Violencia

Ayer, no vienen al caso las razones, estaba sentado en un bar y no pude evitar fijarme en una emisión de televisión bastante indescriptible. No me hagan ustedes mucho caso, pero creo que era un presunto programa de actualidad, por lo que pude ver, con un permanente afán alarmista y con opinadores vociferantes en el plató, de una cadena llamada Cuatro. No entiendo mucho de la caja tonta, disculpen ustedes, si mis propias opiniones caen en una inevitable subjetividad. El caso es que no pude más que alzar las cejas cuando la pantalla mostraba actos violentos en Barcelona, mientras un letrero advertía de la importancia informativa, en riguroso tiempo real, del primer discurso oficial de la Princesa de Asturias. Creo que dicha conferencia era a propósito de unos premios que llevan su nombre. De nuevo, no me hagan ustedes mucho caso, ya que no entiendo mucho tampoco de eso, y la verdad me es bastante ajena a nivel ético y vital. A lo que voy es que la estampa televisiva era, a mi modo de ver las cosas, una muestra más del esperpento continuo que es este país.

Para aportar una mayor carga grotesta, entre los asistentes al lugar público de consumo de bebidas espirituosas, se encontraban algunas personas que, ante lo observado en el programa y de forma casi simultanea, se indignaban con una cosa y se emocionaban con la otra. Pueden ustedes adivinar a qué situación corresponde cada estado de ánimo. Una señora aportó algo de condimento al esperpéntico guiso costumbrista cuando mostró su temor ante lo que estaba ocurriendo en Cataluña. Algo propio, para ella, de otros lugares del mundo, que «estaba perjudicando al turismo en España» (sic). Al parecer, los medios habían mostrado hasta la saciedad a cierto turista, con la misma argumentación, indignado ante sus vacaciones afectadas y deseoso de gastar su, al parecer abundante, dinero. Y, ahí, no puede evitar intervenir, eso sí,con mi habitual templanza y savoir faire.

Para ser sinceros, la cosa no pasó de un comentario por mi parte sobre los numerosos conflictos sociales, que a veces conducen a actos violentos, y la hipocresía de los que piden paz y orden, mientras ignoran o quieren ignorar las causas de todo ello y sustentan a los que las provocan. Por no hablar de la miseria moral de aceptar que la violencia, la necesidad y la opresión, en sus formas más explícitas, forman parte de «otros países» y allá se las apañen mientras haya ciertos niveles de bienestar en el propio. Al expresar todo esto, seguramente de forma muy torpe, obtuve una mayoría de miradas de estupor, negaciones compulsivas con la cabeza y, todo hay que decirlo, algún gesto de aprobación. El caso es que me vine un poco arriba y en un ejercicio que algunos llamarían demagogia, y otros una lucidez de exigencias éticas, me lancé a describir lo que considero violencia. Violencia, claro, es lanzar piedras a la policía o quemar contenedores. Sin embargo, infinitamente peor es la violencia instituida. Explotación y precariedad, pobreza, desahucios, privilegios, corrupción, mentiras continuas de los poderosos, manipulación mediática permanente, monarquías, fascismo ligth o no tanto, fomento de la desmemoria, recortes en derechos y ayudas de todo tipo, expulsión de inmigrantes, criminalización, crimen instituido… Un incómodo silencio inundó el lugar, poblado de malas caras y alguna sonrisa socarrona. No fue demasiado tiempo, muy pronto la mayoría volvió la vista hacia el televisor.

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