Estatuas y reacción

Mientras la derecha y la ultraderecha de este indescriptible país, que vienen a ser algo muy parecido, se dedican a retirar del espacio publico estatuas, y toda suerte de símbolos, de personalidades de la izquierda, hace mucho tiempo que el nacionalismo español está muy crecido en el sentido contrario. La diferencia es que Largo Caballero o Indalecio Prieto, sin compartir yo su ideología, aunque pudiéramos haber compartido barricada de manera coyuntural en otra vida, fueron al menos dirigentes en un contexto democrático, y perdón una vez más por señalar lo obvio. Vaya por delante que yo no soy nada amigo de dedicar monumentos a figuras políticas, ni siquiera, por supuesto, a aquellos con los que más puedo simpatizar, más proclive quizá sería a personalidades de la cultura o de la ciencia, aunque siempre podrá resultar controvertido, ya que llamamos cultura a veces a cualquier cosa. Al margen de esto, siempre discutible, la historia contemporánea de este inenarrable país llamado España es la que es y la derecha, sencillamente, adolece de cierta tradición liberal y democrática, que debería ser propias de cualquier historia contemporánea que se precie, lo cual le empuja de una u otra manera, por acción u omisión, a aceptar el horror franquista. Si no, de manera más directa, se considera a Franco y sus secuaces como salvadores de la tradición cristiana frente a la conspiración masónica y comunista (juro que, todavía, escucho esta argumentación en boca de estos inefables personajes).

El facherío, ya digo, está muy crecido. Por si no fuera poco con inundar Madrid con banderas españolas, de tamaño inversamente proporcional a la masa gris de estos gobernantes, este mismo año, aunque parezca increíble, se dedica un monumento en la capital a los llamados «Héroes de Baler», es decir, los más conocidos como «últimos de Filipinas». El acto, como no, estuvo aderezado por multitud de enseñas rojigualdas, presidido por el alcalde pepero, junto al Ejército de Tierra y con la asistencia de los abiertamente fachas de Vox. Los vivas a España creo que se pudieron oir en cientos de metros a la redonda. La erección de la estatua, al parecer, fue una promesa electoral de Martínez Almeida, que rivaliza en electorado con la ultraderecha, y no tiene precio observar la obra de arte en cuestión. Sin ocultar su loa al espíritu castrense, aunque sea ahora en formato «defensivo», el teniente Martín Cerezo aparece heroico pistola en mano. Creo que en un primer momento se pensó, por eso de la compensación, en colocar al lado otra estatua del también héroe Rizal, este de la independencia filipina, fusilado dos años antes de los hechos de Baler por España, pero al final se decidió ubicarla en otra parte.

Este acto del nacionalismo español, léase facherío, no es aislado. Al irrisorio alzado de interminables banderas, esos símbolos, sean cuales sean sus colores, de la opresión política, de la alienación colectiva o de la conversión de jóvenes en carne de cañón en nombre de no sé muy bien qué ideales, se une la erección de otros monumentos, como aquel dedicado a Blas de Lezo, que creo que es del mismo escultor patriotero que esta de los héroes de Baler. Nada nuevo por parte de los reaccionarios, ya el franquismo utilizó el mito de los últimos de Filipinas en el celuloide, como una muestra más de la «gloriosa» tradición imperial española, con irritantes nociones como la virilidad o el sacrificio encarnadas ahora en una figura escultórica. Curiosamente, existe un remake de aquel film, «1898: los últimos de Filipinas», tal vez de no excesiva calidad, pero al menos con cierto espíritu crítico alejado de estos irritantes mitos patrioteros. En definitiva, el facherío está muy crecidito y tenemos que sufrir estos tópicos del nacionalismo español, tan perjudicial como cualquier otro que impide superar barreras de todo tipo para la humanidad, aunque no olvidemos además que en el contexto de un país donde triunfó cierta forma de fascismo (la exacerbación del mito enajenante de la nación). En cualquier caso, la historia de la humanidad en su conjunto está plagada de conquistas, dominaciones y masacres, realizadas en nombre de religiones y banderas. Dejémonos de exaltaciones mitómanas y tratemos de fundar algo mejor.

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