Asesinatos fronterizos

Recientemente, mi sobrino, desde su mentalidad adolescente, no ensuciada por repulsivas mistificaciones nacional-patrióticas, se preguntaba cómo era posible que no dejaran pasar a un país a personas que, sencillamente, vienen en busca de una vida mejor. Todavía, no se sabían las cifras de fallecidos en la frontera de Melilla, donde organizaciones gubernamentales, frente a las cifras oficiales, hablan ya de cerca de 40 muertos en el contexto de una violenta actuación policial. El presidente del gobierno, dentro de este Estado llamado Reino de España, al frente de la autoproclamada coalición más progresista de la historia, ha restado importancia a la masacre y ha defendido el empleo de la fuerza de gendarmería marroquí en connivencia, como no puede ser de otro modo, con los cuerpos armados de represión hispanos; si acaso, el inefable Pedro Sánchez ha culpado de esos muertos de tercera a eso tan ignoto que llaman «mafias que trafican con seres humanos». No creo que la derecha, ni la ultraderecha, que viene a ser algo muy parecido, lo hubiera expresado mejor. Mientras tanto, Unidas Podemos, socio de gobierno, protesta, pero sin elevar demasiado la voz.

Por mi parte, pienso asegurar a mi sobrino, de una manera nada imparcial a nivel ético, que defender con la fuerza estas vallas artificiales levantadas por los poderes políticos es asesinar seres humanos. También, pienso aclarar a mi querido adolescente que, mientras las personas no son libres para desarrollar su proyecto de vida hallá donde consideren, el capital del primer mundo sí puede atravesar las fronteras a placer para esquilmar los recursos de esos países de donde, precisamente, proceden esas personas forzadas a migrar. Uno se pregunta, ahora que se celebra en la capital del Reino la cumbre de esa fuerza genocida denominada OTAN, si hay alguna diferencia entre Putin, para quien los seres humanos son piezas desechables de un tablero geoestratégico, y cualquier gobernante que mantiene el mundo político y económico tal y como lo sufrimos. Si, incluidos esos tan progresistas, que impiden que gobierne la derecha más dura, pero que forman parte también de un orden de cosas terrible y mezquino.

Y no hay que olvidar que el desprecio por la vida humana del ejecutivo encabezado por Sánchez comenzó con su respaldo al déspota marroquí y a la invasión del Sahara Occidental; las violaciones de los derechos humanos sobre la población saharaui, por parte de Mohamed VI, resultan innumerables y el gobierno español es cómplice a todos los niveles al haber sellado su amistad con semejante sátrapa. El objetivo era para Sánchez, tal vez, evitar asaltos a la frontera española de Melilla, pero en numerosas ocasiones la cruda realidad acaba con todo plan preestablecido; pero, lo verdaderamente terrorífico es el reguero de sangre que deja a su paso. Las muertes ahora en la frontera entre España y Marruecos son, desgraciadadamente, un ejemplo más de un mundo donde los derechos humanos son meras proclamas y, obviamente, no todas las vidas valen lo mismo. También, pienso explicar al bueno de mi sobrino que, con seguridad, e importándome un bledo si alguien piensa que tiro de hipérbole, no hay mucha diferencia entre esas mafias criminales que trafican con personas y los gobiernos junto a sus aliadas, las grandes corporaciones capitalistas; en todos los casos, hablamos de grupos organizados que utilizan las vidas humanas para enriquecerse.

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