Vacunas

Despedimos este asqueroso año 2020 en plena crisis, sanitaria y de todo tipo, y con la incertidumbre de no saber muy bien en qué manos estamos. El gobierno de progreso ha decidido iniciar la vacunación masiva contra el maldito virus y, como en tantas otras cuestiones, y al margen de la decisión personal que finalmente adoptemos, nos asaltan multitud de dudas sobre el (también, maldito) poder, tanto económico como político, que vienen a estar entrelazados. Vaya por delante que me distancio de forma abisal, de los inefables antivacunas, tantas veces amantes de teorías estrambóticas y conspiranoicas. Sabemos muy bien cuáles son los intereses de las empresas farmacéuticas, tantas veces colocando el beneficio por encima de la salud de las personas, pero una cosa es eso y otra ya perder el norte sobre lo que es o no científico (es decir, demostrable como válido, en este caso para sanar o prevenir). Las vacunas han permitido avances innegables en la lucha contra las enfermedades, aunque ello se haya producido en una modernidad marcada todavía por graves desigualdades sociales y con gran parte del planeta sin acceso a bienes esenciales, entre los que se encuentra una buena sanidad.

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El discurso

Lo del discurso del jefe de Estado, léase, claro, el rey, la noche del 24 de diciembre es algo que empieza a parecer un nuevo episodio de alguna ya reiterativa serie de muertos vivientes. El programa estelar se completa, un rato después, con la inevitable aparición en la misma televisión pública del cantante ultraconservador Raphael, aunque este al menos tiene buena voz. No es que me importe lo más mínimo lo que pueda decir el monarca, pero uno tiene que aguantar el chaparrón de caspa y patetismo si quiere rellenar estas líneas con algún análisis político. No obstante, quizá lo más penoso y deplorable sea escuchar a algunos críticos biempensantes lamentarse de que Felipe VI no condenara abiertamente los escándalos de su padre Juan Carlos y solo pasara de puntillas por el tema cuando aludió a unos supuestos «principios éticos» inherentes a la corona, «a pesar de las circunstancias». Sí, las palabras son indignantes, un insulto al común de los mortales que habita este indescriptible país llamado España. Pero, ¿alguien podía esperar otra cosa de una institución inicua y añeja? Es más, ¿ha soltado alguna vez un monarca un discurso, con esa voz de los borbones siempre meliflua y monocorde, que no sea mera retórica vacía?

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Felipistas

No, no me refiero con el título de esta columna a los seguidores del borbón actual en el trono, al que se presume más que deseoso de hacer un nuevo lavado de rostro a la obsoleta y corrupta institución. Hablo del antiguo presidente del gobierno, en este inefable país, durante nada menos que cuatro legislaturas. Este fulano estaba al frente un partido que se decía de izquierdas, pero como cantaba el gran Javier Krahe, ni socialista, ni obrero, ni (aun) español. Como todavía me sorprende la tendencia a la idolatría del género humano, que a mí me gusta más denominar papanatismo, mucha gente, progre e incluso ilustrada, afirmaba sentir poco menos que fervor por el que sería señalado por muchos como el señor X en la guerra sucia contra ETA. Hace no tanto, todavía se le nombraba como ejemplo de gobernante alternativo a la inicua derecha política. Conteníamos la carcajada, o el sollozo, al escuchar esto último, al mismo tiempo que nos preguntábamos si lo de este indescriptible país es solo falta de memoría o algún deterioro cognitivo aún más grave. Hoy, puede escucharse a parte de esos apasionados seguidores lamentarse de la figura actual de expresidente y de sus declaraciones en perfecta consonancia con la derecha más rancia. No, no es algo achacable a la senectud, ya que el conocido antaño como Isidoro se encuentra, estoy seguro, en perfectas condiciones mentales. Perversas condiciones, por supuesto, pero sin deterioro biológico alguno.

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Más fascismo

Alguien, lúcidamente, definió el fascismo como acción contrarrevolucionaria preventiva. Ello, por supuesto, entre muchos otros rasgos con los que podríamos definir un movimiento con estas repugnantes características. Hablo en general, no recurramos al tópico de «solo se puede hablar de fascismo en la Italia de los años…», como un nacionalismo exacerbado de carácter fuertemente autoritario y, por supuesto, reaccionario y contrarrevolucionario. Y no es que me llene yo la boca, como hacen otros botarates, autoritarios con otra ideología, hablando de fascismo por doquier. Desgraciadamente, en España sabemos mucho de eso, ya que una forma de fascismo ganó la guerra hace más de 80 años y, tras cuarenta años de dictadura, un proceso de transición «democrática», que no fue más que un fraude de pequeños cambios para que tantas cosas siguieran igual. Ahora, muchos se echan las manos a la cabeza tras salir a la luz conversaciones privadas en las que numerosos militares de alto rango, se insiste en que ‘retirados’, hablen abiertamente de dar un golpe de Estado, de hacer una purga de ‘rojos’ y de ejecutar a millones de españoles. Uno de los participantes, con algo de decencia, acabó haciendo público todo lo que se cocía en aquel grupo de WhastApp, en el que acabó saludando de forma ‘sorprendente’ el mismo Santiago Abascal, líder de una extrema derecha con participación parlamentaria.

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Los intelectuales y el fascismo

Creo que hace año y pico, en este inefable país, se estrenó la última (y más bien mediocre) película dirigida por el prestigioso Alejandro Amenábar, llamada Mientras dure la guerra. Como es sabido, el film se centraba en el momento del golpe de Estado perpretado por el genocida general Franco y sus secuaces, teniendo como localización la ciudad de Salamanca y como protagonista a Miguel de Unamuno. El colofón era los (¿conocidos?) hechos del Paraninfo de la Universidad de Salamanca donde el intelectual se enfrentó dialécticamente a los sediciosos fascistas con la consecuente ira del ridículo matarife Millán Astray. El film, cómo no, al margen de su calidad, que ya digo que me resultaba bastante discreta, a pesar de su impecable factura, molestó a gran parte del facherío patrio, lo cual es de agradecer. Sin embargo, resulta curioso, meses después de su estreno, pude escuchar a cierto bodoque ultrarreaccionario, en un irrisorio medio televisivo de extrema necedad ideológica, asegurar que a la película de Amenábar no se le había reconocido demasiado «por no ser lo suficientemente antifranquista». Me gustaría, o no, saber lo que pasa por la cabeza de estos tipos ultraderechistas para mantener su repulsivo relato sobre los hechos recientes de este indescriptible país.

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