Drogas

Leo un pequeño artículo de Errico Malatesta, de 1922, sobre la cocaína y de cómo, a pesar de las leyes severas o quizá a causa de ellas, su consumo se extendía cada vez más por Europa y América. Como buen ácrata, el bueno de Errico señalaba que jamás la ley, por bárbara que sea, ha servido para suprimir el vicio o el delito. Por el lado consumidor, cuanto más severa sea la restricción más se incrementará la atracción por el fruto prohibido, así como se producirá cierta fascinación por el riesgo subyacente. Por otro, como factor añadido que hace inútil esperar solución alguna de la prohibición, los negociantes y especuladores de la droga verán su avidez de ganancia incrementarse a medida que crezca la ley. Hace ya un siglo que un anarquista pedía no ilegalizar el uso y comercio de la cocaína y, además, dejar libres la expendedurías en las que dicha droga sea vendida a precio de costo o incluso por debajo de él; paralelamente, se daría toda la información sobre las consecuencias del consumo de la cocaína y no podría haber propaganda en contra al no haber nadie que encuentre ganancia en ello.

Por supuesto, bendito y lúcido Malatesta, consideraba que no desaparecería con ello el uso dañino de la droga si es que permanecían las causas sociales que dan lugar a tanto desgraciado y le empujan al consumo. Ya digo, esto lo decía un libertario hace décadas al proclamar, al menos, que el mal disminuiría al no poder nadie lucrarse con la venta de la droga; cien años después, continúan las leyes prohibitivas que no hacen más que incrementar el problema. Aclararé que mi relación personal con las drogas siempre ha sido, prácticamente, inexistente; nunca he pretendido ser un moralista a respecto, pero no dejaba de exponer de mdo altivo que todo aquello que altere la conciencia o la consciencia me produce cierto repelús. Claro que, hay quien me asegura que a ver de qué manera definimos esa percepción de la realidad que denominamos consciencia y en ese punto, exento ya de ningún ánimo polemista, me muestro algo cauto. Sea como fuere, la hipocresía social sobre las drogas es indudable y no hace falta entrar en detalles sobre el consumo aceptable, publicitado y reiterado de ciertas sustancias, seguramente tan dañinas como esas otras prohibidas.

Por otra parte, los sesudos expertos aseguran que todas la drogas han estado presentes en todas las culturas y que cada una de ellas, hasta hace no tanto, resolvía su relación con los estupefacientes de modo ajeno a toda ley positiva. La cruzada contra las drogas, al parecer, ha surgido en la modernidad y, aunque nos queramos poner una venda en los ojos, ha supuesto una ampliación espectacular de todos los males. Diremos de modo obvio que no tendría que ser necesario legalizar, sencillamente habría que derogar la prohibición al igual que se hizo con la Ley Seca; aunque sea otro topicazo mencionar el alcohol en esta controversía sobre el consumo de otras drogas, no deja de ser menos cierto. Y tenemos en cuenta que seguimos viviendo en un sistema donde impera el ánimo del lucro, por encima de cualquier consideración moral, y que vemos a diario a mucho desgraciado empujado al consumo exacerbado de alcohol. Al respecto, recordemos al lúcido Errico, es necesario «acabar también con los males sociales»; su artículo concluía con la siguiente petición por parte de gente inteligente y desinteresada: «Después de que las leyes penales se han demostrado impotentes, ¿no estaría bien, al menos a título de experimento, probar el método anarquista?». Dicho hace un siglo y así seguimos.

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