Indigencia moral

Paseando por un barrio céntrico, de una gran ciudad, uno puede contemplar como una muestra más del paisaje urbano toda una auténtica comunidad de indigentes. Estas personas que viven en la calle, son ya tan habituales, que la actitud recurrente de las personas de una condición social más acomodada es, simplemente, de indiferencia. A lo largo de mi vida, he sentido siempre un profundo rechazo a la pobreza y, quiere creer está claro lo que quiere decir. Alguien me dijo una vez que las clases más conservadoras sienten verdadera repulsión a la pobreza, pero también miedo, de ahí que se esforzaran en mantenerla lejos. Por supuesto, a pesar de que su propia acitud y condición es la que genera y sustenta esa misma pobreza, siempre ajena, claro está. En mi caso, huelga decirlo, rechazo a la pobreza no es aversión al pobre, fobia o actitud que ahora tiene una llamativa denominación en forma de neologismo. Desgraciadamente, ese repudio, desprecio o mera indiferencia a la persona pobre, y más en concreto al abiertamente indigente, es algo profundamente interiorizado en las sociedades mal llamadas desarrolladas. Es así hasta el punto que las superfluas y justificativas opiniones sobre la situación de esas personas pasan por considerarlos vagos e irresponsables, algo que siempre me sorprende, ese aventurarse en el juicio sobre las circunstancias vitales de los demás y, con más saña, en el caso de los más desafortunados. También, se alude en ocasiones a un posible desequilibrio mental o a adicciones habituales al alcohol u otras sustancias, algo que descargaría aún más de responsabilidad al pobre desgraciado. Sigue leyendo «Indigencia moral»

Caridad

Viene al caso recordar la icónica secuencia, más producto de la película de Mario Camus que de la novela de Miguel Delibes, en la que aquella marquesa de la sociedad franquista repartía limosna entre los humildes, que a la fuerza debían mostrarse serviles y sumisos. Creo que es una imagen que espeluzna o debería hacerlo al más pintado y que forma parte, o debería hacerlo, ya del imaginario popular. Desgraciadamente, hoy más que nunca, nuestra memora es frágil y nuestra conciencia social, aún más estremecedor, casi inexistente. No puedo evitar acordarme igualmente de otra película, dirigida y escrita, respectivamente, por dos de los grandes cineastas de este inefable país: Luis García Berlanga y Rafael Azcona. Hablo de Plácido, impagable historia en la que una firma comercial patrocina en plena Nochebuena la posibilidad de que una familia adinerada «siente un pobre en su mesa». El film, rodado en pleno desarrollismo franquista, se inspira en una campaña real en la que el régimen pretendía difundir la caridad cristiana entre los más acomodados. Como demuestran Berlanga y Azcona, de forma absolutamente magistral y terriblemente sarcástica, aquello no era más que una manera más de lavar las conciencias burguesas dentro de una sociedad franquista, que tal vez no es muy diferente a lo que hoy vivimos. Sigue leyendo «Caridad»