El repulsivo régimen iraní

Desconozco si hay algún régimen jerarquizado, en algun lugar de un mundo económicamente globalizado para provecho de unos pocos, que respete al cien por cien los derechos humanos. De lo que estoy seguro es que hay Estados que son especialmente repulsivos al respecto. Uno de ellos es el de Irán, para vergüenza de la comunidad internacional (por supuesto, con algunas excepciones con condenas firmes, que no provienen precisamente del poder político o económico). En los últimos días, personas de extraordinario valor, especialmente mujeres, se han manifestado en dicho país provocando la solidaridad en el mundo árabe en lo que es quizá una de las revueltas más notables de los últimos tiempos. El estallido fue el asesinato de la joven Mahsa Amini, por parte de la nauseabunda policía moral, por no llevar bien puesto el hijab. La revolución de carácter feminista ha esgrimido como una de sus reivindicaciones ese decir no a la imposición del velo, por lo que el acto reivindicativo de descubrirse se ha podido ver en países como Siria, Irak o Palestina. Y es que la vulneración de los derechos humanos en el régimen iraní, especialmente para las mujeres, para vergüenza de todo esos gobernantes «democráticos» que apenas realizan alguna inofensiva condena ocasional, no ha dejado de deteriorarse desde hace ya muchos años.

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Fanatismos religiosos (valga el pleonasmo)

Hace escasos días, el escritor Salman Rushdie fue apuñalado repetidas veces por uno de esos fanáticos dispuestos a hacer cualquier cosa en nombre de sus creencias. Hacía ya más de tres décadas que el ayatollah Jomeiní lanzó una fatwa (o como se diga eso) en la que pedía nada menos que el asesinato para el autor del libro Los versos satánicos; al parecer, por haber provocado la ofensa para los musulmanes, pero que dudo mucho que haya leído cualquiera de esos cretinos fundamentalistas. Son las cosas de la religión, mezcladas en este caso con la opresión política para mayor inri. Era yo muy jovencito cuando aquella situación se produjo, que obligo a Rushdie a vivir oculto y protegido durante años; tiene bemoles que el agresor homicida actual ni siquiera había nacido. El bueno de Rushdie, al pasar tanto tiempo, debía haberse relajado en su protección y estas son las consecuencias sangrientas, que deberían reforzarnos en nuestra condena del fundamentalismo religioso, que viene a ser una suerte de pleonasmo; la realidad es que durante esos años no pocos políticos y clérigos habían ratificado la sentencia iniciada por el inicuo Jomeiní, que por cierto murió al poco de lanzar su repulsiva fatwa, e incluso se había aumentado la recompensa económica por servir la cabeza de Rushdie. Una de las grandes vergüenzas de la humanidad, que no son pocas. Por supuesto, hubo numerosas voces de figuras públicas que dieron todo su apoyo al escritor en su momento, aunque la sensación es que no se produjo una condena unánime por gran parte de las instituciones que forman esta civilización tan cuestionable que hemos creado. Valga como ejemplo qe la Academia Sueca, que concede el premio Nobel, no acabó condenando la fatwa hasta hace pocos años.

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Sobre historiadores y academicismos

Una de las cuestiones que resulta en volverse tarumba, en el contexto de este inefable país, son las diversas visiones contrapuestas sobre la historia contemporánea y, más en concreto, sobre el hecho convulso de una Guerra Civil provocada por el golpe de Estado del criminal Franco y sus secuaces. Así, y aunque la derecha política y mediática no apoye de forma explícita ya, aunque lo hiciera hace no tanto, a historiadores que justifican plenamente el alzamiento reaccionario, sí pretende establecerse un terreno ambiguo sobre el conflicto con el subterfugio de evitar un nuevo enfrentamiento fraticida, cuyas causas no tiene una explicación social y política, sino que escapan al común de los mortales. Esta imbecilidad, que ya fue agitada durante la llamada Transición con el fin de agitar el miedo y evitar la verdadera ruptura con la cruenta dictadura, no debería ser aceptada por nadie que tenga el cerebro mínimante oxigenado. Uno se pregunta cómo puede sostenerse, al día de hoy, este discurso si no es entre una población convenientemente aborregada hasta el mayor hastío banal y consumista. A poco que uno tenga algo de inquietud intelectual, está obligado a indagar en la historia y sacar una serie de conclusiones, y esto con la dosis suficiente de honestidad y dejando al margen, de forma algo razonable, las simpatías ideológicas que podamos tener. Uno de los libros que me hizo fascinarme por las ideas libertarias, allá por una temprana juventud intelectual, fue La ideología política del anarquismo español (1868-1910), de José Álvarez Junco, el cual nos da una idea de la complejidad y de lo avanzado de lo que pensaban los ácratas, nada que ver con las idioteces y falsedades sembradas a diestra y siniestra.

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Banderas e identidades colectivas

Uno posee una profunda aversión por las banderas, los himnos y toda suerte de símbolos de identidad colectiva; soy consciente de que exagero, pero es más fuerte que yo, y creo que nunca mejor dicho. Esto es extensible, ya que uno es coherente hasta la extenuación en sus manías, a la cuestión ácrata. Es más, hace muchos años, cuando el que suscribe era joven e ingenuo (sigo siendo ambas cosas, por supuesto), participó en la creación de una publicación libertaria y no se me ocurrió otra cosa que proponer el bonito nombre Sin bandera. El caso es que la revista duró unos cuantos números, con esa misma denominación de cabecera, pero el asunto no estuvo exento de polémica, ya que hay quién afirmó con rotundidad que, por supuesto, los anarquistas también tienen bandera. Leo un artículo reciente, en la imprescindible publicación libertaria actual Todo por hacer, en el que se sostiene que es un pensamiento erróneo muy extendido creer que los ácratas no entienden de banderas ni estandartes, ya que sencillamente son símbolos que representan a una comunidad de personas organizadas con unos intereses comunes, pero no necesariamente a Estados-nación ni a ningún tipo de idea autoritaria o grupo basado en alienantes identidades colectivas. Para exponer su argumentación, el texto abunda en dispares ejemplos más o menos libertarios y no solo en la bandera negra o rojinegra: la Comuna de París, la Makhnovia en Ucrania, Rojava en el Kurdistán, comunidades zapatistas en México o las mismísimas colectividades españolas de 1936.

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Sobre perdones y rancias tradiciones

A escasos días de la fiesta nacional del 12 de octubre, que tan cachondos pone a los reaccionarios de este insufrible país, el muy repulsivo José María Aznar ha hecho gala de su espíritu patriótico y ha reivindicado el legado del imperio hispánico frente a cualquier discurso crítico con el mismo. Como el ego de este fulano es inversamente proporcional a su escasa estatura moral, ha personalizado la cuestión sin rubor alguno afirmando que él no piensa pedir perdón «por defender la importancia de la nación española». También se despachó a gusto contra el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, precisamente por exigir disculpas a España por haber cometido toda suerte de tropelías en la conquista de las Américas. Vaya por delante que lo de estos estadistas progresistas, como el propio López Obrador, me parece una mera pose, ya que mucho habría que hablar de lo que tendrían que reconocer tantas naciones y poderosos sobre toda suerte de iniquidades a los pueblos, por no hablar de los que siguen sometidos en la actualidad.

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Creencias

No sé qué fulano dijo en cierta ocasión que el ser humano, si dejaba creer en esa abstracción absoluta supuestamente idealizada que denominan Dios, acababa creyendo en cualquier cosa. Lo que no se tuvo en cuenta, con semejante aseveración nada imparcial, es que la misma creencia en un ser omnipotente, infalible y, presuntamente, magnánimo sin fisuras es el mayor despropósito al que nos podemos enfrentar los seres humanos. Que nadie se ofenda, todos creemos en cosas que a los ojos de otros, seguramente, resultan disparatadas. Yo mismo, mi fe inquebrantable en que algún día podamos fundar una sociedad mínimamente digna se contradice con la cantidad de estulticia, mediocridad y papanatismo con el que nos enfrentamos a diario. Exagero, por supuesto, hay gente haciendo cosas loables, pero los inicuos, los que fomentan la subordinación y creencias de la gente, hacen mucho daño y la masa gris parece seguirles a pies juntillas. Pero, volvamos a las creencias. ¿Puede evitarse que la gente crea en abiertas majaderías y actúe de forma aceptablemente racional?

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Las iglesias y el poder

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que apartar a la religión iba a suponer el camino definitivo de la humanidad hacia la emancipación. Hoy, bien entrado el siglo XXI, en plena posmodernidad, la cosa no está nada clara y las instituciones religiosas sobreviven tratando de mantener su parcelas de poder, bien adaptándose de manera hipócrita a los nuevos tiempos, bien replegadas en el fundamentalismo, bien una mezcla de ambas cosas (lo más habitual). Pongamos varios ejemplos. Es sabido que la Iglesia Católica basa sus dos milenios de existencia en la unidad jerárquica más férrea con influencia dispar en el poder social y político de las naciones según van pasando los tiempos. Sin embargo, como también es lógico y conocido, según el contexto patrio en el que se ecuentre el poder religioso, se manifiesta tirando hacia un lado o hacia otro. Es decir, aunque sumo pontífice solo hay uno y verdadero, el increíblemente progre Francisco, luego la cosa no está del todo clara según la jerarquía confesional en los diversos lares, que también tienen derecho a conservar sus cuotas de poder. Así, refirámonos a dos de las iglesias más poderosas del planeta, las cuales coinciden mílagrosamente con dos de las mayores potencias económicas como Estados-nación: Estados Unidos y Alemania.

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Palestina e Israel

Desde que tengo uso de razón, en mi ya larga vida, el conflicto entre Israel y Palestina no ha avanzado lo más mínimo. A menudo, se acusa a los que defienden al pueblo palestino de maniqueos. Resulta curioso que se argumente eso, ya que recuerdo que todo un intelectual hispánico, en plena conferencia sobre otra cosa que nada tenía que ver, soltó que los que acudían a las manifestaciones en protesta por nuevos ataques del Estado israelí eran defensores de Al-Fath (mencionó esta organización, aunque Hamás ya tenía poder sobre la región). Esta aseveración no la pronunció un tipo vulgar en la barra de un bar, no, la dijo alguien respetado en el mundo de la sociología. Desgraciadamente, el tan rechazable maniqueísmo, que parece más bien estulticia, parece consustancial al ser humano, no importa de qué bando hablemos. No obstante, hay que echar pestes también de los que afirman cosas como «no es cuestión de buenos y malos» cuando los pueblos son masacrados por los poderosos. Por mucho que rechacemos algo como Hamás, promotores de la Yihad y seguramente deseosos de borrar a los judíos de la faz de la tierra, las víctimas se multiplican en el lado palestino. Y uno está siempre con los oprimidos, máxime cuando entre las víctimas hay no pocos civiles y muchos de ellos niños.

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Derribos

En diversos lugares de Estados Unidos, como consecuencia de las protestas por el asesinato de George Floyd a manos de un policía, hay quien se ha lanzado al derribo de ciertas estatuas que se identifican con la ignominia histórica. Es ya un (irritante) lugar común la condena de esos actos y la consabida repetición de que no se puede juzgar la historia con la visión moral de la actualidad. Se olvida, o sencillamente se quiere ocultar, con estas argumentaciones, para mí muy conservadoras, que con esos actos, tan vandálicos como simbólicos, se quiere ver una conexión, precisamente, entre los hechos del pasado y los problemas del presente. ¿Son el racismo o la esclavitud repulsivas prácticas de la humanidad del pasado? No solo la respuesta es negativa, ya que perviven de una u otra manera en las instituciones actuales, bien alimentadas por algo en donde hay cabida para todos los colores de piel, que es la discriminación social, sino que se mantienen esos símbolos de ese pasado, que tanto irritan a muchas personas. Hay un obvio hilo conductor en la historia y no se puede obviar para analizar el malestar social rasgándose las vestiduras de forma teatral ante hechos violentos. Sigue leyendo «Derribos»

Indigencia moral

Paseando por un barrio céntrico, de una gran ciudad, uno puede contemplar como una muestra más del paisaje urbano toda una auténtica comunidad de indigentes. Estas personas que viven en la calle, son ya tan habituales, que la actitud recurrente de las personas de una condición social más acomodada es, simplemente, de indiferencia. A lo largo de mi vida, he sentido siempre un profundo rechazo a la pobreza y, quiere creer está claro lo que quiere decir. Alguien me dijo una vez que las clases más conservadoras sienten verdadera repulsión a la pobreza, pero también miedo, de ahí que se esforzaran en mantenerla lejos. Por supuesto, a pesar de que su propia acitud y condición es la que genera y sustenta esa misma pobreza, siempre ajena, claro está. En mi caso, huelga decirlo, rechazo a la pobreza no es aversión al pobre, fobia o actitud que ahora tiene una llamativa denominación en forma de neologismo. Desgraciadamente, ese repudio, desprecio o mera indiferencia a la persona pobre, y más en concreto al abiertamente indigente, es algo profundamente interiorizado en las sociedades mal llamadas desarrolladas. Es así hasta el punto que las superfluas y justificativas opiniones sobre la situación de esas personas pasan por considerarlos vagos e irresponsables, algo que siempre me sorprende, ese aventurarse en el juicio sobre las circunstancias vitales de los demás y, con más saña, en el caso de los más desafortunados. También, se alude en ocasiones a un posible desequilibrio mental o a adicciones habituales al alcohol u otras sustancias, algo que descargaría aún más de responsabilidad al pobre desgraciado. Sigue leyendo «Indigencia moral»