Solidaridad

Uno de los paradigmas más firmes que los anarquistas han querido siempre asentar en la sociedad es el de la solidaridad. Recuerdo que lo que más me atrajo de las ideas libertarias fue su confianza en cada individualidad, pero a diferencia del mero liberalismo, fortalecida con la cooperación, el apoyo mutuo, la solidaridad… Me adelanto a las réplicas de los que solo aceptan el mundo que ponen ante sus ojos y aclaro que no se trata de un idealismo ingenuo desapegado de la realidad. Soy consciente de que el ser humano puede ser terriblemente mezquino y papanatas, y desgraciadamente se observa a diario en nuestra precaria sociedad basada en la ignorancia, en la atomización y en el sálvese el que pueda. Los anarquistas, tal vez, fueron conscientes de que para las personas el concepto de solidaridad, que no por casualidad tiene su etimología en “sólido”, no deja de ser un reflejo de la sociedad en la que cohabitan. Si la misma es jerarquizada, en lugar de una comunidad de libres e iguales, las dificultades para reconocer al prójimo, para ser solidario, no tienen fin. Sí, tanta gente se deja llevar por la corriente, pero si esta al menos lleva en su seno los paradigmas de la cooperación y el apoyo mutuo, la coacción moral que dijo el clásico ácrata, en lugar de la confrontación de todo tipo debido a las fracturas sociales e identitatarias, seguro que pueden cambiar las cosas.

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Capitalismo, progreso y hambre

Los liberales, los más “puros” al menos, esos que aseguran que poco tienen que ver sus propuestas con el sistema globalizado que sufrimos, aseguran que la solución para la pobreza es que haya más y más riqueza (y, claro, ricos para que las migajas lleguen a otros). Hasta asegura tal cosa un (ex)ácrata como el inefable Antonio Escohotado, que dedica tres volúmenes, creo que más a meterse con el comunismo (estatalista; terrible, claro), que a defender el comercio y el liberalismo. El caso es que esta gente, que en última o primera instancia defiende y apuntala el estado de las cosas, y asegura que la humanidad avanza en línea recta hacia el progreso, son incapaces de explicar cómo es posible que ya avanzado el siglo XXI siga habiendo, según los datos más optimistas, cerca de 1.000 millones de personas que padecen hambre en el mundo. No estoy hablando de necesidad de algún tipo, que también se da en todos los grados posibles, me refiero a Hambre con mayúsculas. No, no hay progreso líneal, los datos oscilan de un año a otro, hacia arriba o, lamentablemente, hacia abajo. Y no tenemos en cuenta la terrible pandemia que afrontamos en la actualidad, y que como toda crisis afecta fundamentalmente a los más humildes dentre de sociedades dividades dramáticamente en clases (que es lo mismo que decir, señores “liberales”, adalides de la sacra “propiedad privada”, gente que tiene y gente que no tiene).

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Murales feministas

Es increíble la cantidad de idiotas que reaccionan ante el avance que están llevando a cabo las mujeres. Esto es así que se acuñó el irritante término feminazis, y tiene bemoles que el facherío, o los que les hacen el juego, acuse a los demás de algo así para designar a un supuesto modelo de feminista “radical”. Este tipo de mujer, que solo está en la cabeza de estos botarates reaccionarios, viene a considerar que todos los hombres son violadores en potencia. No es algo nuevo, desde hace muchos años se viene identificando cierto activismo con alguna suerte de extremismo fanático, que suelen usar como sinónimo de ese radicalismo que quieren estigmatizar. Una vez más, reivindicamos la condición de radical, ya que hay injusticias que sencillamente hay que extirpar de raíz. El caso del mural de Ciudad Lineal, finalmente vandalizado por unos malnacidos en la significativa fecha del 8 de marzo, resulta paradigmático. Los rostros de 15 mujeres venían a representar las luchas históricas por la igualdad, tal y como lo expresaban los creadores del mural; el concepto de “igualdad” tiene muchas connotaciones y lecturas, pero cualquiera que tenga bien oxigenado el cerebro comprende a qué nos referimos en este caso.

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Montajes policiales

Los montajes policiales contra el movimiento anarquista han estado, y siguen estando, a la orden del día. El militante ácrata Ruymán Rodríguez tenía esta semana un juicio, finalmente aplazado, acusado de haber atentado contra la autoridad. Ruymán denunció a tres agentes de la Guardia Civil, por torturas y detención ilegal, y estos a su vez afirmaron que el activista canario les propinó una patada. Rodríguez es un conocido luchador por el derecho a la vivienda, en la Federación Anarquista de Gran Canaria (FAGC); tanto esta organización, como el Sindicato de Inquilinas de la isla, califican el caso como un montaje y una persecución política. Para entenderlo, hay que tener en cuenta el proyecto autogestionado de La Esperanza, en el que una serie de bloques de viviendas deshabitados en el municipio canario de Santa María de Guía fueron socializados por la FAGC con más de 200 personas realojadas. El sistema tenía que poner remedio a este mal ejemplo de la autogestión y, como no conciben un activismo verdaderamente antiautoritario, fueron a por Ruymán pensando que iban a acabar con el lider del proyecto.

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¿Liberales?

Lo del liberalismo, a poco que uno tenga algo de conciencia e inquietudes, es para volverse loco. Al menos, en España. Uno pensaba que dicha corriente histórica venía a ser un avance frente a sistemas abiertamente despóticos, pero claro, eso era antes de que la idea de progreso se tornara más que cuestionable. Ciero es que la historia contemporánea de este insufrible país empuja a que tengamos una derecha, hoy algo bifurcada, carca y casposa. No obstante, los partidos en España considerados a la diestra se definen, agarrénse ustedes los machos, todos como liberales. Es decir, los heredederos de los que siempre se han opuesto a ningún asomo de liberalismo, en una pirueta ideológica de lo más irritante y sonrojante, quieren saltarse la victoria de la reacción y la dictadura franquista para abrazar sin el menor asomo de vergüenza eso que llaman liberalismo. Hay quien dice que sobre las espaldas del anarquismo le han querido cargar un excesivo peso y, salvando las distancias, algo similar ocurre con la corriente que nos ocupa. Por cierto, en otro espacio nos dedicaremos a mostrar el abismo, sobre todo moral, que se abre entre dos sistemas aparentemente similares: el liberal y el anarquista.

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Violencia para dar y tomar

Las manifestaciones de las últimas semanas en defensa de la libertad de expresión siguen trayendo cola y de qué manera. Por cierto, en más de una ocasión se ha visto publicado que dichas protestas era en defensa de Pablo Hasél y llegué a leer a un fulano en su legítimo derecho de expresión, lo cual no está reñido con la más flagrante estolidez, iba más allá y aseguraba que se producían “en defensa de su líder”. Como el nivel es bastante preescolar, tendremos que aclarar una vez más que muchas personas pensamos que, incluso los botarates o los borricos (o ambas condiciones, que a menudo coinciden), tienen derecho a decir lo que piensan. Es más, me congratula saber que numerosos colectivos han defendido los derechos y libertades del inefable rapero, pero al mismo tiempo han criticado sus posicionamientos machistas y abiertamente autoritarios. Yo añadiré que, lo mismo que defiendo su libre expresión, no simpatizo en lo más mínimo con la ideología de Hasél y que algunas de sus frases, en letras de canciones o en tuits, me causan repulsión. Por otra parte, es indiferente para el caso si el tipo tiene o no talento literario-musical, algo que comprende cualquiera con un mínimo de intelecto, que claramente no es el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid.

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Sobre la violencia y lo libertario

Una amiga me advierte hoy sobre un artículo en el muy progresista diario El País con el peculiar titulo “La tentación libertaria en la sociedad digital”. Por un momento, pienso que se trata de una nueva apropiación, por parte de esos ultraliberales, parte de la derecha más insolidaria, del término “libertario”. No haría falta aclarar, para cualquiera con un poco de conocimiento, que en este bendito país “libertario” es y debe ser sinónimo de “anarquista”. El caso es que los tiros no iban por donde yo pensaba. El texto de marras viene firmado por un tipo que fue ministro en algún gobierno de Felipe González con algún pomposo título en derecho administrativo (o algo así). Son varios los reproches que le haría, en fondo y forma, pero lo más cabreante es el uso abiertamente despectivo que se hace de un concepto, que quiere verse como una intolerable libertad absoluta. Debería darle vergüenza al firmante, en un país en el que el movimiento libertario fue una vez mayoría y pudo cambiar las cosas para siempre. Sobre otros aspectos del texto, vayamos por partes. El artículo viene a ser una justificación de por qué el rapero Pablo Hasél ha sido condenado y ha terminado por ingresar en prisión. No es casualidad que comience recordando las numerosas manifestaciones, “con frecuencia, violentas”, que ha desencadenado la sentencia, tal vez con un deseo de vincular anarquismo con violencia. Todo un clásico.

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Del 23-F y demás relatos fantásticos

Hoy, hace justo cuatro décadas del intento de golpe de Estado en este indescriptible país. Desde temprana edad, nos adoctrinaron para la construcción de un relato, el de la llamada Transición, según el cual el gran héroe de evitar la involución fue el hoy delincuente huido Juan Carlos de Borbón. Ya entrados los 90, cuando los inefables documentales perpetrados por Victoria Prego, adecuadamente extendidos a nivel mediático, uno empezó a entrar en razón. El fallido intento golpista de febrero de 1981 vendría a ser la continuidad en la novela rosa que nos han vendido sobre la llegada de la democracia, que tendría su colofón con la victoria del Psoe en 1982. Un partido supuestamente progresista, que apaciguaría a las masas ante el cúmulo de medidas catastróficamente ‘modernizadoras” que se avecinaban. Desde aquello de Tejero, el 23-F es casi un día litúrgico en este bendito país (y el símil religioso no es gratuito), una consolidación reiterada año tras año de una institución anacrónica como es la monarquía. En los años posteriores a la muerte del genocida dictador, la monarquía no gozaba de una gran popularidad, pero desde el momento en que el campechano (supuestamente) decidió no secundar a los militares golpistas, el destino de este inenarrable país quedó unido a su figura.

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Votar o (mejor) no votar

Ayer, día de una destacada efeméride dentro de esta aborregada sociedad de consumo, se celebraron también elecciones en tierras catalanas. El caso es que echando un vistazo al resultado, y al colorido gráfico resultante, a uno le vienen a la cabeza una serie de reflexiones de lo más dispares e hilarantes. Lo primero es destacar algo en lo que no van a insistir demasiado los medios y es el histórico resultado de la abstención, auténtico vencedor de las elecciones, que ha estado cerca del 50%. Un espíritu ácrata, y decididamente tocahuevos, como el de un servidor no puede menos que congratularse. Lo siguiente sería constatar también lo profundamente veleta que es esa parte de la población que todavía acude estoicamente a las urnas cuando observamos que el partido ganador hacer cuatro años, el inefable Ciudadanos, está ahora a la cola con la irrisoria cifra de seis escaños. Hablamos de uno de una de las fuerzas que, hace no tanto, era la auténtica alternativa al gobierno de España cuando la población estaba hastiada de los partidos tradicionales y… bla, bla, bla. Claro que la otra alternativa de nuevo cuño, escorada a la izquierda, era Podemos y ahí van, pillando cacho en el gobierno central de milagro, pero sobreviviendo lastimosamente en otros ámbitos. Tampoco es para sorprenderse mucho con lo ocurrido con Ciudadanos, ya que lo mismo ocurrió hace años en su mismo espacio político, ese horror llamado “centro” un poquito hacia un lado, u otro o más bien hacia la nada, con aquella cosa llamada UPyD también beneficiada efímeramente por el auge de los nacionalismos periféricos.

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¿Libertad de expresión?

Antes del viernes, tiene que ingresar en prisión el rapero Pablo Hasél por varios delitos de apología del terrorismo e injurias a la corona. Diré, antes de nada, como no puede ser de otra manera, que considero que cada uno puede expresar lo que le venga en gana. Sí, es cierto que a alguno se le puede ir la olla y soltar barbaridades (falsas) sobre cualquiera, pero eso tiene sus cauces y, no obstante, no entremos en un debate trillado y propio de un determinado tipo de sociedad mediática. Reitero lo de la absoluta libertad de expresión, máxime en el terreno artístico, que creo que tantas veces se realiza con una intención transgresora. De hecho, no entiendo mucho de rap o cultura hip hop, pero me da que el tono agresivo es habitual en las letras. Por ejemplo, hay un grupo, no mencionaré el nombre, que dentro de una verborrea interminable les he escuchado pedir zulos para algún político e incitar a la violencia de diversas maneras. Para ellos, la lucha contra el fascimo lo justifica todo. Lo grave, en este caso, es que llaman fascismo a casi cualquier cosa. Pero, no quiero desviar la atención sobre el tema central, que es la total libertad de expresión.

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