La mezquindad del capitalismo

La pandemia, que como su nombre indica afecta a países pobres y ricos, muestra en toda su evidencia la mezquindad del sistema económico en que vivimos. Los precios de las vacunas se disparan, en esa entelequia que llaman «mercado libre», y por supuesto, las regiones más desfavorecidas se quedan fuera del reparto. Las multinacionales farmacéuticas priman sus beneficios por delante de las innumerables vidas que se está llevando el maldito virus con el intolerable retraso en la aplicación de las vacunas. Y, de entrada, ni siquiera es cierto que estas grandes empresas hayan invertido su dinero y su esfuerzo en encontrar las soluciones a la pandemia, ya que todo el mundo sabe que beben, como los que más, del llamado capital público proveniente de los Estados y de la llamada Unión Europea. Capitalismo subvencionado, poder político y poder económico bien entrelazados. Uno de los aspectos de la situación es dejar en evidencia la falsedad de las premisas ideológicas e ideales del liberalismo (o neoliberalismo, no sé muy bien la diferencia): la mano invisible, que dijo el clásico, de un mercado «libre»; iniciativa privada, que es iniciativa de los que más medios tienen; creación de riqueza de los poderosos, para que caigan las migajas a los desposeídos; supuesta desregulación, que es más bien apuntalamiento por parte de los Estados al capitalismo; esa mistificación en la práctica social que denominan meritocracia

Después de habérsenos vendido la mágica solución de las vacunas semanas atrás. antes de la patética campaña de «Salvemos la Navidad», aunque supiéramos que no todas los cauces ni las respuestas eran las adecuadas, ahora nos encontramos con que no se están aplicando ni repartiendo adecuadamente y que las farmacéuticas quieren seguir sacando beneficio. Por supuesto, como corresponde al sistema económico, todo muy opaco. No tenemos ni puñetera idea en condiciones normales de por qué un medicamento cuesta más o menos, o por qué se incluye o no en los listados de la Seguridad Social, pero ahora nos encontramos que los precios de las vacunas, en plena crisis, se disparan. Hay quien observa el problema como un enfrentamiento entre intereses privados y defensores del interés público. No sé si la cuestión es tan sencilla y maniquea, en un contexto de gente con poder de un tipo o de otro, pero la realidad es que la cosa se oscila escandalosamente hacia el lado del beneficio privado. Toda esta opacidad, y falta de equlibrio en las negociaciones entre Estados y grandes empresas, insistiremos en ello, es más que habitual en cualquier circunstancia que afecte a la salud.

Tampoco, en plena crisis sanitaria, se trata de querer cambiar radicalmente el estado de las cosas de la noche a la mañana. Se trata, al menos, de suspender todos los intereses que se encuentran detrás de este mezquino sistema para aplicar las vacunas solidaria, humana y racionalmente a la población. Claro que, es de una ingenuidad manifiesta exigir algo tan humanitario, cuando estos males pandémicos se repiten a menor escala en tantos países pobres en situaciones «no excepcionales» con enfermedades que se cobran vidas y cuya solución hace décadas que fue descubierta en forma de vacunas o retrovirales. No todos los seres humanos, claro, tienen el mismo valor en una situación «normal». Este capitalismo salvaje y deshumanizado supone que los que pueden pagar hagan acopio de los medios, en este caso de las vacunas, mientras que los pobres simplemente quedan a un lado. Insisto, esto se está evidenciando en la pandemia, pero lleva ocurriendo durante décadas en la llamada Modernidad. Los más reaccionarios o fatalistas insisten abiertamente en la complejidad del asunto, en que así son las cosas y, expresado más vulgarmente, en que siempre habrá pobres y ricos. Todo ese argumentario que desgraciadamente cala en gran parte de la población, cada vez más acrítica. Mientras sale a flote toda esta mezquindad del mundo político y económico que sufrimos, las personas está muriendo a diario. Esta vez, también en los llamados países desarrollados.

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