Facherío

Efectivamente, han adivinado el tema de hoy, que puede resumirse la frase el facherío está desatado. Y no me refiero solo a la reciente manifestación de las derechas, debidamente ordenadas en la foto de más moderada a más extremista (y no me pregunten a qué lado corresponde cada tendencia). Aclararé, aunque no debería ser necesario para mentes preclaras, que detesto especialmente el maniqueísmo, así como por supuesto, esa palabra que tanto agrada a los reaccionarios, tal vez por creer que se llenan de razón solo con mentarla, el sectarismo. Es decir, uno no emplea a diestro y siniestro, de manera gratuita, la palabra facha, y mucho menos como sinónimo de fascismo, donde ya entramos en una concreción política más refinada. El facha, con todos los matices que se quiera, viene a ser el opuesto a toda innovación, el que se resiste a toda reforma, no hablemos ya de reformas radicales. Lo que había el pasado domingo en la madrileña plaza de Colón era una manifestación facha, es decir, eran reaccionarios, aclaro, partidarios de valores tradicionales, o sea, opuestos a toda innovación, ya que piensan en no sé muy bien qué valores eternos. Muchos me dirán que eso no es así, que en dicho evento había pluralidad y no pocos reaccionarios moderados de centro. Piénsenlo, bien, por favor, contra qué diablos se estaba manifestando toda esa gente envuelta en la rojigualda. ¿Contra el botarate de Pedro Sánchez en el Gobierno? ¿Quizá exclusivamente contra radicales, totalitarios y separatistas?  ¿Tal vez para que España no se convierta en Cuba o Venezuela? Respóndanse ustedes mismos, los lugares comunes me revuelven las visceras.

En cualquier caso, como decía, el objeto de este texto no era únicamente esa toma de la calle por las derechas (que, la verdad, tampoco fue para tanto, tal vez hay reaccionarios con un poquito de vergüenza). No, me refiero con la frase del facherío desatado a que escuchando y leyendo a ciertos formadores de opinión uno comprueba que, en el momento en que nos encontramos, no hace falta ya disimular demasiado al vomitar su relato moral e histórico. Recordaremos que estamos en el único país donde el fascismo fue explícitamente vencedor. Eso supuso casi cuatro décadas de dictadura y una Transición, tras la muerte en la cama del genocida, donde no se refundó la tradición democrática del país en el momento en que los golpistas la rompieron. No, se levantó una supuesta democracia, en forma de monarquía parlamentaria, otorgando ciertas libertades formales, pero con un evidente continuidad, sociológica, económica e histórica, tras el régimen del asesino generalísimo Franco.

La ruptura con la memoria histórica, el aplastamiento de una generación que pudo cambiar la sociedad, junto con el borreguismo y la mediocridad generados por la dictadura y lo que vino después, son cosas que estamos sufriendo todavía hoy. No, no es que algunos queramos resucitar a Franco, o que deseemos cambiar la historia, es que el dictador invicto no fue nunca enterrado de verdad. Estos inicuos personajes mediáticos, hoy creciditos, insisten en que la Guerra Civil fue provocada por el radicalismo de izquierda. Un argumento nada original, fue la excusa de los criminales para su cruzada sangrienta. Es posible que hubiera tendencias de izquierda autoritarias en su afán de búsqueda de justicia social, pero eso no justifica un crimen contra la humanidad como es un golpe de Estado para fundar una dictadura. Esa apología del crimen, directa o implícita, puede hoy leerse y escucharse en la sociedad en que vivimos. Lo peor es que ese discurso, originado en el franquismo, que llega hasta hoy, ha calado en gran parte de una sociedad conformista, sin memoria y políticamente analfabeta. Como dije al principio del texto, detesto el maniqueísmo, pero tampoco equiparo estólidamente a unos y a otros sin profundización alguna. Nadie idealiza la Segunda República, una época convulsa donde nunca llegaron las reformas esperadas; unos cambios bastante elementales a los que se oponían, lo han adivinado, esos reaccionarios que acabaron uniéndose a Franco. A pesar de todos esos errores y actitudes rechazables, en aquel momento histórico previo a la Guerra Civil se encuentra la verdadera tradición liberal y democrática de este país. En el bando republicano no había solo comunistas, señores reaccionarios, y de los libertarios y su anhelada revolución hablaremos otro día. El día en que se reconozca oficialmente esa tradición, de esa sociedad democrática en la que aseguran creer, y se condene de verdad el alzamiento militar, tal vez las cosas empiecen a cambiar un poquito.

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