Apocalipsis ahora

Ahora que está a punto de advenir el Apocalipsis, con la muy probable gobernanza del neofrentepopulismo, conviene lanzar unos cuantos exabruptos sobre la sociedad y el momento histórico que nos ha tocado vivir. Tengo una amiga que insiste en que resulta obvia la involución intelectual que sufre la humanidad. En otras palabras, que la gilipollez es ya un paradigma social, algo que tal vez podamos confirmar, no solo en la cantidad de tonterías en las que la gente cree de forma frívola e irreflexiva, y de las que no voy a poner ejemplos para que el personal no se me soliviante, también en la actitud cotidiana que podemos observar. Aunque los síntomas son evidentes, tampoco estoy tan seguro de que ello obedeza a dicha involución intelectual o  a un temprano deterioro cognitivo o a una búsqueda pertinaz de factores enajenantes que nos alejen de la realidad más concreta, sino que poseemos las condiciones para, al menos en determinado contexto, convertirnos en unos borregos sin remedio. Es decir, que por un lado podríamos tener una ingenua esperanza en que la sociedad cambie, para que al menos una cantidad de seres humanos tenga una actitud razonablemente digna, pero por otro, no tarda en aparecer la desesperanza al observar ese lado papanatas y mezquino del homo mal llamado sapiens e incluso, creo, que la científica y desvergonzada nomenclatura le añade ahora otro sapiens. Es cierto que ha habido ilusionantes momentos históricos, especialmente en este inefable pais llamado España, en los que parecía que el rumbo de la humanidad podría ser diferente, pero finalmente machacadas manu militari.

La modernidad, con muchas contradicciones dado el sistema económico y político consolidado, trajo una confianza exacerbada, y encomiablemente ingenua, en la evolución, intelectual, pero también moral, de estos seres que nos decimos pensantes. De forma más sincera y concreta, los libertarios se esforzaron en la búsqueda de un paradigma social basado en la solidaridad y en la comprensión de que cuanto más libres e iguales seamos todos, más lo somos a nivel individual, así como más conscientes y reflexivos sobre nuestra realidad concreta. ¡Sí, demasido solemne me pongo para el sarcástico e inmisericorde tono habitual de estos textos! Esto debe ser porque yo mismo, aunque parezca increíble por la cantidad de gruñidos que suelto en forma de catárticos exabruptos, todavía reservo esa confianza en la humanidad en minúsculos pedacitos de mi maltratado corazón y de de mi pobre cerebro. ¡Ingenuo de mí! Sea como fuere la muy poco reividicable evolución de la humanidad, la realidad es que vivimos un momento en el que la preferencia principal de la mayoría es estar entretenida en lugar de consciente y reflexiva sobre su cuestionable existencia. No sé si son los egoístas paradigmas sociales, o las precarias condiciones económicas, o la muy irritante filosofía positiva que todo lo encubre, o las mezquinas banderas en que se envuelve la gente a poco que se la incite, o tal vez las brillantes luces navideñas que coloca la administración de turno, pero el comportamiento generalizado está más cerca del rebaño que de otra cosa más esperanzadora. Seguiremos gruñendo, por supuesto, pero también trabajando un poquito para tratar de cambiar esta deriva apocalíptica, al menos para que mi amiga recupere un poco de fe en la humanidad.

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