Reyes

Resulta muy saludable la obra que nos ocupa hoy, no solo para ejercitar eso tan maltratado en este inenarrable país que es la memoria histórica, también para comprender la absoluta falsedad en la que estamos instalados con el discurso oficial de la llamada Transición democrática. Hablo de El rey, un película dirigida por Alberto San Juan y Valentín Álvarez, que antes fue un montaje teatral a cargo del madrileño Teatro del Barrio. Un monarca, ya anciano y recién destronado, es asediado por fantasmas del pasado, que le recuerdan las diversas etapas de su vida hasta acabar en la triste realidad del siglo XXI. Como los artífices de esta obra han querido dejar las cosas diáfanas ese rey se llama Juan Carlos I y los seres que le visitan tienen nombres como Don Juan, Alfonso de Borbón, Francisco Franco, Rodolfo Martín Villa, Adolfo Suárez o Felipe González. Las preguntas sobre lo que hoy somos, a pesar de los que permanentemente pretenden afirmar lo contrario, obligan a mirar hacia atrás: el pestilente hilo conductor que une la dictadura franquista con la Transición y con la Monarquía.

Un futuro monarca entregado en la adolescencia por su padre Don Juan, “hijo de rey,  padre de rey, pero nunca rey él mismo”, al dictador para que lo amamantara preparándole para dejarlo todo “atado y bien atado”. Las 500 familias más ricas del franquismo, por supuesto, continuarán siendo las 500 familias más ricas de la democracia. El campechano Juan Carlos recibirá una comisión sobre negocios realizados por empresas españolas en nuestra provechosa democracia, incluso, claro está, de casta le viene al galgo, con regímenes dictatoriales. Resulta curioso que, otro de los desaparecidos visitantes presentes en la historia sea el gran Chicho Sánchez Ferlosio, que lanza unas lúcidas reflexiones sobre los libertarios sueños de la calle. Por supuesto, Martín Villa, ese ser al que se detallan todos los inmorales puestos políticos y empresariales de los que ha disfrutado, insistirá en que la autogestión ciudadana es una simple quimera. La gran manipulación política, tanto que resulta hasta grotesto y vergonzante enunciarlo a estas alturas, es la que se pone en boca de Suárez: “Sin monarquía no hay democracia”. Algunas especulaciones, no demasiadas, sobre el asesinato de Carrero Blanco y sobre el intento de golpe de Estado del 23-F, empujan a que en los créditos se aclare que se trata de una “ficción basada en hechos reales”.

Qué decir de Felipe González, ese adalid de la progresía, que por supuesto tiene un papel secundario protagónico en El rey. Este país necesitaba una profunda transformación, para que todo siguiera igual en la parte de arriba, y si todas las reforams las llevaba a cabo un gobierno de izquierdas el apaciguamiento social, y la pazguateria vital, estaban asegurados. No hace falta enumerar las cabronadas: entrada en la OTAN, reconversión industrial, privatizaciones, reformas laborales… De aquellos lodos, estos polvos y sodomizaciones diversas. Uno, que antaño fue un pobre ingenuo que confiaba en el conocimiento como herramienta transformadora, hoy es profundamente escéptico sobre tal cosa. Tal vez, porque esta sociedad posmoderna que sufrimos va tan pareja al empobrecimiento cultural, a la manipulación autoasumida y a toda suerte de creencias paranormales, que uno se siente un marciano invitando a la mínima reflexión en aras de la lucidez política y vital. Lo que hoy somos, la patética, mediocre y constantemente manipulada realidad que nos invade es, tan sencillo como eso, producto de nuestro pasado. De manera harto irritable, estamos rodeados de seres presuntamente pensantes que todavía niegan algo tan elemental como esto, que insisten en que hay que olvidar, bien por miedo, bien por mezquinos intereses o tal vez por simple estupidez. Lo dicho, instalados en un patética realidad. No es casualidad que “rey” y “realidad” tengan, de forma evidente, una raíz etimológica común.

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