¿Salvar al rey?

Me mandan un pequeño extracto de uno de los documentales de moda, «Salvar al rey», en el que se confirma lo que era un secreto a voces: la implicación del emérito Juan Carlos en el intento de golpe de Estado del 23-F en 1981. Se contempla a unos exagentes del CSID afirmando que el antiguo monarca era nada menos que el motor del golpe y, una vez visto el fracaso de la intentona golpista, los servicios de Inteligencia en un ejercicio magistral acreditan como el gran salvador de la democracia al rey puesto por el dictador, ese mismo que juró los principios del movimiento fascista. Al parecer, HBO ha decidio estrenar este trabajo audiovisual en un momento donde, de manera vergonzante, España está todavía rindiendo tributo a la recién fenecida Isabel II de Inglaterra. No he visto el documental, de dos horas y media de duración, pero los que sí lo han hecho aseguran que no aporta mucho a lo ya sabido, mientras que cierto tono sensacionalista no ayuda demasiado al rigor informativo. A estas alturas de la película, a poco que uno no sea un papanatas lamentable (y en este inefable país hay unos cuantos), resulta más que conocido que el fulano llamado Juan Carlos I de España es un individuo rastrero de la peor especie, a pesar de ser presentado como el gran héroe de esa farsa llamada «transacción democrática» y haber caído de pie una y otra vez, al menos, hasta hace bien poco.

Pero, lo que más sospechoso resulta de «Salvar al rey» es que en él departen conocidos mamporreros de la monarquía, que se llaman a sí mismo periodistas, gente que hasta hace bien poco era incapaz de la más leve crítica del campechano, y uno se pregunta si tanto énfasis ahora en escándalos ya sabidos del emérito no es un nuevo intento desesperado de salvar una institución anacrónica. Y, no se trata solo de acabar con la monarquía, ya que es muy posible que el sistema no difiera en demasía una vez desterrados los reyes. Se trata, principalmente, de señalar el fraude que supuso la vía «democrática», mero maquillaje político, mientras las grandes familias del franquismo seguían manteniendo el control económico y las instituciones coercitivas permanecían intactas, para anular cualquier asomo de verdadera transformación social. Una vez más, una «ficción» basada en hechos reales resulta infinitamente más apreciable a nivel crítico, que todo trabajo documental que se presente como paradigma del rigor informativo. Así, toda la basura en torno a la figura de Juan Carlos I ya nos la contaron, de manera mucho más incisiva, hace años en forma de obra de teatro y posterior película dirigida por Alberto San Juan y Valentín Álvarez.

En aquella historia, un monarca ya anciano era asolado por fantamas del pasado empezando por su padre, que nunca llegó reinar, pero que decidió salvar la monarquía al entregar a su hijo al dictador Franco para adiestrarlo de cara al futuro. Juan Carlos, ya en pleno régimen «democrático», convertido en una figura pública encomiable para los exentos de la mínima capacidad crítica, recibirá cuantiosas comisiones por parte de unas empresas españolas, que habían medrado en el franquismo y que, por supuesto, no tendrán reparo alguno en hacer negocios con dictaduras de toda índole. Por supuesto, por la obra desfilan figuras «ejemplares» de la Transición, como un Martín Villa, detallándose los inmorales puestos políticos y empresariales de los que ha disfrutado, o ese adalid de la «izquierda» llamado Felipe González, que surgió de la nada para ser presidente del Gobierno. Por supuesto, el inefable reino de España necesitaba profundas reformas para mantener el chiringuito y adaptar el capitalismo a los nuevos tiempos: entrada en la OTAN, reconversión industrial, privatizaciones, reformas laborales… Si todo ello lo llevaba a cabo un ejecutivo supuestamente progresista, el apaciguamiento social estaba más que asegurado y el papanatismo patrio haría el resto. De aquellos polvos, estos lodos. Haríamos bien en tener un poquito más de memoria histórica, tratar de pulir la conciencia política y echar una mirada incisiva, que vaya más allá de unas supuestas críticas más que asumidas por el sistema.

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