Vacunas

Despedimos este asqueroso año 2020 en plena crisis, sanitaria y de todo tipo, y con la incertidumbre de no saber muy bien en qué manos estamos. El gobierno de progreso ha decidido iniciar la vacunación masiva contra el maldito virus y, como en tantas otras cuestiones, y al margen de la decisión personal que finalmente adoptemos, nos asaltan multitud de dudas sobre el (también, maldito) poder, tanto económico como político, que vienen a estar entrelazados. Vaya por delante que me distancio de forma abisal, de los inefables antivacunas, tantas veces amantes de teorías estrambóticas y conspiranoicas. Sabemos muy bien cuáles son los intereses de las empresas farmacéuticas, tantas veces colocando el beneficio por encima de la salud de las personas, pero una cosa es eso y otra ya perder el norte sobre lo que es o no científico (es decir, demostrable como válido, en este caso para sanar o prevenir). Las vacunas han permitido avances innegables en la lucha contra las enfermedades, aunque ello se haya producido en una modernidad marcada todavía por graves desigualdades sociales y con gran parte del planeta sin acceso a bienes esenciales, entre los que se encuentra una buena sanidad.

No es que nos creamos demasiado lo que pueda decir la OMS, pero una cosa elemental que al parecer sí ha afirmado en alguna ocasión es que cada país debería tener su propia industria de medicamentos, entre los que deben estar las vacunas, lo cual hubiera evitado un buen número de muertes. En lugar de eso, ya sabemos el sistema económico que sufrimos. Las artimañas de las multinacionales farmacéuticas para poner en el mercado sus productos, muchos de ellos inútiles y tantos otras incluso nocivos, son conocidas para quien quiera indagar en ello. En España, se comercializan una cantidad de medicamentos desorbitados, solo hay que echar un vistazo a cualquier farmacia para comprobar la gran cantidad de oferta, de cuya eficacia y producto activo para erradicar males no es imposible comprobar fehacientemente. Así, en una sociedad fuertemente medicalizada, con numerosas patologías, muchas de ellas originadas sin duda en problemas de índole psicológica (porque de atar, estamos en mayor o en menor medida en el mundo posmoderno), se produce una pandemia de proporciones cósmicas, que nos atemoriza, máxime habiendo perdido seres queridos, limita aún más nuestas libertad y nos sume en una terrible crisis. Como siempre, especialmente para los más humildes y vulnerables, en un sistema incapaz de cubrir las necesidades elementales a todos. Esto último, debería ser siempre tenido en cuenta en cualquier análisis, especialmente de aquellos acomodados que reclaman su propia libertad desprendida de los problemas sociales.

En mitad de esta terrible situación, se nos vende la solución milagrosa de las vacunas, por supuesto, desarrolladas, o promovidas, por esas mismas empresas capaces de hacer negocio con cualquier cosa. La pandemia desencadenó una carrera desenfrenada, entre las grandes empresas y los Estados con las infraestructuras adecuadas, para ver quien conseguía la vacuna salvadora. Gran parte de la población, como es lógico, colocó en ello sus esperanzas, a pesar de los numerosos interrogantes sobre cómo funciona el sistema en este aspecto y, especialmente, en el contexto actual en el que dudosamente se han respetado los tiempos y formas. Lo que quiero decir es que no tenemos ni puñetera idea, no solo sobre la efectividad total de las dichosas vacunas, tampoco sobre si se han tenido en cuenta de verdad los efectos secundarios. El gobierno decidió, entre todas las desarrolladas, comprar la llamada vacuna Pfizer-BioNTech. Detras de la multinacional Pfizer, se encuentra el mayor fondo de inversiones del mundo, Black Rock, de gran penetración también en la banca y grandes empresas españolas. Que quien lo desee saque sus propias conclusiones para que la coalición de progreso en el gobierno tomara esa decisión. Que cada cual tome la decisión que considera adecuada a nivel personal, pero lo que pinta es que se ha construido un escenario de urgencia, con una población ya doblegada por las circunstancias, con demasiados intereses económicos de por medio (por no hablar de corrupción pura y dura), para poner en el mercado una solución milagrosa. ¡Feliz 2021!

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