El anarquismo y la maledicencia «liberal» de Vargas Llosa

Uno posee la insana costumbre, extrañamente irrefrenable, de echar un vistazo cada vez que un infame diario generalista cae en sus manos. Normalmente, mi reacción emocional oscila entre el hastío y la repulsa, pero recientemente el cabreo ha adquirido proporciones gigantescas. Es sabido que el inefable Marío Vargas Llosa posee una tribuna privilegiada en el increíblemente progre periódico El País y ayer domingo este fulano, adalid de la peor cara del liberalismo, se explayó a gusto sobre el anarquismo. Así, Vargas empieza su artículo sorprendiéndose, apenas escondiendo un sarcasmo de baja intensidad, de la buena salud de los ácratas y aseguró, incluso, haber leído un libro llamado La rebeldía más allá de la izquierda, sobre el que se muestra condescendiente; a su autor, el venezolano Rafael Uzcátegui, parece alabar engañosamente. No tarda demasiado el escritor de La ciudad y los perros en, cayendo en un territorio vulgarmente trillado, en vincular el anarquismo con la más pura violencia y asegurar, por ello, que fue «una ideología equivocada». Es todavía más indignante que afirme que, como anarquistas, «Uzcátegui y sus amigos son menos violentos que sus mayores de la generación anterior». Sabrá este cretino cómo es este sociólogo y escritor anarquista, al que conozco desde hace años, gran defensor de los derechos humanos en su país; por ello, ha recibido las críticas de infinidad de inicuos botarates defensores de ese fraude llamado revolución bolivariana.

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Derrotados, pero nunca olvidados

En la entrada anterior, incidía en los que pretender apuntalar la historia negra del anarquismo, que describe a sus integrantes como una suerte de bestias sedientas de sangre. Justo es decir que, de manera muy localizada en tiempos muy convulsos y represivos, en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, hubo ciertas figuras que decidieron adoptar en el movimiento libertario la vía de la violencia; igualmente honesto es recordar que fueron decisiones de individuos aislados, que no pertenecían a organización alguna, por lo que no resulta significativa su historia como para estigmatizar a todo un movimiento. La inmensa mayoría de los anarquistas han rechazado el uso del asesinato, con seguridad la suprema forma de poder de un ser humano sobre otro; no obstante, igualmente justo es contextualizar, por lo que también podemos recordar que algunos comprenderán estos actos en su momento, fundados en el deseo de justicia y consecuencia a veces de la represión gubernamental, e incluso elevarán a la condición de mártires a sus responsables conmovidos por su sinceridad. Tal y como el historiador del anarquismo George Woodcock afirmó, por mucho que condenemos estos actos, a nivel moral y político, no se puede calificar a sus protagonistas de meros intrusos y forman también parte de la historia del anarquismo, aunque sea de forma puntual y decididamente trágica. No obstante, la realidad es que los anarquistas se han esforzado, precisamente, en erradicar toda forma de coerción y violencia en la vida social y política; así, hay siempre que precisarlo, junto a aquello de buscar siempre la coherencia entre medios y fines, por lo que ciertas vías deberían ser repugnantes al objetivo.

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Sobre historiadores y academicismos

Una de las cuestiones que resulta en volverse tarumba, en el contexto de este inefable país, son las diversas visiones contrapuestas sobre la historia contemporánea y, más en concreto, sobre el hecho convulso de una Guerra Civil provocada por el golpe de Estado del criminal Franco y sus secuaces. Así, y aunque la derecha política y mediática no apoye de forma explícita ya, aunque lo hiciera hace no tanto, a historiadores que justifican plenamente el alzamiento reaccionario, sí pretende establecerse un terreno ambiguo sobre el conflicto con el subterfugio de evitar un nuevo enfrentamiento fraticida, cuyas causas no tiene una explicación social y política, sino que escapan al común de los mortales. Esta imbecilidad, que ya fue agitada durante la llamada Transición con el fin de agitar el miedo y evitar la verdadera ruptura con la cruenta dictadura, no debería ser aceptada por nadie que tenga el cerebro mínimante oxigenado. Uno se pregunta cómo puede sostenerse, al día de hoy, este discurso si no es entre una población convenientemente aborregada hasta el mayor hastío banal y consumista. A poco que uno tenga algo de inquietud intelectual, está obligado a indagar en la historia y sacar una serie de conclusiones, y esto con la dosis suficiente de honestidad y dejando al margen, de forma algo razonable, las simpatías ideológicas que podamos tener. Uno de los libros que me hizo fascinarme por las ideas libertarias, allá por una temprana juventud intelectual, fue La ideología política del anarquismo español (1868-1910), de José Álvarez Junco, el cual nos da una idea de la complejidad y de lo avanzado de lo que pensaban los ácratas, nada que ver con las idioteces y falsedades sembradas a diestra y siniestra.

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A vueltas con la república

Hoy, 14 de abril, es un día señalado para aquellos que reivindican, en forma de bandera tricolor, un régimen republicano para este inefable país llamado, precisamente, Reino de España. A priori, no es precisamente mi caso, pero maticemos, maticemos. Diremos lo primero, banderitas de colores al margen, que si de lo que se trata meramente es de echar a esa panda de sinvergüenzas que son los borbones, yo soy el primero en firmar lo que sea menester o, incluso, ahora que nadie me lee, realizar eso que me produce un sarpullido, que es introducir un papelito en la urna. Por cierto, siempre he mantenido que el mejor final para esta gentuza de la clase alta sería ponerles a trabajar; bien es cierto que eso requiere cierto talante punitivo, que choca frontalmente con las ideas de uno, pero no llevemos tampoco los principios demasiado lejos. Dicho esto, no es posible negar la importancia histórica de lo que se conoce como República que, al menos en sus orígenes, estaba impregnada de progreso democrático; bien es cierto, y los anarquistas ya lo sostuvieron desde el principio, eso de que los ciudadanos participen en la gestión del Estado no deja de ser una falacia como una catedral. No obstante, sigamos con nuestros queridos ácratas y eso tan necesitado que es la memoria histórica en este bendito país; si nos situamos en el siglo XIX, bien es cierto que la militancia republicana y su condición indudablemente democrática y social despertó con seguridad cierta simpatía entre los libertarios.

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¿Rojipardismo?

En los últimos tiempos, vuelvo a escuchar con relativa frecuencia el término «rojipardismo», que viene a significar, lo habéis adivinado, la convergencia de discursos de extrema izquierda con los de la extrema derecha. Habría que dilucidar, lo primero, a qué diablos nos referimos en concreto con esas reiteradas etiquetas extremistas; me temo que la confusión semántica imperante en la llamada posmodernidad no ayuda demasiado. En primer lugar, parece un debate muy del gusto de cierta derecha, esos inefables «liberales» patrios, que relacionan toda forma de socialismo con la amenaza totalitaria. Por otro lado, nada nuevo. He de confesar que, por circunstancias que no vienen a cuento, tuve que leerme la obrita del inefable Friedrich Hayek, Camino de servidumbre, citada hasta la saciedad por los defensores de un capitalismo sin (apenas) barrerras. En dicho libro, sin subterfugio alguno, se vincula como parte de la misma familia socialista a fascismo y comunismo; esa vía, como reza el título, conduce a otorgarle el poder absoluto a una minoría y al desastre de la gestión totalitaria. Hayek, como no puede ser de otro modo, aboga por la propiedad privada y el libre mercado; cualquier tipo de planificación económica, nos conduce al horror, tal y como podía comprobarse en el momento de la gestación del libro, años 40, con el nazismo y el estalinismo, que vendrían a ser cosas muy parecidas. Camino de servidumbre, curiosamente, se publica casi al mismo tiempo que otro clásico de tesis opuestas, aunque considerablemente más voluminoso (y, creo, riguroso), La gran transformación; en esta obra, Karl Polanyi, critica precisamente el liberalismo económico, que supuso la ruptura de todo vínculo comunitario debido a la conversión en el siglo XIX de la sociedad en un gran mercado donde la mayoría de las personas se convierten, también, en mercancia.

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Anarquistas en Ucrania

Leo que los anarquistas ucranianos se dividen, ante la agresión militar rusa, entre el antibelicismo o forzarse a intervenir con las armas. Una vez más, la elección entre dos males, pero no se trata en ningún caso de defender el Estado ucraniano o de mantenerse firmes en sus principios contrarios a todo militarismo, sino de tener que luchar finalmente por sus vidas. Que no nos veamos en un escenario así. Hay quien ha querido hacer ciertas comparaciones entre la guerra en Ucrania, sobre todo a la hora de armar a la población civil, y el conflicto militar en España iniciado en 1936 tras el golpe militar de Franco y sus secuaces. No entraré en semejante despropósito, pero es hora de recordar otros hechos en territorio ucraniano, hace más de un siglo, que sí es posible que pudieran compararse con la guerra civil (y social) en escenario hispano. Los anarquistas ucranianos, hoy, son una fuerza testimonial, pero hubo un tiempo en que tenían una influencia considerable, no solo en aquel país, también en el conjunto de Rusia. No es demasiado conocida la historia del Néstor Majnó, junto a la revolución que se llevó a cabo en Ucrania enfrentada al zarismo, a los llamados ejércitos blancos y a un poder emergente bolchevique, que acabó reprimiéndola severamente.

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¿Libertarios? Pues no.

Como creo que ya he comentado en más de una ocasión, uno tiene la muy oxigenante costumbre de indagar de manera reiterada en un horizonte libertario de aspiraciones innovadoras y lo más amplio posible. Me ha quedado algo retórico, pero así es. Esto me recuerda lo que dijo cierto ácrata en el pasado, y una vez más tengo que pedir disculpas por mi escasa memoria para los nombres de las citas, algo así como que sobre las espaldas del anarquismo se han cargado excesivas cosas. Esto es así y no temo pecar de insistente si recuerdo que sobre las ideas anarquistas, o si se quiere libertarias, se ha vertido el mayor número de ignominias. Hay que fastidiarse lo lírica que me está quedando hoy la columna. Sin embargo, la capacidad de falsear al anarquismo tiene todavía la capacidad de sorprenderme. Escuchando a los liberales más puros, y al menos a nivel teórico en España hay unos cuantos, bien es verdad que sin mucho recorrido y con cierta tendencia endogámica, uno llega a una confusión terminológica que produce escalofríos.

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Pucherazos históricos

Ayer, en un momento tonto, me dio por hacer algo que afortunadamente apenas frecuento, que es echar un vistazo a lo que echan por las ondas televisivas. El caso es que hay un canal indescriptible denominado ElToro.TV, que creo que son los mismos de la Intereconomía de antes, y aparece un rostro de cierta familiariedad, que no era el otro que el del inefable Vidal-Quadras. Ex-pepero y fundador de Vox, lo cual creo que lo dice todo. El fulano no paraba de soltar inquina hacia la izquierda parlamentaria, especialmente hacia el PSOE, por eso del rollo histórico, y llegó a afirmar, creo que pretendiendo hacer un paralelismo con la actualidad, que en el 36 hubo un pucherazo y por eso ganó las elecciones el Frente Popular. Lo más gracioso del asunto es que este tipo, que pasaba hace unos años por ser una derecha civilizada, aseguraba ante la mirada de aprobación del peligroso tarugo Ortega-Smith, que «esta gente es capaz de cualquier cosa hoy, como ya hicieron en el pasado». Lo dice la misma persona que ya ha justificado en el pasado el golpe criminal de Franco, y sus secuaces, por considerar que la izquierda estaba radicalizada y la propiedad privada de los privilegiados corría serio peligro.

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Solidaridad

Uno de los paradigmas más firmes que los anarquistas han querido siempre asentar en la sociedad es el de la solidaridad. Recuerdo que lo que más me atrajo de las ideas libertarias fue su confianza en cada individualidad, pero a diferencia del mero liberalismo, fortalecida con la cooperación, el apoyo mutuo, la solidaridad… Me adelanto a las réplicas de los que solo aceptan el mundo que ponen ante sus ojos y aclaro que no se trata de un idealismo ingenuo desapegado de la realidad. Soy consciente de que el ser humano puede ser terriblemente mezquino y papanatas, y desgraciadamente se observa a diario en nuestra precaria sociedad basada en la ignorancia, en la atomización y en el sálvese el que pueda. Los anarquistas, tal vez, fueron conscientes de que para las personas el concepto de solidaridad, que no por casualidad tiene su etimología en «sólido», no deja de ser un reflejo de la sociedad en la que cohabitan. Si la misma es jerarquizada, en lugar de una comunidad de libres e iguales, las dificultades para reconocer al prójimo, para ser solidario, no tienen fin. Sí, tanta gente se deja llevar por la corriente, pero si esta al menos lleva en su seno los paradigmas de la cooperación y el apoyo mutuo, la coacción moral que dijo el clásico ácrata, en lugar de la confrontación de todo tipo debido a las fracturas sociales e identitatarias, seguro que pueden cambiar las cosas.

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Los olvidados

Es recurrente la afirmación, especialmente en el mundo libertario, de que los anarquistas constituyen los olvidados entre los olvidados. Así es, en un país donde venció el fascismo, y cuando los actos sobre la memoria histórica se esfuerzan especialmente en buscar efemérides que idealicen la Segunda República, pocos realizan una mirada razonablemente objetiva y mínimamente equilibrada sobre el poderoso movimiento anarquista del pasado. En el imaginario progresista, o bien los anarquistas son vilipendiados de la peor manera o bien son mencionados con desdén como parte de un bloque izquierdista de dudosa homogeneidad. No, las cosas eran infinitamente más complejas en el laberinto político español previo a la victoria de Franco y sus secuaces. Tampoco es cuestión de pasar por alto que, como por otro lado no podía ser de otra manera, que los anarquistas tuvieron una relación muy tensa con el poder político en esos supuestos años dorados republicanos. Sigue leyendo «Los olvidados»