Vetos y autoritarismo

Procuro no tener por costumbre entrar al trapo en cuestiones que inundan los medios en este país y que, además de servir para mantener entretenido al personal en discusiones estériles, encubren problemas más acuciantes. No obstante, como a veces subyacen temas auténticamente importantes, merece la pena lanzar unas cuantas reflexiones o exabruptos sobre el veto que los partidos de derecha, conservadores o abiertamente reaccionarios, quieren implementar frente a la educación del Estado. El tema de la educación de los chavales resulta primordial y, en una visión simplista e interesada, el primer punto del debate es dilucidar si la responsabilidad corresponde a los servicios públicos (léase Estado) o a los propios padres. Sin embargo, de entrada hay que aclarar que, con escasas excepciones, los dos polos ideológicos enfrentados resultan cuestionables, ya que ambos realizan sus argumentaciones desde aspiraciones de poder. Es decir, la conquista del Estado y, consecuentemente, el control de la educación, la cultura, etc. Esto, aunque puede parecer exagerado a algunos, y a pesar de que la clase política se llene la boca de democracia o constitucionalidad, hay que verlo así. Todos los partidos, con sus estructuras jerarquizadas, que reproducen la propia constitución del Estado, tienen cierto prurito totalitario.

Es cierto que, a pesar de ello, hay demasiados matices en el asunto, pero lo que está en juego es la libertad del individuo. Hoy, con la llamada izquierda institucional en el Gobierno se critica el veto que ciertos padres puedan hacer a algunos aspectos de la educación pública y se argumenta que la propiedad de los hijos no es de los padres. Algo con lo que, por supuesto, no puedo estar más de acuerdo, pero no hace falta aclarar que dicha propiedad, o incluso tutela en su sentido más autoritario, tampoco es del Estado ni de la colectividad. Si no gusta esta última palabra, por sus resabios totalitarios, podemos hablar incluso de la sociedad, cuyo afán podría ser proteger, pero no controlar. Dicho esto, el tema más importante de fondo es la propia libertad del individuo frente al poder político, la de los chavales por supuesto, pero también la de los padres. Si no nos gusta como se ejerce esa libertad, es algo que tenemos que asumir desde un punto de vista libertario, y recuerdo aquí que deberíamos oponernos a toda tentación autoritaria y, valga la redundancia, también totalitaria. Volviendo a la lógica del poder, que nos es tan ajena, pero que hay que tener en cuenta en la sociedad que hoy vivimos, hoy gobiernan unos, pero mañana lo harán otros. Cuando las derechas impongan ciertos postulados ideológicos en la educación, es de recibo que se defienda que progenitores razonablemente progresistas puedan oponerse de alguna manera a ello.

No obstante, la cuestión es espinosa y, aunque resulte insatisfactoria toda visión abstracta, yo al menos tengo que defender una vez más la libertad de cada cual frente al poder. Libertad de los padres, aunque incluso nos repugnen algunas opiniones, pero más importante, libertad de los educandos en sus progresivo acceso a la madurez. Esto, de lo que apenas se habla, que los chavales también decidan, es otro tema delicado, pero hay que enfrentarlo al afán totalitario de unos y otros. Recordemos que, en nombre del Estado, se ha tratado siempre de adoctrinar y hacerlo además, tiene bemoles, en nombre de lo mejor para el ciudadano y la sociedad. Hay que criticar el papelón que está haciendo la izquierda parlamentaria, con sus recursos estatales y jurídicos contra lo que no consideran el bien común, en nombre además del progreso y de una visión de lo correcto poco menos que trascendental. Si se ahorraran esto, si de verdad quisieran educar e influir en una cultura amplia que respete la diversidad sin herramienta autoritaria alguna, tal vez podrían desarmarse esa acusaciones de sectarismo ideológico y de totalitarismo político por parte de unas derechas que, por supuesto, poco tienen que enseñar al respecto. Como siempre sostuvieron los anarquistas, tan preocupados por una educación amplia como garante para una sociedad justa y libre, los medios deben adecuarse a los fines, por lo que la libertad es el único cámino.

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