Posverdad

Allá donde mires, escuches o leas, aparecen por doquier de manera harto irritante ciertos términos puestos de moda, empleados gratuitamente y, reiteradamente, utilizados como armas arrojadiza contra el rival político. Es el caso de la palabra ‘populismo’, cuyo origen parece estar en el éxito de ciertas fuerzas políticas electoralistas de nuevo cuño, tanto a diestra como a siniestra. Los charlatantes que acusan al rival de ‘populista’ o, por ejemplo, de ‘demagogo’, de manera hipócrita obvian que la democracia representativa se basa, sencillamente, en esos subterfugios (palabra que incluyo muy a menudo para parecer más culto). La ‘demagogia’, señoras y señores es decir, la seducción de las masas, con mentiras obvias más que a menudo, y el ‘populismo’, es decir, el arrogarse la voluntad y los deseos del ‘pueblo’ (otra cabreante estrategia de la clase política ), lo emplea los aspirantes electoralistas al completo a ambos lados del espectro político. Ahora, nos llega, de manera exasperante, el vocablo ‘posverdad’. Perdonen ustedes las preguntas que lanzo a continuación, ¿Somos capaces de otorgar contenido al lenguaje? Consecuentemente, ¿podemos analizar la realidad de manera razonablemente objetiva para no ser manipulados? ¿Nos queda algo de pensamiento crítico o las neuronas humanas se disipan al ritmo de tanto «teléfono inteligente»? Como tememos las respuesta, analicemos el asunto con nuestra ausencia de modestia habitual.

Como debe saber hasta un niño de cuatro años (Groucho dixit), la llamada ‘posverdad’ no es más que un eufemismo que oculta una mentira. Una mentira a la que se suele etiquetar como ‘emotiva’, ya que apela a las emociones de la gente, en lugar de a hechos concretos y objetivos, para tratar de seducirla, influirla y captarla (ya se sabe, la demagogia de marras empleada por absolutamente todos los políticos profesionales, ya que es inherente a su profesión). Como podemos ver una y otra vez en las enervantes tertulias políticas y mediáticas, se emplee o no el término de marras, la estrategia suele ser esa apelación a las emociones. Sí, se suele acompañar de forma categórica con ciertos ‘hechos’, pero la realidad es que el común de los mortales está lejos de poder verificar si son ciertos (presumiendo, que es mucho presumir, que quiera hacerlo) y es por eso que será ‘captado’ según sus valores y creencias previas. La llamada política de la posverdad no es más que una evolución de la manipulación propagandística de toda la vida, por parte del poder, señoras y señores. No hay nada nuevo bajo el sol, pero nosotros seguimos siendo los mismos bodoques. Esa manipulación, que antes se realizaba de una manera evidente, en la sociedad de la información y las nuevas tecnologías requiere de técnicas más sutiles de persuasión. Sí, aparentemente, vivimos en un sistema democrático donde podemos ‘elegir’ a los que nos manden (y no olvidemos que lo que llamamos democracia es fundamentalmente eso, poder decidir quién será el aparente «amo» de un cortijo que siempre es el mismo), pero los debates políticos públicos están estrechamente controlados en la sociedad del espectáculo. Para el que no hay leído al bueno de Debord, ni siquiera su entrada en la Wikipedia, la sociedad del espectáculo es aquella en la que se colocan permanentemente imágenes delante de nuestros ojos para que no contemplemos la verdad. Expresado tal vez de manera muy orwelliana, pero mucho más cierto hoy en día. Es el permanente espectáculo de unas emociones a las que se apela desde una u otra óptica, sin que la mayoría pueda verificar una realidad objetiva que cambie mínimante las cosas.

Si algo se demuestra falso, por ejemplo, tal o cual teoría que no favorezca nuestras creencias e intereses, lo honesto es aceptarlo. Desgraciadamente, los aspirantes a representar al prójimo no dan muestras de esa honestidad y, de manera más o evidente o más sutil, siguen insistiendo en ello. No es responsabilidad únicamente de los dirigentes y de los medios, aunque una sociedad desigual, jerarquizada y centralizada favorezca esa situación, ya que muy a menudo el vulgo quiere ver confirmadas sus creencias (o se ve, de alguna manera empujado a ello). Como no quiero ser simplemente un pájaro de mal agüero, rol que asumo con demasiado facilidad, lancemos un mensaje esperanzador. Necesitamos, urgentemente, mecanismos de verificación de la información y de la realidad, enfrentarnos a una realidad concreta donde seamos capaces de cambiar las cosas. Organizarnos de base, asociarnos con personas, que en su mayor parte tienen intereses comunes a los nuestros, enriquecernos informativa y culturalmente. Deberíamos, en suma, confiar menos en la autoridad que nos ponen enfrente los medios, como representantes de la verdad, y buscarla por nosotros mismos. Uf, cómo me he puesto en un momento. Sobrevivimos en una sociedad en la que la información, muchas veces frívola y sin contenido, por no decir una auténtica basura, es de usar y tirar. Lo que antes estaba en boca de todos hoy es olvidado. No estan sencillo conocer lo que es verdad o mentira, máxime cuando estamos sujetos diariamente a nuestros propios intereses en una determinada dinámica que a veces nos es ajena, pero deberíamos afilar las neuronas y esforzarnos un poquito, al menos, en comprender la manipulación política y mediática. Lo que es cierto es que existe una reiterada y repugnante falta de ética en los que manejan la información y, por supuesto, en los intereses particulares que se siguen encontrando detrás de todo ello.

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