Del 23-F y demás relatos fantásticos

Hoy, hace justo cuatro décadas del intento de golpe de Estado en este indescriptible país. Desde temprana edad, nos adoctrinaron para la construcción de un relato, el de la llamada Transición, según el cual el gran héroe de evitar la involución fue el hoy delincuente huido Juan Carlos de Borbón. Ya entrados los 90, cuando los inefables documentales perpetrados por Victoria Prego, adecuadamente extendidos a nivel mediático, uno empezó a entrar en razón. El fallido intento golpista de febrero de 1981 vendría a ser la continuidad en la novela rosa que nos han vendido sobre la llegada de la democracia, que tendría su colofón con la victoria del Psoe en 1982. Un partido supuestamente progresista, que apaciguaría a las masas ante el cúmulo de medidas catastróficamente ‘modernizadoras» que se avecinaban. Desde aquello de Tejero, el 23-F es casi un día litúrgico en este bendito país (y el símil religioso no es gratuito), una consolidación reiterada año tras año de una institución anacrónica como es la monarquía. En los años posteriores a la muerte del genocida dictador, la monarquía no gozaba de una gran popularidad, pero desde el momento en que el campechano (supuestamente) decidió no secundar a los militares golpistas, el destino de este inenarrable país quedó unido a su figura.

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Votar o (mejor) no votar

Ayer, día de una destacada efeméride dentro de esta aborregada sociedad de consumo, se celebraron también elecciones en tierras catalanas. El caso es que echando un vistazo al resultado, y al colorido gráfico resultante, a uno le vienen a la cabeza una serie de reflexiones de lo más dispares e hilarantes. Lo primero es destacar algo en lo que no van a insistir demasiado los medios y es el histórico resultado de la abstención, auténtico vencedor de las elecciones, que ha estado cerca del 50%. Un espíritu ácrata, y decididamente tocahuevos, como el de un servidor no puede menos que congratularse. Lo siguiente sería constatar también lo profundamente veleta que es esa parte de la población que todavía acude estoicamente a las urnas cuando observamos que el partido ganador hacer cuatro años, el inefable Ciudadanos, está ahora a la cola con la irrisoria cifra de seis escaños. Hablamos de uno de una de las fuerzas que, hace no tanto, era la auténtica alternativa al gobierno de España cuando la población estaba hastiada de los partidos tradicionales y… bla, bla, bla. Claro que la otra alternativa de nuevo cuño, escorada a la izquierda, era Podemos y ahí van, pillando cacho en el gobierno central de milagro, pero sobreviviendo lastimosamente en otros ámbitos. Tampoco es para sorprenderse mucho con lo ocurrido con Ciudadanos, ya que lo mismo ocurrió hace años en su mismo espacio político, ese horror llamado «centro» un poquito hacia un lado, u otro o más bien hacia la nada, con aquella cosa llamada UPyD también beneficiada efímeramente por el auge de los nacionalismos periféricos.

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¿Libertad de expresión?

Antes del viernes, tiene que ingresar en prisión el rapero Pablo Hasél por varios delitos de apología del terrorismo e injurias a la corona. Diré, antes de nada, como no puede ser de otra manera, que considero que cada uno puede expresar lo que le venga en gana. Sí, es cierto que a alguno se le puede ir la olla y soltar barbaridades (falsas) sobre cualquiera, pero eso tiene sus cauces y, no obstante, no entremos en un debate trillado y propio de un determinado tipo de sociedad mediática. Reitero lo de la absoluta libertad de expresión, máxime en el terreno artístico, que creo que tantas veces se realiza con una intención transgresora. De hecho, no entiendo mucho de rap o cultura hip hop, pero me da que el tono agresivo es habitual en las letras. Por ejemplo, hay un grupo, no mencionaré el nombre, que dentro de una verborrea interminable les he escuchado pedir zulos para algún político e incitar a la violencia de diversas maneras. Para ellos, la lucha contra el fascimo lo justifica todo. Lo grave, en este caso, es que llaman fascismo a casi cualquier cosa. Pero, no quiero desviar la atención sobre el tema central, que es la total libertad de expresión.

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La mezquindad del capitalismo

La pandemia, que como su nombre indica afecta a países pobres y ricos, muestra en toda su evidencia la mezquindad del sistema económico en que vivimos. Los precios de las vacunas se disparan, en esa entelequia que llaman «mercado libre», y por supuesto, las regiones más desfavorecidas se quedan fuera del reparto. Las multinacionales farmacéuticas priman sus beneficios por delante de las innumerables vidas que se está llevando el maldito virus con el intolerable retraso en la aplicación de las vacunas. Y, de entrada, ni siquiera es cierto que estas grandes empresas hayan invertido su dinero y su esfuerzo en encontrar las soluciones a la pandemia, ya que todo el mundo sabe que beben, como los que más, del llamado capital público proveniente de los Estados y de la llamada Unión Europea. Capitalismo subvencionado, poder político y poder económico bien entrelazados. Uno de los aspectos de la situación es dejar en evidencia la falsedad de las premisas ideológicas e ideales del liberalismo (o neoliberalismo, no sé muy bien la diferencia): la mano invisible, que dijo el clásico, de un mercado «libre»; iniciativa privada, que es iniciativa de los que más medios tienen; creación de riqueza de los poderosos, para que caigan las migajas a los desposeídos; supuesta desregulación, que es más bien apuntalamiento por parte de los Estados al capitalismo; esa mistificación en la práctica social que denominan meritocracia

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