Palestina e Israel

Desde que tengo uso de razón, en mi ya larga vida, el conflicto entre Israel y Palestina no ha avanzado lo más mínimo. A menudo, se acusa a los que defienden al pueblo palestino de maniqueos. Resulta curioso que se argumente eso, ya que recuerdo que todo un intelectual hispánico, en plena conferencia sobre otra cosa que nada tenía que ver, soltó que los que acudían a las manifestaciones en protesta por nuevos ataques del Estado israelí eran defensores de Al-Fath (mencionó esta organización, aunque Hamás ya tenía poder sobre la región). Esta aseveración no la pronunció un tipo vulgar en la barra de un bar, no, la dijo alguien respetado en el mundo de la sociología. Desgraciadamente, el tan rechazable maniqueísmo, que parece más bien estulticia, parece consustancial al ser humano, no importa de qué bando hablemos. No obstante, hay que echar pestes también de los que afirman cosas como «no es cuestión de buenos y malos» cuando los pueblos son masacrados por los poderosos. Por mucho que rechacemos algo como Hamás, promotores de la Yihad y seguramente deseosos de borrar a los judíos de la faz de la tierra, las víctimas se multiplican en el lado palestino. Y uno está siempre con los oprimidos, máxime cuando entre las víctimas hay no pocos civiles y muchos de ellos niños.

Aunque el Estado de Israel se forma tras la Segunda Guerra Mundial, no es muy conocido que el asunto se remontá unas décadas atrás. Precisamente, tras el primer gran conflicto, al parecer, los británicos prometieron asentar al sufrido pueblo judío. Y ese lugar sería, por supuestas razones históricas, la tierra de Palestina. Antes de que ello acaeciera, se produjo el holocausto judío, por lo que las grandes potencias aprovecharon la conciencia de culpa para ayudar a establecer, finalmente, el Estado de Israel. Se dice que otros intereses movieron a realizar aquello, como el deseo de establecer en Palestina un poder político que defendiera Occidente. El caso es que llegamos a día de hoy, bien entrado el siglo XXI, y parece mentira que el conflicto se mantenga y las poblaciones continúen siendo masacradas. Al margen de la organización Hamás, que tiene todo mi rechazo como no puede ser de otra manera, la cuestión es que seguimos hablando un Estado bien afianzado, como es Israel, en lucha contra un pueblo, el palestino, en defensa de su territorio. Para la inmensa mayoría de la gente, la solución pasar porque los palestinos funden su propio Estado, ya que no resulta imaginable una sociedad sin poder político.

Como anarquistas, las paradojas a las que nos enfrentamos es que, por supuesto, hay que apoyar a los oprimidos, pero a veces hay que hacerlo en los términos y condiciones que los propios afectados decidan. Quiero decir que al ver una situación de opresión, estamos obligados a ser solidarios con las víctimas y no siempre se puede poner en primer lugar la crítica a los líderes y métodos de los propios oprimidos (aunque, tampoco hay que perder de vista la crítica). Por otra parte, hay que tenerlo claro, una cosa es el Estado israelí y otra muy diferente el pueblo israelí, parte del cual no pocas veces se muestra muy crítico con su propio gobierno. Esas visiones viscerales, que quieren ver bloques compactos en las dos partes del conflicto no ayudan demasiado a observar e problema desde un punto de vista libertario. Al contrario, los que defienden el Estado de Israel suelen alimentarse de esas posturas con manidas acusaciones de antisemitismo. Es complejo, máxime cuando la tradición, la religión y la cuestión nacional tiene tanto que ver en este conflicto, y en muchos otros, mantenerse firme en unos principios anarquistas, que pueden suponer desapegarse de la realidad. No hay que caer en el maniquéismo, pero tampoco abstraerse en nombre de unos ideales, tal vez complicados de llevar a la práctica en según qué contextos. La realidad es que, mientras escribo estas reflexiones, las personas siguen sufriendo por cuestiones meramente políticas. Por cuestiones de poder, en otras palabras.

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