Del 23-F y demás relatos fantásticos

Hoy, hace justo cuatro décadas del intento de golpe de Estado en este indescriptible país. Desde temprana edad, nos adoctrinaron para la construcción de un relato, el de la llamada Transición, según el cual el gran héroe de evitar la involución fue el hoy delincuente huido Juan Carlos de Borbón. Ya entrados los 90, cuando los inefables documentales perpetrados por Victoria Prego, adecuadamente extendidos a nivel mediático, uno empezó a entrar en razón. El fallido intento golpista de febrero de 1981 vendría a ser la continuidad en la novela rosa que nos han vendido sobre la llegada de la democracia, que tendría su colofón con la victoria del Psoe en 1982. Un partido supuestamente progresista, que apaciguaría a las masas ante el cúmulo de medidas catastróficamente ‘modernizadoras» que se avecinaban. Desde aquello de Tejero, el 23-F es casi un día litúrgico en este bendito país (y el símil religioso no es gratuito), una consolidación reiterada año tras año de una institución anacrónica como es la monarquía. En los años posteriores a la muerte del genocida dictador, la monarquía no gozaba de una gran popularidad, pero desde el momento en que el campechano (supuestamente) decidió no secundar a los militares golpistas, el destino de este inenarrable país quedó unido a su figura.

Aunque no está aclarado todo, ni mucho menos, sobre aquel 23-F la figura del Borbón quedó reforzada e, incluso hoy, a pesar de los excesos al margen de la ley de una figura inviolable, hay todavía quien le defiende. Si gran parte de la sociedad tenía dudas sobre un fulano que había jurado los principos del movimiento fascista, su pedigrí quedó la mar de limpio y nadie podía poner en cuestión ya la sinceridad del monarca sobre nuestra gradiosa democracia. No voy a entrar en las diversas teorías que aseguran que el papel del Borbón no está claro y que muy probablemente tenía un doble juego según se desarrollaran las circunstancias. Lo que sí está diáfano, y es lo más razonable para cualquiera que tenga bien oxigenado el cerebro, es que el ilustre malhechor hoy dado a la fuga no tenía ninguna otra opción. A las potencias «democráticas» no les interesaba mantener una dictadura en la Europa Occidental, por lo que el Borbón no tenía futuro al lado de un Golpe de Estado de nula capacidad de éxito. Un tipo de la realeza amamantado por un dictador, con la sospecha incluso de haber eliminado a su propio hermano, pero con una jefatura de Estado que se le ponía en bandeja dentro de una supuesta transición democrática. Pues eso, que es como para pensar que a Juan Carlos, máxime vistos sus continuos delitos, solo le interesaba aferrarse al poder.

Hoy, el nuevo Borbón en el trono ha asegurado en la sagrada cámara democrática que la «firmeza y autoridad» de su evadido padre «fueron determinantes» para salvar a España del golpe. Sí, un esperpento más en este indescriptible país para cualquiera que tenga la mínima dosis de neuronas activas. Los patéticos intentos por sostener la novela rosa sobre la Transición, que nos metieron por todos los orificios del cuerpo, continuaron cuando el llamado Felipe VI reivindicó «el respeto al Estado social y democrático de Derecho en el que España se constituye desde 1978″ y que se ha construido «durante más de cuatro décadas, paso a paso y hombro con hombro, es condición previa y necesaria para esa convivencia y para el progreso de nuestra sociedad». Hubo mucho más palabrería conminando a aquellos colectivos e individuos a que participen de la fiesta democrática, que es lo mismo que decir, aunque no usando estos términos exactamente, que los que se queden fuera de la celebración vienen a ser una especie de parias o malnacidos. Hay quien dice, y no necesariamente personas de un progresismo exacerbado, que la monarquía no durará ya muchos más años. Sí, la lógica más elemental nos dice eso. El problema es que, acabada una institución abiertamente obsoleta, todavía hay mucho trabajo que hacer. Mucho relato que desmontar, muchas figuras que derrocar y mucho trono que dinamitar. Sí, es una metáfora, pero con mucha realidad detrás. Nunca mejor dicho lo de «real».

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