De nacionalismos e imperialismos

En cierta ocasión, un amigo al que le tenía en cierta estima intelectual me soltó que el ser humano tenía una «tendencia dicotómica» (sic). Esto fue una respuesta ante mi sorpresa por su alabanza de la todavía inexplicablemente mitificada figura del Che Guevara, pero también por su defensa de la Revolución cubana, para mí, un fracaso a todos los niveles. Es decir, lo que se me quería aclarar es que había que posicionarse entre unos y otros, siendo los otros el capitalismo y el imperialismo yanki. En otras palabras, al parecer, hay que elegir siempre entre la peste y el cólera, sin que podamos insistir en que lo que queremos es estar razonablemente sanos y, sobre todo, no seguir propagando enfermedad alguna. En fin. Dicho sea esto como lúcida reflexión mía, por la tendencia del ser humano, no sé si tanto a la dicotomía como al papanatismo más lastimoso (bien alimentado por el maniqueísmo y la insistencia en el mito sin atender demasiado a la realidad). Ejemplos los podemos observar, por doquier, en nuestras sociedades «avanzadas» del siglo XXI, y eso cuando hace ya más de dos siglos en los que se pretendió que la razón crítica nos condujera, si no al paraíso terrenal, al menos a algo medianamente decente. Hoy, intereses de los poderes políticos y económicos han empujado de nuevo a jóvenes a matarse unos a otros por llevar una bandera diferente; desconozco si una mayoría de ellos creerá que su causa es la verdadera, dentro de la esa supuesta «tendencia dicotómica», o simplemente se ven condicionados por muchos factores para llevar a cabo hechos que atentan contra la moral más elemental.

El caso es que nuestra prensa occidental insiste, de una manera burda, en el maniqueísmo y la dicotomía para dibujarnos una causa militar defensiva, por parte de los países miembro de la OTAN, frente a la agresión imperialista rusa. Antes de adentrarnos en los entresijos de este nuevo, o tan nuevo, conflicto bélico, aclararé una vez más mi repulsa frente a todo militarismo. Incluido ese que quiere presentarse como «defensivo» frente a los malvados, ya que no deja de ser otro cuento en el que nos insisten. Los ejércitos, ni más ni menos, están al servicio de intereses políticos y economícos; habra quien se crea, lamentablemente a estas alturas, el patriotismo y la defensa de la nación en base a no sé muy bien qué valores, pero esta es la realidad principal para el que quiera verla frente a sus ojos. Es por eso que, no solo no creo en ninguna intervención militar, sino que soy abiertamente contrario al militarismo y a los que lo cultivan con mistificaciones inicuas. Eso no significa una abstracción frente a los problemas del mundo tal y como está configurado, todo lo contrario, se trata de profundizar en los mismos y, sobre todo, decir no a la ignominia. Putin, no debería hacer falta aclararlo, es el gobernante de una nación poderosa plagada de injusticias y, como se ha visto, con afán imperialista; él mismo, junto a los medios rusos, insistirán en una versión «dicotómica» del conflicto invirtiendo los roles de buenos y malos para justificar la agresión militar a Ucrania.

Por otra parte, no veremos apenas en nuestros medios la menor crítica a los intereses expansionistas de la OTAN y las potencias occidentales, incluido este inefable país en el que vivimos, aunque tengamos un gobierno increíblemente progresista. Habría que hacer memoria histórica, esa que tanto nos falta para tantas cosas, y recordar la historia reciente de Europa para comprender cómo se ha ido cercando a Rusia, desde Occidente, y por lo tanto alimentado ese terrible escenario y a ese «monstruo» llamado Vladimir Putin. Es paradójico que, tras el derrumbe de la URSS, Rusia se convirtiera en un aliado de Occidente; por ejemplo, el apoyo explícito a la intervención militar estadounidense en Afganistán y el más sutil a la invasión de Irak. A pesar de ello, en nombre de los intereses oligarcas de unos u otros, se mantuvo cierta guerra fría y, como vemos ahora de manera desgraciada, también muy caliente. Putin, o cualquier otro gobernante al que quiera presentarse como un nuevo Hitler, junto al terrible escenario que padecemos en la actualidad, es también una construcción de Occidente. Tampoco estaría de más recordar la historia reciente de Ucrania, plagada al igual que Rusia de autoritarismo y corrupción, mientras sufre la que sufre es la población. No dejemos de lado el sistema económico como factor determinante, basado en la búsqueda de recursos, en la construcción de mercados y en la explotación de mano de obra; y en eso, estarán de acuerdo las potencias occidentales o los oligarcas rusos o ucranianos. Frente a todos estos intereses por parte de los poderes establecidos, es posible que la cuestión patriótica junta a su derivación ideológica sea menor, pero la realidad es que gran parte de la población se ve todavía empujada por esa inicua mistificación. Quizá, como dijo mi amigo, el ser humano tenga esa tendencia papanatas, pero habrá que seguir insistiendo en la razón crítica y en los valores más nobles del ser humano, que terminen por unirnos y no enfrentarnos.

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