Constituciones

Hoy, que se cumplen no sé cuántos años de la llamada Constitución democrática en este inefable país, me vienen a la cabeza unos cuanto símiles (sea lo que sea lo que signifique eso). Uno piensa en las religiones que se basan, al menos las llamadas monotéistas (es decir, esas en las que el ridículo solo se expone ante la creencia en un único despropósito), en los llamados textos sagrados. No es casualidad que estas religiones dogmáticas, valga la redundancia, se denominen también «del libro» (o algo similar, perdonen ustedes las inexactitudes producto de un fracasado sistema educativo). Así, estas palabras sagradas, dictadas normalmente por una serie de iluminados con afán profético, deben ser acatadas por los incautos y muy subordinados feligreses sin, por supuesto, el menor asomo de crítica. No importa que estos libros fundacionales normalmente estén plagados de disparates y promesas de liberación incumplidas, se trata de la Verdad revelada, escrita con mayúsculas con todas las intenciones. Solo una nueva panda de reformadores visionarios, al supuesto servicio de una divinidad inexistente, puede realizar algunas interpretaciones, cambios adaptados a los nuevos tiempos, pero siempre diseñados para mantener intacto el tinglado. Porque la creencia religiosa, huelga aclararlo, suele ir vinculada a la creación de instituciones jerarquizadas, donde unos privilegiados mandan y otros menesterosos se arrodillan, ambos roles exentos de vergüenza por diferentes motivos.

Como, no lo digo yo, lo dice el fundamento jurídico, la subordinación a la autoridad terrenal del Estado está histórica y filosóficamente originada en la sumisión a la autoridad metafísica de ese déspota omnipotente llamado Dios, lo mismo no he sido nada original con el símil de marras. La llamada Constitución, ya en el terreno político, que para el caso que nos ocupa tiene mucho que ver con lo religioso, se convierte en un texto sagrado, tal vez con algunas buenas intenciones en sus formas, sobre todo para tranquilizar a los fieles no sea que pierdan la fe, pero que en la vida real legitima un nuevo (no tan distinto del viejo) tinglado de privilegiados. Dejaremos para otro momento  la memoria histórica acerca de lo que se produjo antes de este libro sagrado que, como cualquier otro, desprecia estrepitosamente todo lo ajeno a él, así como las épocas anteriores o alude a todo ello como el caos previo al inexistente paraíso, Los feligreses no deben pensar por sí mismos, no tienen que establecer vínculos históricos con la situación actual ni analizar lo mucho que tienen de falsas las leyes, esas palabras justas y benévolas, sagradas, que deben ser acatadas sin el menor asomo de crítica. La situación se consolida mucho más si se mantiene la ilusión de que son los propios parroquianos de a pie los que ahora participan en la elección de los iluminados que promulgan la obediencia fundacional en el libro sagrado.

Todo este rollo mío, expuesto a modo de analogía entre la obediencia política y la subordinación religiosa, me empuja a nuevas reflexiones para gozo de mis lectores. No resulta muy esperanzador, en un primer instante, que exista una fuerza conservadora mayoritaria en esta triste sociedad nuestra. Si se quiere expresar de un modo polítcamente salvaje, invita a la desesperación que exista tal grado de borreguismo social. Y no me refiero al conservadurismo político oficial, que es la ideología «de derechas», ni tampoco, mucho peor, a esos cientos de miles de bodoques reaccionarios que han votado recientemente a Vox. No, me refiero a la actitud conservadora, más vital que exclusivamente política (da igual a quien voten), de gran parte del personal. Más en concreto, a esos congregantes, alborozados, convertidos en masa, que en un día como hoy agitan banderas, siguen rituales y entonan himnos en nombre de la nación democrática (y disculpen ustedes el oxímoron). Tengo la sensación, y puede que sea terriblemente injusto, que en otra época mucha de esa gente hubiera aceptado de la misma manera el régimen que le hubiera tocado vivir de modo igualmente acrítico. Y esto puede ser porque hay quien acepta simplemente la realidad que ponen ante sus ojos, mucho más legitimada si se hace con verdades reveladas por una minoría de iluminados. Por supuesto, habrá quien crea, y sea una «creencia» sincera guiada por principios nobles, que desde el sistema, reformando el libro sagrado, se puedan cambiar las cosas. Yo, como ya empieza a ser sabido por estas nada modestas líneas, soy partidario de acabar de raíz con los textos sagrados de marras. Es posible que tirando por ahí se empiece a desmoronar todo el privilegiado tinglado de gerifaltes, adalides, iluminados y otras gentes de mal vivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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