Cine y política

Hace ya tiempo que puede escucharse, por parte de cierta grey reaccionaria, que la profesión cinematográfica en España es un nido de rojos, que usan dinero público para producir sus denigrantes historias fílmicas. Este discurso ha calado incluso en parte del vulgo y no resulta raro oir comentarios sobre las malas películas que se hacen en España y los reiterados mensajes progres que hay en ellas. Aunque estoy casi seguro de que los intelectuales que aseguran esto han visto escaso cine español, me pregunto si uno puede ser tan cretino de consumir reiteradamente algo que detesta. Es decir, al que suscribe le gusta bastante el cine, e incluso acaba viendo alguna que otra obra española, pero me atrevo a asegurar que no soy tan gilipollas de afirmar generalidades necias y pueriles sobre la cinematografía de ningún país y menos de manera ideológicamente interesada. Es más, tal vez por mi perseverante naturaleza cosmopolita, seguro que no exenta de cierta condición ingenua, acostumbro a juzgar a los creadores de cada obra de un modo particular. Uno es así de profundo y de estupendo.

Este rollo viene a cuento de la reciente ceremonia de los premio Goya, los cuales me pierdo encantado cada año, ya que esos reconocimientos plagados de jolgorio orgiástico me son bastante ajenos. A pesar de ello, vamos con la relación del cine con la política, que es de lo que trata este blog tan ávido de lanzar exabruptos. En primer lugar, diré que considero la obra cinematográfica, en toda su complejidad, como un perfecto medio para la reflexión crítica. Así de solemne me pongo a estas horas de la noche. Aún diré más, me parece que toda película, incluso la más frívola y pueril, es un hervidero de ideas y de determinadas visiones de las cosas (véase cualquier comedia chorra francesa o estadounidense, que es de lo que más se estrena en este país). En segundo lugar, el rollo de las subvenciones, tan plagado de medios verdades y falsedades. No seré yo el que defienda el dinero recibido del Estado, Satanás me lo impida, pero hay todo un discurso interesado en señalar permanentemente la industria del cine. Esta, mucho menos subvencionada que otras, por no mencionar todas las mamandurrías de los políticos y afines, que todo hay que denunciarlo, digo yo. Es indignante que un fulano ultranacionalista como Santiago Abascal critique las subvenciones ajenas, él que ha vivido del dinero público durante toda su carrera política.

El cine, en el mundo capitalista en que vivimos, es un negocio equiparable a cualquier otro, en el que los empresarios, adivino que muchos de ellos de derechas, quieren ganar dinero como el que más. Un negocio relacionado con la cultura, eso sí, en el que los profesionales, independientes o no (no creo que lo sean nunca del todo, ya que el que paga manda), suelen tener ideas razonablemente progresistas, qué le vamos a hacer. Sí, la derecha también tiene a sus iconos de la cultura, pero suele dar vergüenza pronunciar sus nombres (con excepciones como las de Vargas Llosa, que lo que da sonrojo es aclarar su condición política). Toda esa hipocresía reaccionaria, tan falaz y pseudocrítica, mencionando a los plañideros e interesados progres del mundo del cine, sin que yo defienda ni por asomo a nadie en concreto, me repatea bastante. Las subvenciones a un determinado tipo cine, por cierto, además de una feroz censura, sí eran un hecho innegable en el franquismo en aras de dar una determinada visión totalitaria (boba y puritana) de las cosas. Ese régimen que ustedes, señores de Vox, no es que no condenen, es que ni siquiera consideran una dictadura. Recordaremos que Vox no deja de ser una escisión por la derecha del Partido Popular, a la vez los más claros herederos del franquismo. Los mismos imbéciles que suelen repetir eso de que el cine español es malo malísimo y plagado de progres, aluden a que estos no dejan de hacer películas guerracivilistas. Otra necia falacia más. En un país donde venció el fascismo, donde no ha habido una auténtica refundación democrática después de cuatro décadas de dictadura, no resulta extraño que interese mantener ese discurso histórico, que con la excusa del olvido y el perdón, abunda en el discurso de los vencedores. ¿Muchas películas sobre el cruel   y complejo laberinto que fue la Guerra Civil Española? Frente a tantos intereses, insistiremos en que no las suficientes.

 

 

 

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