíos y que se joda al que no lo apruebe. En un lance del partido, se produjo cierta discusión, y un cretino rival le espetó: «¡Cállate, maricón!». Esto, que ya es suficientemente irritante si se hubiera quedado en un calentón en plena disputa deportiva, no se terminó ahí y el idiota homófobo, lejos de disculparse al término del partido, reiteró el insulto. Como se supone que la sociedad ha avanzado mucho, en cuestiones de respeto a los gustos sexuales de cada cual, sorprende bastante la noticia y muchos se apresuran a pedir alguna medida desciplinaria sobre el estúpido machito insultador. Para lo que sigan este blog, ya sabrán que no soy nada amigo de medidas represivas, aunque habría muchas manera de sancionar comportamientos que afectan al prójimo, y no necesariamente pasan por la intervención de una autoridad superior coercitiva. Desgraciadamante, este hombre que «salió del armario» (¡y eso debería dejar de ser necesario, simplemente hay que normalizar y que se joda al que no le guste!), me da la impresión de que es una excepción en el mundo competitivo profesional, tan plagado de «virilidad», por lo que el asunto invita a una reflexión.

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Orgullo

De higos a brevas, uno tiene la insana costumbre de departir, incluso de forma cordial, con el vulgo. Consecuentemente, uno tiene que escuchar un volumen nada desdeñable de estupideces. Todos esos comentarios acerca de si es o no necesario la celebración del Orgullo, además de irritantes per se , esconden una actitud repugnantemente reaccionaria a poco que profundicemos. Y, ojo, lo digo yo que soy extremadamente crítico con la festividad del Orgullo, a debido a en lo que se ha convertido, más folclórica y acomodaticia, que reivindicativa. En cualquier caso, no hace falta aclararlo, bienvenido sea que las personas pueden expresarse libremente por su condición como les salga de sus órganos sexuales. Volvamos a los comentarios imbéciles de los reaccionarios. Hace no tantos años, el poder se dignó a reconocer ciertos derechos a las personas gais, entre los que se encontraba el del matrimonio. Uno, feroz opositor a toda atadura, se pregunta quién puede a estas alturas ejercer semejante derecho, pero ese es otro tema. Algo tan elemental como esto, que todos, no importan nuestros gustos ni ideas, tengamos los mismos derechos, suscitó la reacción inmediata de nuestros nada queridos reaccionarios. Los abiertamente fachas, por supuesto, pero también de aquellos que forman parte de la masa gris, que torcían levemente el gesto o soltaban algún irritante chascarrillo. Sigue leyendo «Orgullo»