Capitalismo

Leyendo a unos y otros, no cabe más que preguntarse qué opinar sobre ese sistema que tanto detestamos, pero que tanto nos envuelve, que denominamos capitalismo. Los liberales, los más puros me refiero, tan utópicos ellos, a pesar de su ya larga existencia, aseguran que lo que necesitamos es más libre mercado, eso sí, algunos usan un subterfugio atractivo: frente al Estado, dejar a la sociedad civil que gestione económicamente y que haga sus propios acuerdos. Insisto, esto lo dicen los defensores del capitalismo y de un Estado mínimo, no tanto acabar con el Estado, que eso es ya abiertamente una entelequia, que según ellos asegure la igualdad jurídica de todos los agentes. Para empezar, convendría concretar un poco más qué es eso del capitalismo, concepto que sí es cierto que usamos demasiado a menudo como algo abstracto, como un “mal abstracto y absoluto”, casi me atrevo a decir. De un modo todavía demasiado genérico, podemos identificar capitalismo con la privatización de los medios de producción privados; yendo un poco más allá, este sistema económico va impepinablemente unido a la búsqueda de beneficios, dejando la ética a un lado las más de las veces, por lo que entramos ahí en una dinámica infernal. Para la relación del capital con otros factores, como es el trabajo o las materias primas, tendríamos que acudir ya a lecturas más sesudas y, a menudo, abstrusas.

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Fascistas grotescos

Hoy, hemos amanecido con la noticia de la exculpación del inefable esperpento fascista que es Javier Ortega Smith. Este sujeto, objeto de la denuncia que finalmente el Tribunal Supremo ha decidido que no es delito, afirmó que las llamadas Treces Rosas “torturaban, asesinaban y violaban vilmente” (sic). Este estulto ultrarreaccionario “argumentaba” con ello, en oposición a la Ley de Memoria Histórica, que en la Guerra Civil Española ambos bandos cometieron crimenes, que las heridas no hay que reabrirlas, que quieren dividir a los españoles y bla, bla, bla. Nada nuevo, ya que toda esta retahíla de insultantes lugares comunes nos la vienen repitiendo desde la Transición para justificar el actual régimen de Monarquía constitucional y la continuidad económica que supuso aquel proceso. Sí, Vox son los más explícitos herederos de la dictadura, pero todo ese fraude que constituyó la llamada Transición democrática se edificó en torno a una supuesta reconciliación entre todos los españoles, vencedores y vencidos, para maquillar a nivel político lo que no era más que una continuación moral y económica del régimen anterior. El argumento de que “los rojos mataron muchísimo” no es nada nuevo, lo que ocurre es que Ortega Smith es tan inicuo como estólido.

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Creencias y absolutismos

Los más sesudos aseguran que vivimos en una época llamada posmodernidad, algo tal vez ignoto para gran parte de los mortales. Esto es, valga la perogrullada, una sociedad en la que las características de la modernidad ya no tienen vigencia. Es más, las promesas que tuvieron su punto de partida en la Ilustración, con la confianza exacerbada en el Progreso, en la Razón y en la Ciencia -el uso de las mayúsculas no es casual-, que nos acabarían conduciendo al paraíso terrenal, obviamente, no han tenido lugar. No solo eso, sino que es tal vez el siglo XX uno de los que mayores horrores ha producido, si no el que más, precisamente, gracias al “progreso” científico, pero sobre todo a poderes autoritarios muy concretos, que han sabido usarlos en su provecho. Las cabezas pensantes defensoras de esta llamada posmodernidad se congratulan de que demos por periclitada a la época moderna, la cual consideran que ha supuesto una continuidad de la creencia dogmática en forma secularizada. Si antes, las barbaridades se hacían en nombre de un Absoluto denominado Dios, acabamos sustituyéndolo por otros secularizados, como los anteriormente mencionados, de ahí la inicial mayúscula. Desde este punto de vista, muy generalista, podríamos estar incluso de acuerdo con los postulados posmodernos.

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Estatuas y reacción

Mientras la derecha y la ultraderecha de este indescriptible país, que vienen a ser algo muy parecido, se dedican a retirar del espacio publico estatuas, y toda suerte de símbolos, de personalidades de la izquierda, hace mucho tiempo que el nacionalismo español está muy crecido en el sentido contrario. La diferencia es que Largo Caballero o Indalecio Prieto, sin compartir yo su ideología, aunque pudiéramos haber compartido barricada de manera coyuntural en otra vida, fueron al menos dirigentes en un contexto democrático, y perdón una vez más por señalar lo obvio. Vaya por delante que yo no soy nada amigo de dedicar monumentos a figuras políticas, ni siquiera, por supuesto, a aquellos con los que más puedo simpatizar, más proclive quizá sería a personalidades de la cultura o de la ciencia, aunque siempre podrá resultar controvertido, ya que llamamos cultura a veces a cualquier cosa. Al margen de esto, siempre discutible, la historia contemporánea de este inenarrable país llamado España es la que es y la derecha, sencillamente, adolece de cierta tradición liberal y democrática, que debería ser propias de cualquier historia contemporánea que se precie, lo cual le empuja de una u otra manera, por acción u omisión, a aceptar el horror franquista. Si no, de manera más directa, se considera a Franco y sus secuaces como salvadores de la tradición cristiana frente a la conspiración masónica y comunista (juro que, todavía, escucho esta argumentación en boca de estos inefables personajes).

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¿Fin de las ideologías o auge de la idiocia?

Creo que fue al poco de caer el Muro de Berlín, hace ya más de tres décadas, cuando el lúcido e inicuo politólogo Francis Fukuyama soltó aquello del “fin de las ideologías”. Como el pensamiento de la humanidad parece ir en demasiados ocasiones en franco retroceso, aquello quedó como una aseveración y máxima firmes a tener en cuenta para los nuevos tiempos. Es decir, no es que se hablara del término de ideologías totalitarias, explícitamente autoritarias, no; se aseguró la estupidez de que las ideologías ya no tenían cabida en el mundo (pos)moderno. Y no es que quiera hacer ahora una defensa del concepto de ‘ideología’, tantas veces mistificador y tendente al fundamentalismo, sino señalar que, para bien y para mal, estamos rodeados de ideología. Esto es, creencias, ideas y sentimientos, dirigidos a la conducta humana y social, tantas veces cuestionables, pero inherentes a nuestra condición. Por ejemplo, qué son si no las religiones, condenadas a la extinción por simple lógica, pero replegadas en el fundamentalismo cuando se ven acorraladas, si no meras ideologías convertidas específicamente en dogmatismo. No debería hacer falta aclarar que la intención del perspicaz Fukuyama era fundamentar, aún más si cabe, al sistema capitalista en el imaginario colectivo. La idea del fin de las idelogías, perdón por el pleonasmo, fue una soberana estupidez, que dividía al mundo entre blanco y negro, como también el fin de la historia, ya que todo, absolutamente todo, lo creado por la mano del hombre está sujeto al cambio. Para bien y, tantas veces, para mal.

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Glovo y el mercado laboral

Recientemente, una sentencia del Tribunal Supremo ha sostenido lo evidente, que los trabajadores que vemos repartiendo, con una enorme mochila cuadradado con un logotipo con la palabra Glovo, efectivamente, curran para una empresa llamada Glovo. Al parecer, los trabajadores de dicha empresa, que ya no se llaman repartidores, sino que en neolengua se denominan riders, figuraban como autónomos, con el único fin de mermar derechos a un trabajador por cuenta ajena. Los sospechábamos, el currante cuenta con una autonomía irrisoria y, lo han adivinado, tiene una patrón, que es Glovo. Tiene bemoles la cosa que a alguien explotado, en condiciones muchas veces infrahumanas, le quieran hacer pasar por una especie de emprendedor, palabra que se usa hasta el hastío en esta fábula ecónomica en que vivimos. Los activos del negocio, los medios de producción si queremos usar el lenguaje clásico de la lucha obrero, no los tiene el trabajador, que cuenta apenas con un vehículo de dos ruedas y un teléfono móvil para hacer su trabajo. Para todo lo demás, para lo esencial, está sujeto a la dirección de una empresa que se llama Glovo. Gracias, Tribunal Supremo, por confirmar lo obvio.

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Okupación

Hay que reconocer que la intensa campaña de los medios contra la okupación, a la que se unen los intereses de la compañías de seguridad privada, ha dado sus frutos. Yo mismo, me he sorprendido recientemente usando la palabra okupa de manera torticera, y espero que no sea grave de cara a mi salud mental. El caso es que toda esta ofensiva mediática trata de hacer creer a la gente que, si se ausentan de sus hogares un tiempo, algún grupo de canallas se apropiará de la vivienda sin que se pueda hacer gran cosa para evitarlo. Los bulos se han sucedido desde hace tiempo, bien alimentados por la prensa y los políticos más reaccionarios, como esa estupidez de que un PSOE “radicalizado”, junto a Unidas Podemos, legislan para sus “amigos okupas”. No temo ser maniqueo cuando afirmo que estas estupideces, aunque podamos encontrar tambien ejemplos cercanos en una izquierda ‘oficial’ ni por asomo ‘radicalizada’, resultan más creíbles para cierto público con una ideología determinada. El movimiento okupa, no debería hacer falta aclararlo, siempre ha propugnado la ocupación de viviendas o locales deshabitados, y lo ha hecho con fines sociales, políticos y culturales.

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¡Viva la estulticia!

A estas alturas, supongo que mucha gente se habrá echado unas risas con el difundido vídeo de multitud de personajes esperpénticos clamando ¡Viva el rey! No puede ser de otro modo, especialmente, cuando ves a alguien como Toni Cantó, trepa descarado donde los haya, vociferar a los cuatro vientos, puño en alto, que las loas al monarca es “lo auténticamente progresista y revolucionario”. Es muy posible que se trate de un trabajo humorístico encubierto, sobre todo cuando comprobamos que la iniciativa parte de una plataforma, o algo así, llamada Libres e iguales. Es decir, un grupito que afirma estar a favor de la igualdad de los seres humanos, concepto inequívocamente unido a la noción de libertad, tal y como han concretado de toda la vida los anarquistas, se muestra a favor de un sistema que demuestra, de forma más explícita que cualquier otro, que el privilegio existe y de qué manera. ¡Cosas de este indescriptible país llamado España! Otro gran momento hilarante, en forma de oxímoron, es cuando otro de estos ‘intelectuales’ surgidos de averno asegura que, porque cree en el republicanismo de verdad, grita ¡Viva el rey! No, no creo que el fulano se muestre sutilmente irónico y quiera significar algo tan cierto como que la forma del Estado, sea república o monarquía, esconde formas de opresión política. A pesar del involuntario tono jococo del asunto, yo, que he tenido la santa paciencia de ver y escuchar los 14 minutos (y un segundo) del inenarrable “trabajo” audiovisual, no he podido evitar que se me congele la risa entre los dientes.

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El inefable Pérez Reverte

Recuerdo una parodia de Joaquín Reyes, en la sección Celebrities de aquel gran programa de humor Muchachada Nui, dedicada al indescriptible juntador de palabras Arturo Pérez Reverte, donde de manera efectiva, más sutil de lo que puede parecer, ponía en su sitio al egocéntrico fulano. Disfrutadla, seguro que puede encontrarse fácilmente en Youtube o en la web de RTVE. Sin embargo, el cuestionable creador de best-sellers, como tantos otros personajes inefables de este bendito país, supera con creces a cualquier caricatura que nos esforcemos en realizar. Así, me entero hoy que en la promoción de su último libro situado en la Guerra Civil Española, y ahí debe estar la clave de sus mezquinos comentarios, se ha despachado a gusto contra la llamada Ley de Memoria Democrática, y no precisamente denunciando sus carencias para impartir de una vez por todas justicia histórica. Lo más grave e insultante, ha llegado a calificar de resentidos a las víctimas del fascismo. Creo que más iniquidad y mala baba, muy probablemente perfectamente estudiadas, no caben en las manifestaciones de este ser.

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¿Memoria democrática?

Recientemente, se ha aprobado por el gobierno español el anteproyecto de la llamada Ley de Memoria Democrática y pronto, al parecer, pasará al Congreso para debatirla y, supuestamente, aprobarla. A pesar de la inicua derecha (y ultraderecha, que viene a ser algo muy parecido) que padecemos en este inefable país, y de cierta parte de la población bastante botarate, quiero pensar que una mayoría ciudadana considera razonable una ley que, por fin, impartiera justicia histórica. La ley anterior de 2007, en tiempos de Zapatero, era más que insuficiente, ya que, aunque declaraba los tribunales franquistas ilegítimos, no anulaba las sentencias y, además, dividía a las víctimas en dos clases, antes y después de 1968. Aparentemente, el anteproyecto pretende reparar las insuficiencias de la ley previa, obliga al Estado a la exhumación de las fosas, pretender crear una Fiscalía específica para investigar los crímenes del franquismo y sí aspira a anular las sentencias franquistas, entre otras medidas. ¿Estamos por fin ante una Ley justa que anule el relato de punto y final iniciado en la Transición? Las voces críticas, sobre la ambiguedad de las medidas, no se han hecho esperar.

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