Conversos y dogmáticos

Me desconcierta enormemente que alguien, que tiempo ha era al menos presuntamente razonable, en la actualidad es o se comporta como un capullo reaccionario. Me niego a reproducir la frase esa que alude a izquierda, derecha, juventud y madurez, que viene a significar que el tiempo convierte al personal en necesariamente conservador, ya que es una soplapollez de enormes proporciones. Y lo es porque la vida no se reduce a ideologías marcadas por estrecheces dogmáticas, lo mismo que no debería estar determinada por nuestro entorno ni por nuestra supervivencia diaria. No obstante, es cierto que este inefable país llamado España está plagado de tipejos que, si en su juventud militaron en alguna organización comunista, hoy son furibundos anticomunistas. Y algunos lo son hasta extremos tan grotescos, que difícil es creer que no tengan más de dos dimensiones o incluso solo una y meramente mediática. Que alguien como Jiménez Losantos le espete a Pablo Iglesias algo así como «me recuerdas a mí cuando era tonto», dice mucho de su catadura moral. Como es sabido, este individuo se vio seducido por el maoísmo en su juventud y resulta capaz de insultarse a sí mismo para lograr unas cotas de audiencia.

El anticomunismo vende mucho y como Jiménez Losantos hay unos cuantos, algunos con el subterfugio facha del ‘liberalismo», como el indescriptible Hermann Tesch; otros, cayendo miserablemente en el fascismo como Sánchez Dragó. Y no, no empleo gratuitamente la palabra ‘fascismo’. Gente con una pertinaz tendencia a ponerse una y otra vez en ridículo. Lo sé, no debería perder líneas de escritura en estos fulanos, pero lo que me preocupa es, no solo su influencia en una sociedad plagada de papanatas, también porque esas actitudes públicas y mediáticas las encuentro también a un nivel más local y personal. Sí, conozco unos cuantos trasuntos de los muy conocidos reaccionarios mediáticos, ‘rojos’ de antaño, que a falta de una tribuna de mayor envergadura, vomitan su bilis reaccionaria en las llamadas redes sociales. A saber qué mecanismo se pone en marcha para este proceso de conversión. No puedo pasar sin mencionar otra figura pública, un filósofo al que respetaba antaño como Fernando Savater. Alguien que puso negro sobre blanco tantas cosas gratas sobre la autogestión social, hoy anda perdido en una pobre retórica ‘antiprogre’ bastante digna de análisis o de compasión. No, no es un despreciable retrógado como otros, pero hay que ver las tonterias que salen por su boca o escritura.

Claro que, si irritantes resultan los ‘conversos’, no lo son menos los dogmáticos que aseguran no haberse movido ni un ápice desde su juventud de posiciones ideológicas que quieren ver como mayestáticas. Unos cuantos he conocido también. No hablo, por supuesto, de principios, de honestidad o de ética, que deberían ser innegociables en esta sociedad donde todo se mercantiliza. Hablo de dogmatismo, de estar cómodamente instalados en la verdad más absoluta, de no permitirnos un vínculo con el mundo real no vaya a ser que descubramos lo pequeñitos que somos. Pensándolo bien, no difieren demasiado ambas posturas, esos irritantes conversos, ayer progresistas, hoy reaccionarios, solo deben oscilar entre posturas dogmáticas. Sobre cómo mantenernos a salvo de todo esto despropósito involutivo, solo se me ocurre una filosofía vital: la anarquista. Fundamentalmente, una actitud ética de no dominación y respeto por el libre desarrollo de cada ser humano, bien aderezada con unas dosis de nihilismo, de profundo rechazo a unas convenciones con el constante peligro del absolutismo. Al menos, es lo que me hace  a mí mantenerme a salvo de posturas dogmáticas, papanatas o fraudulentas. Amén.

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