Estupidez, franquismo y homofobia

Recientemente, paseaba con mi padre por la madrileña plaza de Isabel II, más conocida como plaza de Ópera gracias a la sabiduría popular, cuando tuve ocasión de vivir otra anécdota inenarrable en lo que es la vida cotidiana de este país. Hace varios años que el Real Cinema, donde tantas películas disfruté en mi niñez, entre las que se encuentra aquella saga galáctica tan pervertida en la actualidad, permanece cerrado. Era así hasta el punto de que sus instalaciones externas sirvieron hasta hace poco de refugio a toda una comunidad de indigentes. Estremece, pasear por barrios acaudalados de la capital del Reino, con innumerables grupos de turistas atraídos por la historia de la capital, y contemplar un paisaje salpicado de personas tiradas en plazas y calles. No obstante, para los biempensantes siempre habrá una justificación de la situación de esa gente, seguramente vagos, adictos o maleantes. El caso es que este grupo lumpen fue, recientemente, desalojado de las inmediaciones del Real Cinema. El antigo cine y teatro es ahora propiedad de un poderoso grupo inmobiliario, que es lo mismo que decir que en manos del lado oscuro, y pretenden construir un hotel de no sé cuántas estrelalas, creo que antes de un año.

Un lujoso hotel más en otro país, vendido a las multinacionales de servicios, que se va a la mierda. El caso es que la obra pretende ser parada por cierta asociación de defensa del patrimonio histórico, ya que considera que hay cierta estructura interna del centenario cine que merece ser conservada. La verdad, desconozco qué  hay de cierto en esto, pero siempre es grato ver que se planta batalla cultural frente a esa concepción detestable del progreso, que lapida seres humanos para lograr sus propósitos capitales. El caso es que, como apunté líneas arriba, cerca de las obras ya anunciadas en el cine de marras, mi padre y yo nos cruzamos con dos vecinos del barrio de avanzada edad, Salvador y Pepe. A pesar de lo que parece por este blog, uno cuida las formas sobremanera, ya que hay un momento para el desahogo verborreico y otra para la prudencia, sin abandonar nunca la cordialidad. Cuando los cuatro nos paramos para el saludo, y cruzar de paso unas palabras, se me ocurrió mencionar las obras del Real Cinema y los intentos de paralizarlas al existir un supuesto patrimonio histórico de interés. No sé si es necesario aclarar que mis palabras estaban todo lo exentas de cualquier connotación ideológica que propiciaban las circunstancias, que en mi caso nunca son totalmente exentas. No obstante, Salvador, visiblemente exaltado, con su compañero Pepe asintiendo, afirmó algo así como que, claro, si se tratara de un edificio construido después de 1936 no tardarían en derribarlo.

No sé si hace falta aclarar, después de semejante necedad de comentario, que Salvador y Pepe son franquistas. Hoy, por supuesto, son del Partido Popular, e incluso hacen comentarios despectivos de Vox​  refiriéndose a esas fuerza como la «ex​trema derecha», lo cual da una idea de cómo está el espectro político conservador-reaccionario en este inefable país. Soy consciente del hecho de que la derecha española, por muy democrática que se presente, tenga resabios franquistas no es ninguna sorpresa. La generación más valiosa de la Guerra Civil, dispuesta a cambiar un país injusto y atrasado, fue ex​terminada, reprimida o ex​iliada y lo que vino después, tras cuatro décadas de dictadura, es patético y penoso. La ausencia de memoria y de reconocimiento a los que lucharon contra el fascismo, junto a lamentables mecanismos psicológicos y ex​istenciales, ex​plican muchas cosas. No es raro encontrar a gente hoy que, de una u otra manera, justifica al dictador o es partidaria de echar tierra sobre el asunto, lo cual es otra manera de hacerlo. Salvador y Pepe, como tantos otros de su generación, tienen una visión benévola de Franco. Además, son una pareja gay. El pudor, el rechazo a la estridencia y el desaliento ante visiones inamovibles ha hecho que nunca llegue a espetar a semejante dúo lo que pienso. Recordaremos que entre las muchas atrocidades del régimen franquista, amparado por ‘científicos’ como Vallejo-Nájera o López Ibor con prácticas ‘curativas’ repugnantes, y con la complicidad moral de la Iglesia Católica, consideraba a los homosexuales elementos antisociales, por lo que fueron duramente reprimidos. Que una pareja gay sea franquista da una idea del país miserable e hipócrita en que nos encontramos.

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