Glovo y el mercado laboral

Recientemente, una sentencia del Tribunal Supremo ha sostenido lo evidente, que los trabajadores que vemos repartiendo, con una enorme mochila cuadradado con un logotipo con la palabra Glovo, efectivamente, curran para una empresa llamada Glovo. Al parecer, los trabajadores de dicha empresa, que ya no se llaman repartidores, sino que en neolengua se denominan riders, figuraban como autónomos, con el único fin de mermar derechos a un trabajador por cuenta ajena. Los sospechábamos, el currante cuenta con una autonomía irrisoria y, lo han adivinado, tiene una patrón, que es Glovo. Tiene bemoles la cosa que a alguien explotado, en condiciones muchas veces infrahumanas, le quieran hacer pasar por una especie de emprendedor, palabra que se usa hasta el hastío en esta fábula ecónomica en que vivimos. Los activos del negocio, los medios de producción si queremos usar el lenguaje clásico de la lucha obrero, no los tiene el trabajador, que cuenta apenas con un vehículo de dos ruedas y un teléfono móvil para hacer su trabajo. Para todo lo demás, para lo esencial, está sujeto a la dirección de una empresa que se llama Glovo. Gracias, Tribunal Supremo, por confirmar lo obvio.

Lo de los falsos autónomos no es algo nuevo, son cosas de la flexibilidad laboral de las sociedades post-industriales o como coño queramos llamar a esto. Hace ya bastantes años, remontándonos a la década de los años 80 del siglo XX, cuando la grandiosa reconversión industrial en España promovida por gobiernos que se denominaban socialistas, que se han dado en España y en Europa sentencias, que no sé muy bien si sirven para cambiar las cosas de verdad, que avisan de esta prácticas de las empresas, fraudulentas, al menos sobre el papel. Es más, una de esas sentencias en 2017 señaló que la multinacional Uber, que los liberales ponen como ejemplo de su sociedad distópica, no era una mera intermediaria con supuestos trabajadores autónomos, mero subterfugio para no contratar a la gente en condiciones dignas. Uno de los trabajadores que ha conseguido el reciente fallo del Supremo se llama Isaac Cuende, actor de profesión, pero que se vio obligado a trabajar con Glovo en sus inicios en Madrid. Según ha contado, las mentiras por parte de la empresa se sucedieron desde el principio asegurando que el trabajador, aunque tenía que aportar móvil y bicicleta, podría hacer los repartos y trabajar cuando quisiera.

Por supuesto, el patrón Glovo no tardó en asignar turnos, por lo que lo de trabajar cuando uno quisiera era una simple quimera. Muy pronto, signo del mercado laboral que sufrimos, infinidad de personas quisieron trabajar en la compañía, muchos de ellos con necesidades perentorias, que les empujaban a aceptar cualquier condición. La famosa app para que los «riders» gestionen sus pedidos, como la propia compañía Glovo, no es una simple herramienta neutra, está diseñada a conveniencia de una empresa que quiere buscar el máximo beneficio, como tantas otras, a costa de los trabajadores. Cuando un empleado sufre un accidente, o se pone enfermo, sus derechos se ven mermados, y eso fue lo que empujó a Cuende a su periplo por los juzgados. Fueron varias derrotas, en un sistema judicial al que muchos califican de simplemente corrupto, con escasos jueces honestos, hasta ir logrando alguna victoria en un conflicto ético que reconocería hasta un niño. Como dije, estos casos no son excepciones en un mercado laboral sujeto a la simple y llana explotación, algo de lo que poco se habla cuando se menciona si la economía va bien, regular o mal. El extrabajador de Glovo Isaac Cuende, hijo del dramaturgo anarquista del mismo nombre, tal y como él mismo cuenta, trató de ser sobornado por la empresa antes de ir al juzgado. Su padre estaría orgulloso.

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