Una vez más, las creencias

Hay quien me acusa, no sin cierta razón, de utilizar un tono visceral en los escritos plasmados en este blog. Qué le vamos a hacer, coherentemente, la actualidad política le revuelve a uno las tripas, se produce cierta actividad de regurgitación y las consecuencias son obvias. También se me espeta, con cierto tono admonitorio, que soy excesivamente destructivo, que yo creo que viene a significar que me excedo con la crítica (lo cual, dicho sea de paso, para mí es todo un elogio). Cierto es que el que suscribe se pasa en su enjuiciamento de la realidad y, muy probablemente, uno quiera compensar, reconozco que con una dosis de soberbia y ambición nada desdeñables, la más que lamentable ausencia de pensamiento crítico de gran parte del personal. Y es que la especie humana, junto a la consecución de algunas cosas memorables, todo hay que decirlo, tiene una irritante tendencia hacia el borreguismo y, consecuentemente, a la creencia en cualquier majadería. Sobre la actitud borreguil, poco hay que opinar, desgraciadamente está demostrado que si la mayoría del rebaño realiza cierta actividad, por poco sentido que tenga, un gran porcentaje va a realizar lo mismo (por no sé qué narices de miedo al rechazo social, creo que dice la disciplina esa de la psicología social). No desesperemos, tal vez a los miembros de algún grupo les dé por respetar su propia individualidad, pensar por sí mismos, y el resto del rebaño, aunque sea por mímesis, lo acabe haciendo también.

Hay que aclarar que, aunque uno vaya de nihilista de salón, uno profesa también alguna que otra creencia (valores, ideas, aspiraciones… ¡me estoy poniendo demasiado ñoñol!). Es muy posible, y en su derecho están, que algunos consideren que mis propias creencias, aunque revestidas de un pertinaz afán crítico, son igualmente descabelladas, absurdas e ilógicas. No niego que pensar, por ejemplo, que podríamos vivir en una sociedad aceptablemente inteligente, donde a uno le dé por reflexionar y profundizar en las cosas, no deja de ser hoy por hoy una creencia, efectivamente, digna de ser calificada de disparate para los paradigmas establecidos. Tengo que aclarar, una vez más, que la creencia tiene mucho de tranquilidad existencial; cuanto más absurda, más tranquilidad. Si uno cree en Dios, o en la Energía Universal, o en el Sursum Corda, podemos usar todos los subterfugios que nos ocurran, pero estaremos de acuerdo en que pensar, al menos para mucha gente, que hay algún ente que rige el universo y otorga algún sentido a la vida (por muy enajenado que sea) tranquiliza bastante. Como ya habré dicho demasiado a menudo, si hay quien cree en una especie de autoridad mística ultraterrena, que no nos extrañe que esa persona acepte con facilidad un poder muy terrenal que rija nuestras vidas. Como ya habréis adivinado, vayámonos al terreno político, que por cierto, por si no ha quedado claro, uno relaciona con cualquier actividad humana.

El que suscrible, a pesar de ser un anarquista irreductible con no pocas dosis de nihilismo de andar por casa, piensa que la máxima del viejo filósofo es totalmente veraz: el ser humano es un animal político, que viene a ser lo mismo que sociable, para bien y para mal. Pongamos el ejemplo más usual para el mundo ácrata, ¿por qué el personal, a pesar de las evidencias, piensa que unas elecciones políticas pueden cambiar las cosas? Cuando hablo de elecciones, lo hago utilizando involutariamente la figura retórica esa de la parte por el todo; es decir, elegir sí, pero solo a los que luego son los que eligen por nosotros en las cosas importantes. Diréis vosotros, por supuesto con toda la razón, que ya está el pesado este llevando las cosas a su terreno. Así es, que para eso escribo yo. Voy a tratar de utilizar otra figura retórica, no estoy seguro de si metáfora o símil, pero da igual. Uno sabe que un determinado tren, transitando siempre por la misma vía, no nos lleva al destino esperado. A pesar de ello, continúa la creencia de que, cambiando al conductor y a la tripulación, puede llevarnos a algún otro sitio mejor. Ah, es posible que muchos sepan que cambiando a los que gobiernan el ferrocarril no se llega a otro destino, pero al menos las vías mejoran algo y los vagones son más aparentes. Tal vez, no hablamos entonces de creencias, pero sí de conformismo y, perdonad el exceso de carga retórica, de cierta indolencia. Ya adelanto, de nuevo, las acusaciones de ser excesivamente negativo, debe ser más fuerte que yo y encima estoy la mar de orgulloso. Sin que sirva de precedente, voy a tratar de ser enormemente constructivo. Y, para serlo, tal vez haya que proponer dinamitar el ferrocarril, buscar nuevas vías que lleven a alguna parte y, seguramente, construir un nuevo vehículo que manejemos entre todos. Es, seguramente, otra creencia más, pero al menos su absurdidad no se ha demostrado de manera reiterada en la práctica.

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