El anarquismo y la maledicencia «liberal» de Vargas Llosa

Uno posee la insana costumbre, extrañamente irrefrenable, de echar un vistazo cada vez que un infame diario generalista cae en sus manos. Normalmente, mi reacción emocional oscila entre el hastío y la repulsa, pero recientemente el cabreo ha adquirido proporciones gigantescas. Es sabido que el inefable Marío Vargas Llosa posee una tribuna privilegiada en el increíblemente progre periódico El País y ayer domingo este fulano, adalid de la peor cara del liberalismo, se explayó a gusto sobre el anarquismo. Así, Vargas empieza su artículo sorprendiéndose, apenas escondiendo un sarcasmo de baja intensidad, de la buena salud de los ácratas y aseguró, incluso, haber leído un libro llamado La rebeldía más allá de la izquierda, sobre el que se muestra condescendiente; a su autor, el venezolano Rafael Uzcátegui, parece alabar engañosamente. No tarda demasiado el escritor de La ciudad y los perros en, cayendo en un territorio vulgarmente trillado, en vincular el anarquismo con la más pura violencia y asegurar, por ello, que fue «una ideología equivocada». Es todavía más indignante que afirme que, como anarquistas, «Uzcátegui y sus amigos son menos violentos que sus mayores de la generación anterior». Sabrá este cretino cómo es este sociólogo y escritor anarquista, al que conozco desde hace años, gran defensor de los derechos humanos en su país; por ello, ha recibido las críticas de infinidad de inicuos botarates defensores de ese fraude llamado revolución bolivariana.

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¿Rojipardismo?

En los últimos tiempos, vuelvo a escuchar con relativa frecuencia el término «rojipardismo», que viene a significar, lo habéis adivinado, la convergencia de discursos de extrema izquierda con los de la extrema derecha. Habría que dilucidar, lo primero, a qué diablos nos referimos en concreto con esas reiteradas etiquetas extremistas; me temo que la confusión semántica imperante en la llamada posmodernidad no ayuda demasiado. En primer lugar, parece un debate muy del gusto de cierta derecha, esos inefables «liberales» patrios, que relacionan toda forma de socialismo con la amenaza totalitaria. Por otro lado, nada nuevo. He de confesar que, por circunstancias que no vienen a cuento, tuve que leerme la obrita del inefable Friedrich Hayek, Camino de servidumbre, citada hasta la saciedad por los defensores de un capitalismo sin (apenas) barrerras. En dicho libro, sin subterfugio alguno, se vincula como parte de la misma familia socialista a fascismo y comunismo; esa vía, como reza el título, conduce a otorgarle el poder absoluto a una minoría y al desastre de la gestión totalitaria. Hayek, como no puede ser de otro modo, aboga por la propiedad privada y el libre mercado; cualquier tipo de planificación económica, nos conduce al horror, tal y como podía comprobarse en el momento de la gestación del libro, años 40, con el nazismo y el estalinismo, que vendrían a ser cosas muy parecidas. Camino de servidumbre, curiosamente, se publica casi al mismo tiempo que otro clásico de tesis opuestas, aunque considerablemente más voluminoso (y, creo, riguroso), La gran transformación; en esta obra, Karl Polanyi, critica precisamente el liberalismo económico, que supuso la ruptura de todo vínculo comunitario debido a la conversión en el siglo XIX de la sociedad en un gran mercado donde la mayoría de las personas se convierten, también, en mercancia.

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¿Libertarios? Pues no.

Como creo que ya he comentado en más de una ocasión, uno tiene la muy oxigenante costumbre de indagar de manera reiterada en un horizonte libertario de aspiraciones innovadoras y lo más amplio posible. Me ha quedado algo retórico, pero así es. Esto me recuerda lo que dijo cierto ácrata en el pasado, y una vez más tengo que pedir disculpas por mi escasa memoria para los nombres de las citas, algo así como que sobre las espaldas del anarquismo se han cargado excesivas cosas. Esto es así y no temo pecar de insistente si recuerdo que sobre las ideas anarquistas, o si se quiere libertarias, se ha vertido el mayor número de ignominias. Hay que fastidiarse lo lírica que me está quedando hoy la columna. Sin embargo, la capacidad de falsear al anarquismo tiene todavía la capacidad de sorprenderme. Escuchando a los liberales más puros, y al menos a nivel teórico en España hay unos cuantos, bien es verdad que sin mucho recorrido y con cierta tendencia endogámica, uno llega a una confusión terminológica que produce escalofríos.

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Escohotado y los adversarios del comercio

Hace escasos días, falleció el filósofo Antonio Escohotado, un autor que me causa sentimientos (muy) enfrentados. Antes de nada, aclarar que a nivel vital pienso que no podía estar más distante de lo que este hombre le gustaba proclamar sobre él mismo; dicho esto, estaba muy de acuerdo con él en según qué cosas, como su visión sobre lo necesario de la despenalización de las drogas y la necesidad de la máxima información sobre sus efectos para, precisamente, combatir su adicción aceptando que su uso está muy extendido. Y es que una de las obras más reconocidas de Escohotado es, precisamente, Historia general de las drogas; él mismo, presumía de haberlas probado todas y haber anotado todos y cada uno de sus efectos sin ayuda alguna de la comunidad médica, algo que a priori tampoco es que me resulte digno de alabanza. Como dije, por cosas como esta y por muchas otras, un enorme trecho vital me separa de según que actitudes de Escohotado, a pesar de la fascinación que ejercía sobre algunas personas; y, por supuesto, no poseo moralismo alguno sobre la alteración de la conciencia con el uso de ciertas sustancias y, por otra parte, dadas las conciencias que a veces se observan, no diría yo que no será mejor alterarlas por el medio que fuere. Bromas aparte, apuntemos sobre la que consideraba Escohotado, finalmente, la obra de su vida, que no es otra que la voluminosa trilogía de Los enemigos del comercio. De momento, no pondremos la sospecha al comprobar que las alabanzas, algo papanatas, al genio de Escohotado se producen principalmente por personajes «liberales» recalcitrantes y, tal vez, poco críticos y demasiado propensos a barrer para casa.

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El inverecundo Felipe González y el neoliberalismo

Recientemente, el inicuo expresidente de este bendito país, Felipe González, hizo las siguientes declaraciones: «El neoliberalismo ha sido una deformación que ha generado mucha desigualdad en la redistribución del ingreso». ¿Se puede ser más caradura? A propósito de esto, conviene recordar lo que es la historia reciente de este indescriptible país, por un lado, así como por otro la del propio liberalismo (no especialmente fácil de trazar). Sobre esta última, resulta especialmente irritante que los «liberales» patrios rechacen el uso del prefijo ‘neo’ ya que, claro, pretenden trazar una historia del liberalismo desde los clásicos, como Locke y Adam Smith, pasando por Hayek y llegando hasta lo que ellos digan. Como se supone que los que sostienen este discurso no son abiertamente idiotas, hay que deducir que hablamos de simples canallas, con poca o ninguna vergüenza, que sencillamente quieren justificar un capitalismo sin barreras, que sume a gran parte de la población en la indigencia. No daremos nombres, de momento, aunque uno de ellos es un prestigioso literato de dudosa ética personal. Sobre la historia del liberalismo, en el polo opuesto, hay quien se ha esforzado en señalar que el origen de esta filosofía se encuentra principalmente, no en el individualismo y en el lucro personal, sino en la búsqueda de la tolerancia, la pluralidad e, incluso, lo que haría torcer el gesto a ciertos liberales, en la virtud y el sentido comunitario.

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¿Feminismo liberal?

Uno se pregunta qué diablos quiere decir el líder de la inefable derecha, de este indescriptible país, cuando asegura que su popular partido defiende el «feminismo liberal». No me pregunto sobre el contenido ideológico y político de dicho concepto, me dedico a evidenciar el problema que tiene la derecha hispana con el liberalismo y, claro, con el feminismo. Sí, sé que el ideario liberal recoge sobre sus espalda demasiada corrientes, incluso algunas contradictorias entre sí. No obstante, aunque parezca mentira, es posible reivindicar un liberalismo alejado de ese capitalismo salvaje e individualismo ególatra que tanto gusta a muchos que aseguran ser liberales; un liberalismo progresista, cosmopolita, tolerante y antidogmático, tan preocupado de los derechos de la persona, como de lo comunitario, de la moral y de la justicia. Esto último, habrá provocado espasmos en algún que otro botarate, pero en este bendito país llamado España hubo un tiempo en que ser liberal podía significar algo parecido. En ese mismo momento histórico, los ácratas recogieron esa condición liberal para radicalizarla y convertir en hechos los meros derechos sin dejar de lado la solidariad y la cuestión social.

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Yo tuve

Que nadie me pregunte por qué, pero de un tiempo a esta parte me veo empujado a ver no pocos vídeos de Youtube en forma, fundamentalmente, de debates y conferencias. De forma más concreta, algún día se descubrirá la razón, me interesa todo lo que tenga que ver con las distintas formas de liberalismo, que ya sabemos que en este indescriptible país adopta su forma más repulsiva e insolidaria. Como, por mi naturaleza inquieta y poco acomodaticia (para bien y para mal, ojo), tiendo a escuchar a todo aquel que poco o nada tiene que ver con mi propio imaginario, por lo que acabo dando con toda una pléyade de individuos que me llenan de estupor. Por su interés, y tratando de eludir la mera crítica personal (sé que caeré en ello), me gustaría mencionar a algunos de ellos. Es posible que la cosa empiece por un tal Fernando Díaz Villanueva, periodista o que hace las veces de tal, cuyo trabajo a modo de podcasts parece a veces, aunque poco o nada se comparta con él, interesante. Este tipo, que asegure ser ‘liberal’, puede ser el ejemplo del tremendo reduccionismo al que se ve sometido ese polisémico concepto político; dice serlo porque todo lo que le huela a a socialismo (que él identifica con estatismo) le produce aversión. Ah, además, afirma en ocasiones ser algo «ácrata», lo cual me produce ya bastantes ardores de estomago. El asunto empieza a ser sospechoso cuando al ver que este individuo realiza numerosas charlas identificando el comunismo, y líderes del mismo como el Che Guevara, con una praxis criminal; uno está de acuerdo en lo terrorífico que han sido los regímenes edificados en nombre de Marx, Engels y, especialmente, Lenin, pero la cuestión adopta formas grotescas cuando los muertos en nombre de esta ideología cada vez son más numerosos. La cifra anda, ahora mismo, por los 100 millones, algo a todas luces descabellado, pero repetido hasta la saciedad por los más deshonestos y/o intelectualmente perezosos. Para señalar los desmanes que han hecho los gobernantes, en el régimen que sea, no hace falta inventarse nada de forma claramente interesada y resulta primordial el rigor histórico. En ese aspecto, y cuidando algo más las formas, el tal Díaz Villanueva me parece que está a la altura moral, poco elevada, de un Jiménez Losantos.

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Sobre liberalismo, neoliberalismo e, incluso, socialdemocracia

Lo del liberalismo, lo siento, pero me sigue provocando ardores de estómago. Hay quien opina, y puede que tenga razón, que lo extraño a la hora de darle un contenido político coherente a la filosofía liberal, es lo que se produce en este indescriptible país denominado España. Es decir, si el término liberal se asocia en ciertos países inequívocamente al «progresismo», en otros va vinculado a posiciones abiertamente derechistas. Y eso, en este bendito país, que sufrimos de una diestra de lo más repulsiva y casposa, supone que hasta la carcunda que forma Vox abraze el liberalismo sin pudor alguno (claro en cuestiones supuestamente económicas). Y a eso voy, que en este inefable país parece que uno no puede hablar bien de gran parte de la filosofía liberal, y yo lo hago entendiendo, claro, que todo ello conduce hacia la visión libertaria, sin que le vinculen con fuerzas políticas que poco o nada tienen que ver con el liberalismo; con su parte buena al menos, que yo entiendo como progreso y libertad, soy así de ingenuo. Y, libertad, amigos míos, poco o nada significa sin otros conceptos reinvidicados por el anarquismo como solidaridad y apoyo mutuo. Estas propuestas morales, imagino que causan risa a los que se dicen «liberales» en este santo país, ya que ellos solo insisten de forma pertinaz en un sistema económico que conduce a la indigencia a gran parte de la población mundial. Precisamente, para estos «liberales puros», que tanto reivindican la visión clásica, lo cual puede dar una idea de lo reaccionario de sus postulados, resulta anatema el llamado «neoliberalismo». Y, supongo que con más deshonestidad que ignorancia, rechazan el término porque consideran precisamente que solo hay un hilo conductor en el liberalismo que conduce desde el siglo XVII hasta nuestros días; lo cual, insisto, da una idea de la extrema simpleza reaccionaria de la filosofía de unos fulanos, que aseguran hablar en nombre de la libertad.

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Democracia

No, no voy a insistir, ya que los ácratas nos ponemos en ocasiones muy pesados, sobre lo inútil y ridículo que es ir una y otra vez a votar para que las cosas sigan, más o menos, de la misma manera. Ahora que por el capricho y la conveniencia de la clase política, se pretende movilizar al personal una vez más para elegir a los que mandan, esta vez en la capital del reino; y ahora que, más que nunca, se hace una lectura de la filosofía política con nivel preescolar, merece la pena hacer unas reflexiones sobre la noción de democracia y su perversión a lo largo de la historia. Desgraciadamente, hace pocos meses desapareció, de forma temprana, el gran David Graeber; afortunadamente, nos ha dejado un puñado de libros, que ensanchan nuestra mente y oxigenan nuestra conciencia, de una serie de campos todos entrelazados en el quehacer humano: antropología, economía, política, moral, activismo… El bueno de Graeber nos insistía, por un lado, refiriéndose a lugar en que había nacido y que se suele tomar como ejemplo en la época moderna, que en ningún punto sobre la Declaración de Independencia ni en la Constitución se dice nada sobre que Estados Unidos sea una democracia.

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Capitalismo, progreso y hambre

Los liberales, los más «puros» al menos, esos que aseguran que poco tienen que ver sus propuestas con el sistema globalizado que sufrimos, aseguran que la solución para la pobreza es que haya más y más riqueza (y, claro, ricos para que las migajas lleguen a otros). Hasta asegura tal cosa un (ex)ácrata como el inefable Antonio Escohotado, que dedica tres volúmenes, creo que más a meterse con el comunismo (estatalista; terrible, claro), que a defender el comercio y el liberalismo. El caso es que esta gente, que en última o primera instancia defiende y apuntala el estado de las cosas, y asegura que la humanidad avanza en línea recta hacia el progreso, son incapaces de explicar cómo es posible que ya avanzado el siglo XXI siga habiendo, según los datos más optimistas, cerca de 1.000 millones de personas que padecen hambre en el mundo. No estoy hablando de necesidad de algún tipo, que también se da en todos los grados posibles, me refiero a Hambre con mayúsculas. No, no hay progreso líneal, los datos oscilan de un año a otro, hacia arriba o, lamentablemente, hacia abajo. Y no tenemos en cuenta la terrible pandemia que afrontamos en la actualidad, y que como toda crisis afecta fundamentalmente a los más humildes dentre de sociedades dividades dramáticamente en clases (que es lo mismo que decir, señores «liberales», adalides de la sacra «propiedad privada», gente que tiene y gente que no tiene).

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