Patriotas molestos

Hace unos días, y esto es una anécdota rigurosamente cierta, me encontraba tomando algo en una terraza con mi padre y fue inevitable que un locuaz peluquero, conocido de mi progenitor, se acercara para darnos la chapa. Si menciono la profesión del susodicho, no es porque sea determinante en la historia, sino porque su lugar de trabajo se encuentra a escasos metros de la terraza en cuestión. El caso es que yo ya conocía, de alguna otra ocasión, que el tipo era más que políticamente reaccionario y todos sabemos lo que eso significa en este país sin que haga falta entrar en más detalles. Como era prácticamente imposible desembarazarse de aquel retrógrado, orondo y parlanchín rapabarbas, me preguntaba cuánto tardaría en salir alguna temática en la conversación que nos obligara a vernos las caras. Efectivamente, no recuerdo a cuento de qué, ya que el verbo del amigo era tan fluido y abundante como desprovisto de talento retórico, dijo algo así como que él «era un patriota». Aquello disparó todas las alarmas, pero lo que ya me hizo intervenir sin reservas fue cuando aseguró que le daba mucho asco la gente que no respetaba la bandera.

Antes de empezar mi lúcida intervención, y como uno es cauto y respetuoso, le espeté que tal vez la conversación no debía avanzar por esos derroteros. La cara de asombro del fulano fue tal, que eso no hizo más que henchir mi cuerpo de energía vigorosamente libertaria. Cuando el tipo comprendió que mi rechazo a las banderas y a esa mistificación que llamamos naciones era total, no pude evitar la carcajada cuando afirmó estar dispuesto, incluso, a «morir por la patria». El lenguaje bélico me puso en la adecuada disposición de ánimo para mostrarle mi franca oposición, como no podía ser de otra manera, a los ejércitos; la institución más autoritaria del Estado, defensa armada de lo que él denominaba patria o nación. Aproveché el desconcierto de mi interlocutor con estas palabras, para decirle que «patriotismo» o «nacionalismo» eran para mí los mismos conceptos de una jerga alienante, que empuja a los jóvenes a enfrentarse unos con otros. No le di respiro al reaccionario barbero y le espeté que, por supuesto, él era una pobre víctima de todo ese repulsivo engaño que suponen los nacionalismos, tal vez en su forma más excerbada, y que imposibilitan una visión cosmopolita, amplia y liberadora, así como  la ansiada fraternidad universal.

Le recordé también, ante su estupor, que solo los anarquistas no abandonaron nunca en la modernidad la aspiración moral y política del internacionalismo, que hoy era más necesaria que nunca. Ese patriotismo al que aludía anteriormente, continué, no era más que producto de un nacionalismo instituido, que a la fuerza supone la existencia de un Estado, es decir, una estructura jerarquizada y una clase dirigente. Mi interlocutor trató de intervenir, acompañado de algunos aspavientos y respiraciones agitadas, pero yo me mostré irreductible. También dije que, por supuesto, la visión libertaria aporta una más que necesaria alternativa a este despropósito de mundo alienante en el que vivimos. Frente a las estructuras estatales y nacionalistas, que mantienen a las personas en el engaño y el enfrentamiento, una federación de pueblos libres, garante de la diversidad, por supuesto, pero buscando afinidades y aspiraciones solidarias y fraternales. Dicho aquello, me despedí al fin, de forma escasamente afectuosa, y continúe una agradable velada con mi progenitor en una más que calurosa tarde estival.

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