Desahucios

Ayer, se pusieron de acuerdo tres juzgados diferentes para ejecutar el desahucio a cuatro familias, en el mismo número de la misma calle, en el madrileño barrio de Lavapiés. Este es, de verdad, frente a tanta enajenación, el auténtico sistema execrable en el que vivimos. Un buen número de personas se personaron en el lugar para tratar de evitar la salvaje acción judicial y policial. Por supuesto, tanto estos activistas, como los propios inquilinos, estaba debidamente amenazados, en el caso de oponerse al acto de ejecución, por posible delito de desobediencia y resistencia. Y eso es a lo que parecemos condenados en este aborrecible sistema en el que vivimos, a desobedecer y resistir.  Este acto de ejecución de varios desahucios se ha coordinado como jamás antes de había visto. Ya mencionada la acción de tres juzgados distintos, a lo que se une un intolerable e inéditos dispositivo policial, ante el cual vecinos y activistas solo han podido exclamar «vergüenza», y una serie de operarios que han procedido a tapiar puertas, retirar carteles reivindicativos y colocar aparatos de videovigilancia. Me pregunto si todos estos tipos de hacen preguntas sobre el aborrecible trabajo que desempeñan.

De acuerdo, todos formamos parte de este deleznable sistema en el que vivimos y sufrimos. Pero, pienso que hay una serie de límites que no deberíamos cruzar. Difícil, cuando todo son amenazas de despojarte de tus (pocos) privilegios. Frente a la mediática sociedad del espectáculo, frente a las palabras gruesas de los fanfarrones, que se llenan la boca de conceptos abstractos y alienantes como «patria», frente a toda suerte de explotación laboral y amable dominación política, este es el abominable sistema que sufrimos. Aquel en que se vulnera el más elemental derecho a existir, en el nombre de la especulación inmobiliaria. Hay una esperanza, y son esos activistas como los presentes ayer en la calle Argumosa de Lavapíes, que en nombre de los más bellos valores son capaces de arriesgar su integridad física y su (escaso) bienestar social.

Estas personas, al menos dos centenares, movidas únicamente por la solidaridad (la de verdad, no esa caricatura que ha construido la sociedad del espectáculo), portaban cascos azules como guiño hacia unas Naciones Unidas, que ha recibido ya reiteradas peticiones de auxilio ante los desahucios. Frente al gran despligue policial, como no podía ser de otra manera en el detestable sistema en el que vivimos, hubo varios detenidos. Son, esta vez, cuatro inquilinas afectados por una obvia vulneración de los derechos humanos: sus nombres son Pepi, Rosi, Juani y Mayra. Estas personas, algunas de las cuales llevan dos décadas residiendo en el barrio, no tuvieron tiempo apenas para reaccionar ante el desalojo de sus viviendas. Fueron avisadas por burofax de que sus rentas, de unos 400 euros, no iban a ser respetadas en nombre de la especulación.  El infame sistema en el que vivimos, adornado tantas veces como el sistema político «menos malo», obviando que existe un sistema económico que empuja a demasidas personas a la indigencia. Solo parece haber una respuesta para personas y movimientos sociales, ante la nula existencia de los derechos humanos: desobediencia, resistencia y, especialmente, solidaridad.

 

 

 

 

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