Sobre liberalismo, neoliberalismo e, incluso, socialdemocracia

Lo del liberalismo, lo siento, pero me sigue provocando ardores de estómago. Hay quien opina, y puede que tenga razón, que lo extraño a la hora de darle un contenido político coherente a la filosofía liberal, es lo que se produce en este indescriptible país denominado España. Es decir, si el término liberal se asocia en ciertos países inequívocamente al «progresismo», en otros va vinculado a posiciones abiertamente derechistas. Y eso, en este bendito país, que sufrimos de una diestra de lo más repulsiva y casposa, supone que hasta la carcunda que forma Vox abraze el liberalismo sin pudor alguno (solo en cuestiones supuestamente económicas). Y a eso voy, que en este inefable país parece que uno no puede hablar bien de gran parte de la filosofía liberal, y yo lo hago entendiendo, claro, que todo ello conduce hacia la visión libertaria, sin que le vinculen con fuerzas políticas que poco o nada tienen que ver con el liberalismo; con su parte buena al menos, que yo entiendo como progreso y libertad, soy así de ingenuo. Y, libertad, amigos míos, poco o nada significa sin otros conceptos reinvidicados por el anarquismo como solidaridad y apoyo mutuo. Estas propuestas morales, imagino que causan risa a los que se dicen «liberales» en este santo país, ya que ellos solo insisten de forma pertinaz en un sistema económico que conduce a la indigencia a gran parte de la población mundial. Precisamente, para estos «liberales puros», que tanto reivindican la visión clásica, lo cual puede dar una idea de lo reaccionario de sus postulados, resulta anatema el llamado «neoliberalismo». Y, supongo que con más deshonestidad que ignorancia, rechazan el término porque consideran precisamente que solo hay un hilo conductor en el liberalismo que conduce desde el siglo XVII hasta nuestros días; lo cual, insisto, da una idea de la extrema simpleza reaccionaria de la filosofía de unos fulanos, que aseguran hablar en nombre de la libertad.

En otras palabras, para estos tipos no podemos colocar prefijo alguno al liberalismo, ya que no ha habido ruptura alguna con la historia del mismo y, simplemente, hay nuevas generaciones de liberales que defienden las mismas ideas con contumaz insistencia. Volvamos al inicio de este texto, a las diferentes concepciones del liberalismo según los países. Cuando aseguro que lo normal es lo que ocurre por ejemplo en Estados Unidos, cuando el término liberal va asociado a ideas progresistas y a la búsqueda de cierta justicia social o redistribución de la riqueza, precisamente es porque indudablemente ha habido muchas concepciones liberales en la historia. Y, precisamente, señores «liberales puros», entrado el siglo XX, con muchos matices y viendo que el desastre que era un liberalismo clásico rendido a un capitalismo cada vez más monopolista y generador de pobreza, va cobrando fuerza un liberalismo con tintes más intervencionistas y sociales. Sí, en otro momento mostraremos la falacia y el fracaso que suponen todas estas concepciones capitalistas y, de una u otra manera, estatistas, pero sigamos con el desarrollo del liberalismo. La política liberal, que más o menos se desarrolló en forma de democracia representativa, una forma de oligarquía supuestamente garantizada por el plebiscitio popular, evolucionó hasta tal punto que a comienzos de los años 70 del siglo XX hasta alguien tan poco sospechoso de progresismo como Nixon afirmó que «todos éramos ya socialdemócratas». Como lo están leyendo.

Sin embargo, en ese tiempo, por supuesto con el sistema capitalista sumido en una nueva crisis, ya se estaba gestando una nueva concepción económica. Sí, lo habéis adivinado, el llamado neoliberalismo. Y, probablemente, el primer Estado neoliberal del planeta fue, paradójicamente, el Chile de Pinochet, que contó con la aseoría directa de Milton Friedman y de otros economistas de la llamada escuela de Chicago; economía supuestamente libre dentro de un Estado autoritario, lo cual demuestra la falacia de las propuestas (neo)liberales cuando aseguran reducir al máximo el poder político. La relación de liberalismo clásico con la democracia siempre fue ambigua, aunque justo es decir que tantas veces por temer a que una mayoría impusiera a las minorías y mermara la libertad individual, pero el neoliberalismo se desarrolla sin problema alguno desde sus inicios en sistemas dictatoriales. Es muy posible que el tono peyorativo con que la izquierda emplea el término neoliberalismo, excesivo a veces en mi nada modesta opinión, sin otorgarle un contenido concreto, esté en esos inicios de hace décadas, así como en su vinculación con las políticas de Reagan y Thatcher en los años 80: más mercado «libre», más privatizaciones, pero Estados nunca reducidos al mínimo. Efectivamente, el neoliberalismo, como el propio capitalismo, puede desarrollarse perfectamente en sistemas abiertamente autoritarios, aunque los tiempos propicien que lo haga en democracias representivas perfectamente controladas. A comienzos de los 70, los países desarrollados podían considerarse socialdemócratas, y recordemos que en España tal cosa, supuestamente, llegaría una década más tarde; entrados los 90, caído el comunismo, es posible que todos los Estados pudieran denominarse neoliberales. Juegos dialécticos para un sistema político y económico, socialdemócrata, liberal o neoliberal, que se encuentra permanentemente en crisis relegando al sufrimiento a gran parte del planeta. Es por eso que la respuesta pasa por la solidaridad de los de abajo, de los que producen y siempre podrá fomentar la economía sin artificios retóricos, precisamente, enfrentados a unos «liberales puros» que de una u otra manera siempre están con los de arriba.

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