El anarquismo y la maledicencia «liberal» de Vargas Llosa

Uno posee la insana costumbre, extrañamente irrefrenable, de echar un vistazo cada vez que un infame diario generalista cae en sus manos. Normalmente, mi reacción emocional oscila entre el hastío y la repulsa, pero recientemente el cabreo ha adquirido proporciones gigantescas. Es sabido que el inefable Marío Vargas Llosa posee una tribuna privilegiada en el increíblemente progre periódico El País y ayer domingo este fulano, adalid de la peor cara del liberalismo, se explayó a gusto sobre el anarquismo. Así, Vargas empieza su artículo sorprendiéndose, apenas escondiendo un sarcasmo de baja intensidad, de la buena salud de los ácratas y aseguró, incluso, haber leído un libro llamado La rebeldía más allá de la izquierda, sobre el que se muestra condescendiente; a su autor, el venezolano Rafael Uzcátegui, parece alabar engañosamente. No tarda demasiado el escritor de La ciudad y los perros en, cayendo en un territorio vulgarmente trillado, en vincular el anarquismo con la más pura violencia y asegurar, por ello, que fue «una ideología equivocada». Es todavía más indignante que afirme que, como anarquistas, «Uzcátegui y sus amigos son menos violentos que sus mayores de la generación anterior». Sabrá este cretino cómo es este sociólogo y escritor anarquista, al que conozco desde hace años, gran defensor de los derechos humanos en su país; por ello, ha recibido las críticas de infinidad de inicuos botarates defensores de ese fraude llamado revolución bolivariana.

Son, por muy acostumbrados que estemos a ellas, indignantes las falsedades sobre el anarquismo, con seguridad más producto de la maledicencia, que de la ignorancia, que vierte Vargas Llosa en su artículo, que lleva por nombre “El efecto Sartre” (la explicación, más adelante). La identificación de las ideas libertarias con la violencia, a estas alturas, no por lugar común entre autores interesados, no resulta menos irrisoria. Una muestra más de esa indigencia moral e intelectual es identificar un rasgo tan primordial para el anarquismo como la acción directa anarquista, es decir, intervenir social y políticamente por parte de las personas sin intermediario alguno, con la consabida acción violenta que usó una ínfima minoría de ácratas; actos terroristas que, como dijo George Woodcock, también forman parte de la historia del anarquismo, de forma trágica si se quiere, pero de forma muy puntual y con la crítica de la mayoría de ácratas y en una época muy concreta de represión gubernamental. Vargas usa como colofón, en su lerda vinculación del anarquismo con alguna suerte de terrorismo, la frase «así les fue»; que se diga eso en un país donde el movimiento libertario fue aplastado manu militari por la reacción, cuyos herederos tanto alaba Vargas, es algo más que un insulto. El tema central de La rebeldía más allá de la izquierda, que el mismo Vargas explica en su artículo, es la polémica entre los filósofos Jean Paul Sartre y el tempranamente desaparecido Albert Camus; el primero, apoyando los horrores del estalinismo en aras de una posible sociedad futura ideal y el segundo, gran simpatizante de los anarquistas, defendiendo los derechos humanos en cualquier sistema. Es decir, otra de las características principales del anarquismo, su coherencia entre medios y fines; no hablamos de una «ideología», señor Vargas, sino de una postura ética irreductible que le es ajena.

Por supuesto, resulta indudable que Vargas Llosa es un grande de la literatura, y que millones de personas hemos podido disfrutar de sus libros. Sin embargo, es este el mejor ejemplo de que la belleza volcada negro sobre blanco, obviamente, no es garante de que su autor sea una persona honesta, digna y bientencionada. Se ha dicho del ilustre escritor que es un gran cínico y, aceptando el significado peyorativo, opuesto a la escuela clásica de filosofía sobre la que tengo un gran respeto, prefiero pensar que es un vulgar e interesado caradura. Hay quien ha señalado también que el escritor tiene una tendencia bastante necia a opinar de todo sin rigor alguno y ahí creo que han dado en el clavo; lo demuestran sus vergonzantes alabanzas a personajes nefastos, como Esperanza Aguirre o Cayetana Álvarez de Toledo, o sus acusaciones a los pueblos de no votar adecuadamente cuando el resultado no favorece a los amiguetes del multimillonario Vargas. Es muy posible que el autor de La fiesta del chivo, por haber sido un comunista dogmático, cosa que él mismo admite de forma algo botarate en su temprana defensa de Sarte y de sus opiniones sobre la URSS, sea ahora unos de esos conversos que abrazan un «liberalismo» igualmente ciego y fundamentalista.

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