¡OTAN y, sobre todo, militarismo no!

Se acaban de cumplir tres meses del comienzo de la agresión del ejecutivo ruso contra la población ucrania. Aunque las noticias sobre la guerra no ocupen ya tanto espacio en los medios desinformación generalizados, se sigue dando una leve insistencia ideológica, que no debería engañar a nadie, en que hay que defender la democracia; sabemos, sin duda, qué bando inició la agresión en este caso, lo que desconocemos es ese posicionamiento tan nítido en cuanto a valores morales. No dejaremos de insistir en que lo que parece que está en un cruento juego es el afán imperialista y el interés económico entre diferentes poderes oligárquicos, a cual más detestable. Una contienda la de Rusia y Ucrania que parece ya cronificada y donde hasta gente poco sospechosa de izquierdismo asegura que la paz pasa por algún acuerdo con Putin y sus secuaces, seguramente cediendo a Rusia parte del territorio de Ucrania. El presidente este país, Zelensky, por su parte, realizando una analogía (¡como no!) con la lucha contra el nazismo ha asegurado que no piensa capitular y exige que se le envíen más armas pesadas (quedémonos con este dato). Mientras tanto, la población sigue sufriendo y muriendo. No se me ocurre más lucha contra la guerra que la de combatir el repulsivo militarismo, aunque determinadas circunstancias empujen a veces a la defensa a través de las armas; no, no soy ningún ingenuo pacifista.

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Crisis permanentes

A las crísis económicas cíclicas del capitalismo, que es lo mismo que decir que el capitalismo es la crisis, se une hace dos años el inicio de una crisis sanitaria de envergadura, que hace que vivamos permanentemente con (aún más) miedo y, consecuentemente, agachemos la cerviz y obedezcamos a las autoridades en nombre del ‘sentido común’. Sin haber salido del todo de la pandemia del Covid, con diversos grados de intensidad y variantes durante este tiempo, todo el foco mediático y político mundial se coloca en la intolerable agresión militar del ejecutivo de Rusia a su vecina Ucrania, país rico en ciertas materias primas y, sobre todo, región geoestratégica a la que la OTAN había seducido en diversas ocasiones. Ya digo, totalmente condenable la invasión encabezada por el gobernante ruso Putin, no hace tanto aliado de Estados Unidos, como repulsivo es el militarismo en general; no obstante, deberíamos estar muy lejos de asumir el maniqueísmo y la simplificación a la que nos empujan los medios occidentales.

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Antimilitarismo

«Sin ejércitos, no habría guerras», aseveración que puede parecer pueril en principio, pero que en realidad se trata de una perogrullada como un castillo. Es decir, hablamos de una organización armada, ferozmente jerarquizada, que sirve a los intereses de un nación, que es lo mismo que decir de un Estado, que viene a ser el poder político, que a su vez lo forma principalmente una oligarquía sujeta a determinados intereses, que no suelen coincidir en lo más mínimo con la sociedad de la que forman parte. Es decir, incluso a estas alturas, puede haber tarambanas que se crean esa mistificación inicua llamada «patriotismo», pero la realidad que no quieren ver ante sus ojos es que, si los conducen a la guerra, obedecen a los intereses de una clase dirigente. Así de sencillo. Alguien puede identificar un ejército, meramente, con la defensa armada de un pueblo o de una comunidad, pero seamos serios y usemos la semántica de forma mínimamente decente.

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De nacionalismos e imperialismos

En cierta ocasión, un amigo al que le tenía en cierta estima intelectual me soltó que el ser humano tenía una «tendencia dicotómica» (sic). Esto fue una respuesta ante mi sorpresa por su alabanza de la todavía inexplicablemente mitificada figura del Che Guevara, pero también por su defensa de la Revolución cubana, para mí, un fracaso a todos los niveles. Es decir, lo que se me quería aclarar es que había que posicionarse entre unos y otros, siendo los otros el capitalismo y el imperialismo yanki. En otras palabras, al parecer, hay que elegir siempre entre la peste y el cólera, sin que podamos insistir en que lo que queremos es estar razonablemente sanos y, sobre todo, no seguir propagando enfermedad alguna. En fin. Dicho sea esto como lúcida reflexión mía, por la tendencia del ser humano, no sé si tanto a la dicotomía como al papanatismo más lastimoso (bien alimentado por el maniqueísmo y la insistencia en el mito sin atender demasiado a la realidad). Ejemplos los podemos observar, por doquier, en nuestras sociedades «avanzadas» del siglo XXI, y eso cuando hace ya más de dos siglos en los que se pretendió que la razón crítica nos condujera, si no al paraíso terrenal, al menos a algo medianamente decente. Hoy, intereses de los poderes políticos y económicos han empujado de nuevo a jóvenes a matarse unos a otros por llevar una bandera diferente; desconozco si una mayoría de ellos creerá que su causa es la verdadera, dentro de la esa supuesta «tendencia dicotómica», o simplemente se ven condicionados por muchos factores para llevar a cabo hechos que atentan contra la moral más elemental.

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Blas de Lezo y el militarismo

Hace unos días, el gobierno más progresista de la historia conocida envió, en nombre de este inefable país conocido como España, una fragata para defender Ucrania de la amenaza rusa. Como miembro de la OTAN, no creo que pueda sorprender a nadie que Pedro Sánchez se subordine a la capital del imperio, aunque la manera arrastrada de hacerlo sí llama algo atención. Es posible que cuanto más mediocre sea la persona, como le pasó a aquel engendro llamado José María Aznar con su participación criminal en la guerra de Irak, el componente megalómano se acentúe con mayor fuerza al abrazar el poder; no obstante, creo que forma parte de todos los gobernantes, en mayor o en menor medida, tengan el pelaje ideológico que tengan. Esperemos que no se confirme el conflicto bélico; como dijo el clásico, y viene muy al caso para el texto que nos ocupa hoy, ¡malditas sean las guerras y los que la promueven! Y es significativo, en este indescriptible país, el nombre de la susodicha fragata de la gloriosa Armada española: la Blas de Lezo. Y es que, para los que no conozcan a este tipo, hablamos de un almirante del siglo XVIII, una emblemática figura naval que se pasó la vida guerreando y, por lo tanto, es símbolo de lo más rechazable a nivel histórico y moral; como no podía ser de otra manera, en este indecible país, esta figura histórica se la pone dura a derechistas y ultraderechistas (valga la redundancia).

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Los inacabables conflictos bélicos

«Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases» es la máxima esgrimida, desde algunos movimientos sociales, frente a cualquier conflicto bélico. Bueno, frente a cualquiera tal vez no, ya que en algunos casos se mezclan los conceptos, como es el caso de la Guerra Civil en este bendito país, que muchos califican en realidad de guerra entre clases. Por supuesto, el facherío patrio y lo que no es el facherío se esfuerzan en calificarlo de conflicto fraticida negando la brecha social e insistiendo en esa simpleza reduccionista de las dos Españas. Pero, reflexionemos en el texto de hoy, con indisimulable lucidez y visible agudeza, sobre las guerras, el pacifismo y el antimilitarismo. Particularmente, y dejando de momento mayor profundización en lo moral e ideológico, desde que uno tiene uso de razón ha vinculado el militarismo con el, efectivamente, enfrentamiento cruento entre pueblos; por muchas vueltas, o justificaciones históricas que se le quiera dar, me resultan repulsivamente indiferentes al dolor ajeno los que, abiertamente reaccionarios, lanzan loas a las hazañas bélicas en nombre de la patria en cualquier momento histórico. Léase el concepto de patria, por mucho que se le quiera dar otra acepción más ambigua aludiendo incluso a la fraternidad, como comunidad humana férreamente unida y jerarquizada en torno a un Estado-nación, cuyo brazo armado es precisamente el ejército. De forma quizás menos paradójica de lo que pueda parecer, y al menos en este indescriptible país, este tipo de humanos patriotas, amantes de lo castrense, suelen ser también fervorosamente religiosos; insistamos de nuevo en lo evidente, patriotismo (¿nacionalismo?) y religión, los conceptos que han abierto mayores brechas entre los seres humanos, algunas de las cuales en forma de ríos de sangre. Aclararemos que la fraternidad solo puede tener aspiraciones universales y no solo entre miembros hermanados por el mismo accidente geográfico empujados al enfrentamiento con otros nacidos en tierra extraña.

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Afganistán y las guerras

En los años 80, década en la que el que suscribe era un tierno adolestente, proliferaron las películas grotescamente anticomunistas. Entre ellas, estaba la trilogía de un excombatiente en la Guerra de Vietnam llamado Rambo, que si bien no empezó mal, de modo aparantemente antimilitarista, la cosa acabó en una esperpento de proporciones cósmicas. Así, agotada ya la venganza sobre el mal rojo en el sudeste asiático, el último film versaba sobre la invasión soviética de Afganistán. Lo habéis adivinado, el borrico de Rambo se aliaba nada menos que con los rebeldes muyahidines afganos, precedentes de lo que luego serían los talibanes, para contrarrestar al ejército comunista. Y esto lo hacía, lo más gracioso, a escasos meses de que cayera la URSS y Rusia se convirtiera en un aliado de los Estados Unidos. Afganistán, después de la retirada soviética, se vio inmersa en una cruenta guerra civil durante años. Se dice que el final de Rambo 3, donde el personaje vuelve a su patria, iba a ser otro; decidía quedarse a combatir con los muyahidines. Lo que no sabemos es qué hubiera sido de este fulano invencible de escasas luces, después del final del comunismo y de verse al lado de grupos islámicos, que a la postre serían los responsables del atentado contra las Torres Gemelas, de Nueva York, en 2001. La realidad, cruel y grotesta, supera a la ficción.

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Arte (sumamente) reaccionario

No debería sorprender demasiado la llamada ofensiva ultrarreaccionaria concretado en el auge de una extrema derecha en este inefable país que, en realidad, siempre estuvo ahí desde aquella estafa denominada Transición. Hablamos, claro, de una sociedad española con una memoria histórica profundamente distorsionada por la victoria del llamado bando nacional, en una cruenta guerra civil iniciada por un intento de golpe de Estado de los facciosos, y una posterior dictadura de casi cuatro décadas; hechos más que evidentes para cualquiera que tenga bien oxigenado el cerebro, que no terminan de ser condenados por nuestra indescriptible derecha patria. Así, se proyecta colocar pasado este verano de 2021, si no podemos evitarlo, una impactante estatua de varios metros que homenajea el centenario de la Legión y su ubicación no parece casualidad: la céntrica Plaza de Oriente de Madrid; ese lugar que ha dado tantas alegrias a la ultraderecha patria. La impactante imagen elegida, ni siquiera han tenido la intención de maquillarla de modernidad “democrática”, algo que al menos hubiera dado lugar a otro debate, ya que no hay quien se trague eso de observar ahora las fuerzas armadas como colectivos bientencionados esforzados en misiones «humanitarias» en lejanas tierras.

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