¡A mí, el horror!

Hace un par de años, hubo el indignante proyecto de erigir en plena Plaza de Oriente madrileña una estatua de seis metros en homenaje al centenario de ese cuerpo militar de historial sangriento, que es la legión de este inefable país. Al parecer, el subterfugio para finalmente no hacerlo fue que los estudiosos del asunto pensaron que la castigada plaza, que tantas alegrías ha dado al fascismo patrio, no podría soportar semejante peso histórico forjado en piedra y bronce. Ahora, se ha anunciado ya que semejante monumento, que debería estar relegado a un museo donde se expliquen con detalle los desmanes del cuerpo fundado por MIllán Astray, irá ubicado en breve a las puertas del Cuartel General del Estado Mayor. El fundador del cuerpo legionario, admirador confeso de Hitler y Mussolini, amigo y compinche de Franco en sus crímenes, también da nombre a una calle madrileña, placa que fue repuesta hace no mucho con la mistificación histórica de que nada tuvo que ver el repulsivo Millán Astray con el cruento conflicto iniciado por el generalísimo y sus secuaces.

El autor de la escultura, artista especializado en la obra reaccionaria más lamentable, ha asegurado, sin el menor asomo de vergüenza, que el monumento a la legión nada tiene que ver con la Guerra Civil, ni con ideología alguna, y que en realidad se homenajea a los que dieron su vida por esta gloriosa nación que sufrimos. Claro, hablamos de uno de los cuerpos militares más horrendos de la historia de este inenarrable país, que introdujo además un modo especialmente sanguinario de hacer la guerra y, con seguridad, por eso el conflicto civil y social ganado por el fascismo patrio fue especiamente cruel. La unidad fundada por el filofascista Millán se creó precisamente, dentro de la más repulsiva tradición colonialista, para mantener el dominio español sobre un territorio extranjero; no es casualidad que se haya elegido el atuendo de un soldado de los años 20, ya que de manera poco encubierta se está homenajeando aquella tradición cruenta de los últimos estertores del glorioso imperio hispano. Por cierto, en el rostro del soldado pueden adivinarse las facciones de Alfredo Mayo, aquel actor del franquismo que protagonizó el cine militarista más casposo, como aquel «¡A mí, la legión!». ¡Toda una declaración de intenciones, aunque no reconocida explícitamente, por parte de sus autores!

Supongo que toda comunidad, sea cual fuere su reivindicación cultural e ideológica, tiene derecho a homenajear lo que le venga en gana. Lo que ocurre es que toda esta pléyade de reaccionarios, que aseguran reivindicar la historia con mayúsculas exaltando esa abstracción tan cuestionable llamada nación, en realidad hacen una loa continua a privilegiados y poderosos; y, lo más grave, lo realizan con una intención militarista lamentable. En la época actual, en la que todavía los intereses de los que mandan empujan a infinidad de jóvenes a la muerte al enfrentarse con otros nacidos en un lugar diferente, tenemos que lidiar con monumentos como este o como ese otro que homenajea a los llamados «Héroes de Baler», de indudable espíritu castrense. Toda una contraofensiva en nombre de los mitos de ese nacionalismo español; sí, tan nauseabundo como cualquier otro, pero este es el que sufrimos por estos lares, donde salió vencedor una forma de fascismo, los que abogamos por esa fraternidad universal tan añorada y abominamos de toda cultura de las armas. Una vez más, dejémonos de reaccionarias loas mitómanos y tratemos, de una vez, de fundar algo mejor.

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