Sobre perdones y rancias tradiciones

A escasos días de la fiesta nacional del 12 de octubre, que tan cachondos pone a los reaccionarios de este insufrible país, el muy repulsivo José María Aznar ha hecho gala de su espíritu patriótico y ha reivindicado el legado del imperio hispánico frente a cualquier discurso crítico con el mismo. Como el ego de este fulano es inversamente proporcional a su escasa estatura moral, ha personalizado la cuestión sin rubor alguno afirmando que él no piensa pedir perdón «por defender la importancia de la nación española». También se despachó a gusto contra el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, precisamente por exigir disculpas a España por haber cometido toda suerte de tropelías en la conquista de las Américas. Vaya por delante que lo de estos estadistas progresistas, como el propio López Obrador, me parece una mera pose, ya que mucho habría que hablar de lo que tendrían que reconocer tantas naciones y poderosos sobre toda suerte de iniquidades a los pueblos, por no hablar de los que siguen sometidos en la actualidad.

Pero, vayamos con el estólido expresidente de este indescriptible país, que también hizo apología de la evangelización cristiana paralela al expolio y esclavización de integrantes de otras culturas. Hasta el máximo mandatario de la Iglesia Católica, un tipo que asegura estar en permanente comunicación con un ser sobrenatural superdotado, unos días antes de los exabruptos de Aznar, pidió perdón por los «pecados» cometidos en la conquista de América por las hordas cristianas. Convendría matizar que tal vez la evangelización difícilmente se hubiera producido sin dichos «errores» o «faltas» (uso un par de sinónimos de «pecado»), ya que los preceptos de la religión resultan tan inextricables como la propio voluntad de Dios. No obstante, reflexionemos sobre la polémica, que hizo saltar chispas entre la muy reaccionaria derecha hispana. Cómo es posible que una fuerza política ultracatólica, como es el Partido Popular, se atreva a enmendarle la plana nada menos que al sumo pontífice.

En primer lugar, el Papa Francisco, un tipo muy astuto, sabe que si su muy reaccionaria institución quiere seguir manteniendo cuotas de poder tenía que cambiar los aires del Vaticano, reconocer ciertos excesos (siempre cometidos en el pasado y siempre aludiendo a que hay que restañar heridas) y hacer ciertos guiños a los nuevos tiempos. Es por eso que algunos interesados o perezosos intelectuales consideran a este hombre felizmente un Papa progre. ¡Válgame Satán, qué oxímoron! Solo hay que echar un vistazo a lo que Bertoglio sostenía antes del conquistar el poder (o a lo que se le escapa de vez en cuando, con la boca pequeña, en la actualidad). No estoy muy versado en instituciones autoritarias, pero entiendo que los católicos deben obediencia al sumo pontífice, aunque este no les caiga bien; sin embargo, la derecha hispana es tan soberbia que se atreve a la confrontación directa con el Vaticano negando pedir perdón por exceso alguno. Y, tiene lógica, porque su cordón umbilical va unido al franquismo y este, paradójicamente al de la cruzada católica que acabó con el menor asomo de progresismo en este insufrible país. En cualquier caso, siendo sincero, prefiero a los reaccionarios que dejan ver su pelaje.

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