Bofetadas de humor

Temo que me acusen de vulgar, y poco original, por dedicar una entrada de este lúcido y riguroso blog a lo acaecido durante la reciente ceremonia de los Oscar, lo cual ha estado ya a estas alturas en boca de todos. De hecho, el que suscribe, que se la refanfinflan los mencionados galardones, jamás se hubiera enterado del hecho en cuestión si nuestros queridos medios de masas no le hubieran dedicado mayor espacio, casi, que a las películas premiadas. No obstante, he de reconocer que el asunto suscita no pocas reflexiones de interés y cabe hacerlo desde diversos puntos de vista. Como es sabido, durante el evento, un cómico hizo una broma (más mediocre que de mal gusto) sobre una mujer que sufre alopecia y el marido de la misma, un conocido actor, salió escopeteado hacía él para propinarle una sonora bofetada. Podría parecer un gag de nivel preescolar, previamente preparado o incluso improvisado, pero al parecer el enfado fue real y la hostia debió doler lo suyo. Por supuesto, se ha condenado la agresión de manera generalizada y, digo yo, no es para menos; hablamos de un fulano que, en un acto público, se levanta de entre los asistentes, recorre varios metros, sube al escenario y hace lo que hace. Un poco de miedito da alguien con estas actitudes. Incluso yo, gran detractor de la violencia como solución a los conflictos, he sentido en ocasiones la imperiosa necesidad de abofetear a alguien, pero por lo general me freno con la suficiente rapidez para no quedar en evidencia ni causar un trastorno físico irreversible.

La aclaración de lo mal que estuvo el guantazo, por supuesto, lo pernicioso de la violencia, y bla, bla, bla, ha sido previa a (casi) cualquier clase de argumentación posterior. No obstante, ojo, hay quien ha querido ver cierta justificación a la agresión en lo insultante del comentario jocoso, máxime, al referirse a una mujer con una enfermedad. La dama en cuestión, al parecer, había manifestado previamente su malestar psicológico por las consecuencias de dicha patología, que ya hemos dicho que se trata de la pérdida del cabello. Diré que yo también sufro de calvicie, pero solo con cierto sufrimiento residual no demasiado alarmante, ya que apenas me resta una pizca de magnetismo físico. Otras personas, que también comprenden la reacción violenta, han recordado que se trataba de la mujer del agresor, por lo que al parecer la defensa de la familia puede disculpar según qué cosas (eso también da miedo). Continuando en esa línea justificatoria, y por supuesto condenatoria de la ofensa hasta niveles algo inquisitoriales, los hay también que han señalado, como agravante de lo insultante del chiste, que la ofendida, además de mujer, es negra. Entramos de esta manera en un terreno racial algo difuso, ya que además de la ofendida, también el ofensor es negro (y, ya puestos a aclarar, diremos que también lo es el agresor).

Cambiemos el foco ahora y centrémonos en el artífice del bofetón, al que se ha señalado por doquier de machista, por no dejar que fuera la propia ofendida la que actuara como creyera conveniente, que creo que es esto que ahora se denomina empoderamiento femenino. No seré yo el que niegue la influencia de las estructurales patriarcales, pero creo que llevamos demasiado lejos una situación en la que un tipo pierde los estribos, eso sí, de modo algo alarmante. Tengo que reconocer que el hecho de que el muy popular agresor sea un fervoroso creyente en el sueño americano, amante de la filosofía positiva, fan declarado de los necedades de Paulo Coelho y, al menos hasta ahora, propagador del buen rollo en general, provoca que se dibuje una sonrisa socarrona en mi rostro. Particularmente, lo que más me interesa del debate es lo que atañe a los límites del humor y el hecho de ya plantearlo de esa manera siempre me ha parecido una actitud inquisitorial; es decir, rompo una lanza por todo tipo de expresiones cómicas, a las que tampoco hay que otorgar un mayor poder del que tienen y, además, desconozco si hay alguna que no puede ofender a alguien en cierta medida. Si algo es de mal gusto o una simple estupidez sin gracia, pienso que deberíamos ser un grupito humano lo suficientemente racional y reflexivo como para dirimirlo y superarlo por otros cauces; lejos de la prohibición y de la corrección política, que tantas veces sirven de pantalla para tantos problemas del fondo. En cualquier caso, todo lo que ha desencadenado la violenta anécdota debe ser eso que llaman la sociedad del postureo, llevada hoy en día a su máxima expresión, a la que afortunadamente no tardan en vérsele las costuras. Uno más de los síntomas del mundo en el que vivimos, con hechos tan drámaticos que están costando la vida a diario a infinidad de personas, es el que dediquemos tanto espacio a algo que no debería tener excesiva importancia. Claro que yo, ahora que caigo, también lo estoy haciendo.

Medios de desinformación

Antes de entrar en harina sobre el tema de la entrada de hoy, quisiera hacer una pequeña reflexión sobre el uso político tan generalizado del concepto «izquierda»; ojo, los primeros que lo hacen son líderes tan peculiares como Pablo Iglesias, antiguo vicepresidente del Gobierno, hoy estrella de un espacio radiofónico (léase, podcast, según la jerga tecnológica actual). Bien, no termino de tener claro qué diablos es hoy la izquierda, así sin matiz alguno, pero para el caso que me ocupa voy a fingir que yo mismo pertenezco a ese universo. La cuestión es que, ante la agresión militar del ejecutivo ruso al país de Ucrania, hay quien señala que parece que dicha «izquierda» emplea gran parte de su tiempo en hablar de la OTAN sin condenar enérgicamente al sátrapa ruso; creo que lo que se quiere decir, y no es una acusación nueva en absoluto, es que parece que si Estados Unidos no aparece claramente como culpable de un conflicto los progres no se movilizan lo suficiente para echar mano del maniqueísmo más atroz. Habría que aclarar, y de nuevo concreto en la guerra actual en suelo ucraniano, la feroz campaña de desinformación que están llevando a cabo los medios generalistas, censurando opiniones que contradigan una versión oficial basada en la locura genocida del déspota Putin. Se comprende entonces que tantas personas insistamos en la responsabidad de la OTAN y Occidente en las guerras al aumentar sus bases militares durante años en Europa Central y Oriental; hay que recordar la tensión producida durante años por dicho afán expansionista y, precisamente, en los límites de la Federación Rusa.

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Crisis permanentes

A las crísis económicas cíclicas del capitalismo, que es lo mismo que decir que el capitalismo es la crisis, se une hace dos años el inicio de una crisis sanitaria de envergadura, que hace que vivamos permanentemente con (aún más) miedo y, consecuentemente, agachemos la cerviz y obedezcamos a las autoridades en nombre del ‘sentido común’. Sin haber salido del todo de la pandemia del Covid, con diversos grados de intensidad y variantes durante este tiempo, todo el foco mediático y político mundial se coloca en la intolerable agresión militar del ejecutivo de Rusia a su vecina Ucrania, país rico en ciertas materias primas y, sobre todo, región geoestratégica a la que la OTAN había seducido en diversas ocasiones. Ya digo, totalmente condenable la invasión encabezada por el gobernante ruso Putin, no hace tanto aliado de Estados Unidos, como repulsivo es el militarismo en general; no obstante, deberíamos estar muy lejos de asumir el maniqueísmo y la simplificación a la que nos empujan los medios occidentales.

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Anarquistas en Ucrania

Leo que los anarquistas ucranianos se dividen, ante la agresión militar rusa, entre el antibelicismo o forzarse a intervenir con las armas. Una vez más, la elección entre dos males, pero no se trata en ningún caso de defender el Estado ucraniano o de mantenerse firmes en sus principios contrarios a todo militarismo, sino de tener que luchar finalmente por sus vidas. Que no nos veamos en un escenario así. Hay quien ha querido hacer ciertas comparaciones entre la guerra en Ucrania, sobre todo a la hora de armar a la población civil, y el conflicto militar en España iniciado en 1936 tras el golpe militar de Franco y sus secuaces. No entraré en semejante despropósito, pero es hora de recordar otros hechos en territorio ucraniano, hace más de un siglo, que sí es posible que pudieran compararse con la guerra civil (y social) en escenario hispano. Los anarquistas ucranianos, hoy, son una fuerza testimonial, pero hubo un tiempo en que tenían una influencia considerable, no solo en aquel país, también en el conjunto de Rusia. No es demasiado conocida la historia del Néstor Majnó, junto a la revolución que se llevó a cabo en Ucrania enfrentada al zarismo, a los llamados ejércitos blancos y a un poder emergente bolchevique, que acabó reprimiéndola severamente.

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Antimilitarismo

«Sin ejércitos, no habría guerras», aseveración que puede parecer pueril en principio, pero que en realidad se trata de una perogrullada como un castillo. Es decir, hablamos de una organización armada, ferozmente jerarquizada, que sirve a los intereses de un nación, que es lo mismo que decir de un Estado, que viene a ser el poder político, que a su vez lo forma principalmente una oligarquía sujeta a determinados intereses, que no suelen coincidir en lo más mínimo con la sociedad de la que forman parte. Es decir, incluso a estas alturas, puede haber tarambanas que se crean esa mistificación inicua llamada «patriotismo», pero la realidad que no quieren ver ante sus ojos es que, si los conducen a la guerra, obedecen a los intereses de una clase dirigente. Así de sencillo. Alguien puede identificar un ejército, meramente, con la defensa armada de un pueblo o de una comunidad, pero seamos serios y usemos la semántica de forma mínimamente decente.

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