¡OTAN y, sobre todo, militarismo no!

Se acaban de cumplir tres meses del comienzo de la agresión del ejecutivo ruso contra la población ucrania. Aunque las noticias sobre la guerra no ocupen ya tanto espacio en los medios desinformación generalizados, se sigue dando una leve insistencia ideológica, que no debería engañar a nadie, en que hay que defender la democracia; sabemos, sin duda, qué bando inició la agresión en este caso, lo que desconocemos es ese posicionamiento tan nítido en cuanto a valores morales. No dejaremos de insistir en que lo que parece que está en un cruento juego es el afán imperialista y el interés económico entre diferentes poderes oligárquicos, a cual más detestable. Una contienda la de Rusia y Ucrania que parece ya cronificada y donde hasta gente poco sospechosa de izquierdismo asegura que la paz pasa por algún acuerdo con Putin y sus secuaces, seguramente cediendo a Rusia parte del territorio de Ucrania. El presidente este país, Zelensky, por su parte, realizando una analogía (¡como no!) con la lucha contra el nazismo ha asegurado que no piensa capitular y exige que se le envíen más armas pesadas (quedémonos con este dato). Mientras tanto, la población sigue sufriendo y muriendo. No se me ocurre más lucha contra la guerra que la de combatir el repulsivo militarismo, aunque determinadas circunstancias empujen a veces a la defensa a través de las armas; no, no soy ningún ingenuo pacifista.

La ambigüedad sobre lo militar, que es lo mismo que decir contra el sistema político y económica, de nuestra inefable izquierda parlamentaria, incluso de esa que se presenta con cierto prurito transformador, es notoria. Así, al igual que ocurre con la conquista del conjunto de la estructura estatal, ciertos partidos «revolucionarios» parece que lo que quieren en realidad es poner a su servicio todo el aparato policial y militar. Sí, sabemos que las repulsivas derecha y ultraderecha (¿no son lo mismo?) de este inefable país desean lo mismo, pero al menos no engañan a nadie. Así, si el PSOE ya dio gato por liebre a la población española hace cuatro décadas, propiciando la entrada en la OTAN y no cumpliendo ninguno de los acuerdos previos, en la actualidad el presidente del Gobierno de ese mismo partido no engaña a nadie apoyando explícitamente la política de la alianza atlántica. Podemos, o como narices se llamen ahora, a pesar de una leve crítica a la OTAN, ya está empezando a pasar por el aro; es lo que tiene aspirar a la conquista del poder.

Recordemos que el nacimiento de la OTAN se produjo tras la Segunda Guerra Mundial por la existencia de un enemigo igualmente militarista e imperialista. Tras el fin del comunismo, hace ya más de tres décadas, uno se pregunta cómo puede seguir existiendo una organización que debería haber caído en la obsolescencia. No respondáis, por favor, es una pregunta retórica impregnada de sarcasmo. Volvamos a las guerras actuales, entre las que se encuentra la muy publicitada entre Rusia y Ucrania. Daremos un dato, que España es nada menos que el séptimo exportador mundial de armamento, una industria bañada en sangre que produce pingües beneficios. Las empresas del sector armamentístico, además, no tienen manías y lo mismo comercian con un bando que con otro. Más datos, se habla (y no precisamente en los medios de desinformación) de que la industria española ha aumentado sus beneficios en más de un 50 % gracias a la invasión de Ucrania. Si a menudo a las personas se las engatusa con mistificaciones patrióticas y romanticismos nacionales, la realidad es que el nuevo miltarismo, al servicio del capitalismo, parece ya otro tipo de engaño. La OTAN, que debería ser anacrónica a estas alturas, subsiste de manera obvia gracias a enemigos reales o imaginarios, que justifiquen un gasto militar exacerbado y se nutra de conflictos bélicos permanentes. Mientras, sigue sufriendo la población ucraniana y tantas otras víctimas de la industria del horror. ¡No a la OTAN, pero sobre todo no al militarismo en cualquiera de sus formas!

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