Nuevos contratos, viejas políticas

Recientemente, los titulares de los grandes medios de desinformación se han llenado de declaraciones de Yolanda Díaz, la gran esperanza actual de la izquierda parlamentaria, en las que aludía a la necesidad de un nuevo «contrato social». Como creo haber leído algo sobre el asunto en algún viejo manual de filosofía política, me parece recordar que eso del contrato alude a un supuesto pacto originario entre los hombres para ceder su libertad, fundar el Estado y a joderse todos sometiéndose a la autoridad política. Sí, creo que en otras teorías el contrato lo que funda es la sociedad civil, pero seamos serios, cada vez que alguien nos ha venido con esto, lo que se legitima con seguridad es una instancia coercitiva que, en nombre de unos pocos, arrebata el poder decisorio al conjunto de la sociedad. Como uno no recuerda haber hecho ningún pacto, ni contrato alguno, para ceder su potestad individual, ni pretendemos ahora realizar otro en similares condiciones, seguiremos empecinados en apostar por un acuerdo, precisamente, para desmantelar el Estado y ceder el poder a la sociedad civil. ¡Toma ya! Uno, que posee un encomiable espíritu ácrata, con algún que otro tic nihilista, considera que toda esta jerga retórica no es sino una artimaña para, una vez más, monopolizar la violencia en manos de unos pocos, de uno u otro pelaje, legitimar el privilegio y que las cosas continúen más o menos como estaban.

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Esperpento, cretinez y papanatismo

Vaya por delante aclarar que el que suscribe no está del todo seguro si gilipollas es él, al señalar que la corrupción es algo sistémico en este inefable país, o tal vez gran parte del material humano que le rodea. Uno es así de generoso en su análisis de la realidad. El caso es que esta guerra desatada entre facciones del Partido Popular, esa indescriptible derecha de este inenarrable país, además de ser un esperpento vergonzante, invita a unas pocas reflexiones a poco que profundicemos. Pablo Iglesias, que ahora tiene un podcast en el que pretende aportar sesuda información veraz y alternativa, instaba recientemente a que la izquierda parlamentaria se ponga las pilas y denuncie ante la fiscalía los presuntos casos de corrupción en el PP madrileño. Vamos a ver. En primer lugar, amiguito, ¿la izquierda parlamentaria no eras tú hasta anteayer? ¿Acaso los numerosos contratos, adjudicados a dedo por la Administración presidida por Ayuso, son algo que se sepa ahora? ¿Acaso no había ya indicios hace tiempo de que la Comunidad de Madrid había favorecido notablemente a familiares y amigos? ¿Por qué diablos no se puso, ni se termina de poner en la actualidad, todo ello en manos de la justicia? Sí, la justicia puede estar plagada de fachas y estar igualmente corrompida, y puede que luego haya multitud de cretinos que avalen a los corruptos en las urnas, pero al menos la contundencia en la denuncia moral y mediática puede y debe hacer un ruido estruendoso. A pesar del discurso epidérmico de algunos, y con gloriosas excepciones reales, no parece que sea así en este impronunciable país.

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Coalición de progreso

Son ya dos años de gobierno de la, llamada, coalición del gobierno más progresista de la historia de este inefable país. Tal vez, eso no sea decir mucho. El caso es que, ¿puede decirse que ha habido una verdadera transformación respecto a cuando gobierna la derecha? Veamos. Una de las promesas de los que gobiernan fue la derogación de la reforma laboral, «recuperaremos los derechos laborales arrebatados», aseguraron; incluso, en pleno estado de alarma tras estallar la pandemia del coronavirus, se reafirmaron en ello. Muy pronto, el Partido Socialista se desdijo de aquello, es cierto que sus socios de gobierno clamaron al cielo en alguna ocasión, pero Yolanda Díaz, ministra de Trabajo, acabó declarando que en realidad aquello era inderogable por no sé muy bien qué cuestiones técnicas. Hay quien asegura que lo que dijo Díaz, militante del Partido Comunista, era más falso que Judas, pero a estas alturas ya parece dar un poco igual. A finales del año pasado, llegaron una serie de reformas laborales, pero hay que recordar que prometieron, e incluso firmaron, derogar la reforma laboral del PP en 2012. Sí, son anatema las políticas del PP, pero hay que echar para atrás, hacer un poco de eso tan necesario en este bentido país que es la memoria, y comprobar lo que los gobiernos socialistas de González y Zapataro hicieron con las leyes laborales; todo atado y bien atado para una paulatina precarización del mercado de trabajo, gobiernen unos u otros.

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Podemos (o no)

Creo que este partido llamado Podemos, creado si no me equivoco a principios de 2014, y que contaba con un gran apoyo de una sociedad civil con ganas de cambio, resulta sintomático del sistema político que tenemos y sufrimos. Recordemos aquel movimiento ciudadano, con un afán transformador, y con cierta naturaleza horizontal y autogestionaria, que se inició en mayo de 2011, pero que, justo es decirlo, desembocó en cierta medida en la construcción de un partido representativo como Podemos. La táctica de esta organización, al menos en un principio, y de cara a captar el mayor número de votantes, era de cierta ambigüedad ideológica. Es decir, como se insiste en la terminología política cuando se oculta o desconoce la orientación, de carácter transversal, de tal manera que no resultaba solo atractiva al imaginario izquierdista, sino a todos aquellos hartos de la “vieja política”. Recuerdo que así fue descrito de manera muy crítica por Alberto Garzón, hoy todavía coordinador de Izquierda Unida, en la actualidad coalición unida electoralmente a Podemos con el nombre de Unidas Podemos. Las cosas de la política y de este país, escaso de memoria histórica y de conocimientos políticos. Y, ojo, estas cosas las digo a priori, de modo crítico sí, pero con cierto distanciamiento objetivo. Espero que no se me tilde de reaccionario ni de hacerle el juego a la derecha (¡ay, los pobres lugares comunes!), por criticar a Podemos, que ya cansa esa visión simplista de la política íntimamente unida a una maniobra electoralista. Sigue leyendo «Podemos (o no)»

Lucha de clases

Hoy, nos recuerda El Roto, con ese humor sin par que deja una sonrisa helada a los que tengan un mínimo de conciencia, que la lucha de clases en la actualidad enfrenta a pobres contra pobres. Creo que fue un anarquista de la primera hornada, es decir, antes de un siglo XX plagado de un desastre tras otro, el que dijo que los partidarios de la corriente socialista de Estado, de la conquista del poder, acabarían logrando que la mayor parte de las personas odiaran el concepto de «comunismo». Desgraciadamente, fueron palabras premonitorias ante lo que sería un régimen totalitario tras otro, con la legitimidad moral de, presuntamente, acabar con las diferencias de clase. He de decir que, yo mismo, aunque nunca me definiría como anticomunista, ya que es algo que conlleva connotaciones repugnantemente reaccionarias, siento una precaución extrema ante las banderas rojas. No obstante, incidir en esto es visto por cierta izquierda como hacerle el juego a la reacción. O blanco o negro, rojo o azul. Yo sigo prefiriendo el negro. En cualquier caso, un lenguaje añejo y maniqueo por parte de gente que, con toda su buena intención si quieren, acaba siendo inequívocamente reaccionaria al insistir en modelo fracasados que no conducen ni por asomo a la tierra prometida. En otras palabras, el comunismo, el supuesto socialismo de Estado convertido en una inmoral praxis totalitaria ha sido una puta mierda. No, como afirmó Marx, los trabajadores no se vuelven inevitablemente revolucionarios y, mucho menos, a hostias. Sigue leyendo «Lucha de clases»